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La revolera

El baile de los malditos
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El baile de los malditos

El titular de esta gacetilla corresponde al de una película protagonizada por Marlon Brando, una buen película que por cierto poco tiene que ver con el zipizape que a medio día de casi todas las corridas de Fallas se suele organizar en los corrales de la plaza de toros de la valenciana calle de Xàtiva. Llegado el ferial fallero, la fidelidad al follón del equipo veterinario y la autoridad competente ¿...? de dicha plaza es enternecedora. No tenía por qué ser distinto este año, y a la corrida de Alcurrucén -lo más Núñez que nos queda en el ámbito de la ganadería brava española- le ha tocado inaugurar el suma y sigue de la torpeza. ¡Qué le vamos a hacer, si los señores del palco se perecen porque se note que ellos hacen de su capa un sayo porque quieren y pueden! Hay quienes optan por el bombo y quienes lo hacen por el chimbombo...

Me han gustado las declaraciones de Fernando Lozano a la televisión. Es triste que unos señores que apenas ven ocho o diez corridas al año, se arroguen la capacidad de destrozar un encierro unas horas antes de su lidia. Si fuera para bien, dale que te pego, pero si su “alcaldada” solo sirve para demostrar que ellos hacen lo que les rota porque quieren y pueden, apañados vamos. ¿Sabrá más y mejor el ganadero si son idóneos para la plaza a que van destinados, los toros que ha visto nacer y ha cuidado día tras día durante cuatro o cinco años? Y es más, tratándose de una feria de la categoría de la de las Fallas de Valencia; “la primera de primera del año”. Eso es de cajón. Pero es que además: ¿a quién le va a interesar más que al propio criador, que sus toros cumplan con nota su parte esencialísima en el espectáculo?

Pues pese a todo, la historia interminable -ahí va otro título de película- se repite año tras año. Sin que nadie que pueda y quiera le ponga remedio. Y es que si Ricardo III de Inglaterra, al verse descabalgado en plena batalla gritaba: “¡Mi reino por un caballo! Pero los que mandan en los corrales de la Plaza de Toros de Valencia por las mañanas y por la tarde en el palco, se han creído que la guitarra es suya, y no se caen del burro aunque se hunda el firmamento. ¡País...! que decían los muñecos de Forges.