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La Revolera

La ley del embudo

Es raro que no nos hayan montado ya la pajarraca de que la inclusión en listas electorales de Serafín Marín, Miguel Abellán y Salvador Vega es la prueba de que los toreros, los ganaderos, los empresarios y los aficionados son de la “derechona” y que por tanto el espectáculo taurino es cosa de “fachas”. Posiblemente no lo han vomitado todavía, porque los políticos capaces de afirmar tal cosa militan en partidos de la izquierda radical “fané y descangallao” y están ocupados en intentar explicar sus contradicciones.

Por ejemplo; cómo se puede comprar un magnífico chalé de más de un millón de euros en una zona residencial con el sueldo de diputado. Si no hubiera bancos, como preconiza el menda de la coleta, quizá no habría conseguido el préstamo para convertirse en un papá burgués con jardín y piscina. Y así vive, como un pachá y se permite el lujo de repartir estopa a empresas y entidades bancarias que participan en televisiones y periódicos que no son de su cuerda. Porque la teta de Venezuela y algún que otro país islámico ya se le secó como la higuera de la canción. Si no hubiera bancos como brama, quizás él tuviera que vivir en El Pozo del Tío Raimundo, a la espera de conseguir una buhardilla como realquilado en el barrio de Leganés. Porque no es creíble que un sueldo de diputado dé para tanto. Y es que siempre barbarizan y reparten estopa los que más tienen que callar.

Puede que algunos toreros hayan entrado en las listas electorales de ciertos partidos porque no están contra la fiesta de los toros. Precisamente por eso y solo por eso. Lo que no descarta que a algunos de ellos, o de los que no han dado el paso todavía, sus ideas les empujen hacia determinadas opciones, porque están en su derecho como los agrimensores, los sexadores de pollos, los jueces, los abogados, los linotipistas o los obreros de la zanja. Se acabó la Ley del Embudo...

¿O también ese derecho les va a negar usted a quienes no le bailan el agua? Por el camino que transita en esta vuelta al pasado de su reaparición paternal, masacrando todo lo que le rodea, llegará -como Hitler- a ponerles la estrella amarilla en la bocamanga a los toreros, a los periodistas, a los homosexuales y hasta a los adventistas del séptimo día que no manifiesten adhesión inquebrantable a su partido. Partido por la mitad, claro...