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La página de Manolo Molés

El futuro en cuatro meses

El misterio del toro es, sin duda, la casta. Sin casta no hay nada, ni emoción ni espectáculo ni verdad. Cuando escribo casta me refiero no solo a la nobleza sino a todos los ingredientes reales de la casta. Un toro encastado no te regala nada. Te pide que lo entiendas, que le puedas, que le saques lo bueno que lleva dentro y para eso hay que saber lidiar. ¿Tú tratas a todas las personas que conoces o acabas de conocer de la misma manera? Cada toro tiene su lidia. Y cada persona, también. Esa es la grandeza y la pluralidad del espectáculo. La casta es la diversidad, la bravura o la mansedumbre dependen de ese milagro que llamamos casta. Don Celestino Cuadri, que en paz descanse, me enviaba cartas escritas a mano durante muchos años. Era una delicia y una lección leerle. La casta, me contaba, es como un depósito lleno de agua que tiene un chorro de salida. Y para que el toro siga embistiendo hay que echarle más “agua” o más “carbón”, o sea, un pulso permanente para que la bravura no se acabe diluyendo. El viejo ganadero regalaba sus misivas escritas a mano, a pluma, a un aspirante a periodista. Y me enseñó mucho. Muchas de sus epístolas terminaban así: “Querido Manuel, si no riegas la huerta, no crece lo sembrado, y si no llenas el depósito de la casta, se acabará la fiesta de los toros”. Fernando sabe que digo la verdad.

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