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LA CRÓNICA DE BENLLOCH EN LAS PROVINCIAS

El arte de Morante emociona
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(Foto: Javier Arroyo)

El arte de Morante emociona

domingo 31 de marzo de 2019, 12:18h

La tarde fue de Morante. Claramente. El de La Puebla hizo el toreo tal cual se sueña que debe ser el toreo. No necesitó compactar las faenas. Tampoco necesitó toros. Se colgó de su inspiración, se dejó llevar, creó, se inspiró, viajó en el tiempo a aquellas épocas que cuentan las leyendas, se acordó de El Gallo, en los ayudados por alto, en el inicio sentado en la barrera y en el pase de la firma. Y Castellón -hubiese sucedido lo mismo en Sevilla, en Madrid y en la Conchinchina- estallaba de gozo sin reparar, maldita la falta que hacía, si el toro era así, si el toro era asá, si se colocaba más adelante o más atrás. Era el milagro del buen toreo, las cosas de Morante, y qué cosas tiene Morante. De tal manera que sin trofeos, sin matar bien a los toros, sin muchas de las cuestiones de las que hoy en día se exige, se recordará su faena como una obra de arte. En realidad, al toreo le llaman arte por cosas como las que ayer hizo Morante.

La tarde tuvo más cuestiones de interés y mérito. Perera se fue por la puerta grande por dos faenas de corte opuesto, para gustos colores, en este caso la apuesta fue al poderío, a las plantas firmes, al carácter, al quiero y quiero, y quiero y vuelvo a querer, en busca de un triunfo que ansiaba y acabó sujetando. El Juli persiguió el triunfo ante un lote imposible en cualquier otras manos, no para él, que fue puliendo las embestidas descompuestas de dos toros a los que les faltó clase, bravura y ritmo, prácticamente como al conjunto de la corrida.

Sucedió en otra tarde de gran expectación, un lleno en los tendidos, un revuelo más en torno a la presencia de Abascal, ambiente festivo, abundantes banderas al viento y un público capaz de estremecerse con las cosas de Morante y aclamar seguidamente el dominio lidiador de El Juli o la capacidad, firme y parada de Miguel Ángel Perera. Por los chiqueros fue saliendo una corrida de Garcigrande de desigual presentación y una extraña e incómoda movilidad. Destacó el lote de Perera, el primero de los cuales tuvo un inicio de faena espectacular, bravo en este caso, una furia embistiendo por abajo, con repetición hasta que echó la persiana, y la echó antes de hora. En la misma línea, quizás más templado y sin más duración, fue el sexto. El resto solo tuvieron faena porque Morante no necesita toro y porque la capacidad de El Juli puede llegar a limar las asperezas de la movilidad más locuna que te puedas imaginar.

Sin apuntes, de memoria, para acordarse mucho tiempo los lances de Morante, de capote muy mecido, de acompañamiento con el pecho, las muñecas sueltas y mandonas, y ese no se sabe explicar qué, que convierte la mecánica en sentimiento. Su primera faena fue solo de ramalazos, perlas sueltas, fue capaz de entender los terrenos que pedía el toro aquí y allá para robarle las pocas embestidas buenas que tuvo; su segunda ya tuvo cuerpo y argumentario de faena grande, con sus altibajos, con sus enganchones, con sus imperfecciones, en realidad nada que importase o menoscabase la emoción general. Definitivamente, insisto, si el toreo es arte, es por cosas así. A ese toro lo mató mal, en realidad de un sablazo, detalle que no contó lo más mínimo para que su vuelta al ruedo, más que un paseo, fuese una procesión.

Si Morante fue el arte, Juli fue la ciencia. A su primero lo lanceó de forma singular en unas verónicas que podían decirse del desdén, manos bajas, paso adelante, lo que los deportistas llamarían de costa a costa; en este caso, de la puerta de presidencia a la puerta de cuadrillas. Y sus faenas, lo dicho, fueron dominio y poder y, sobre todo por la mano izquierda, hizo ir a los de Garcigrande por donde no parecía posible que fuesen.

Perera dejó en el recuerdo un quite por gaoneras precioso, una voltereta que no le afectó lo más mínimo, cuestión de carácter, un arranque de faena de rodillas a su primero incendiario, unas series sobre la mano derecha pletóricas y poderosas, trazo largo y dominio amplio; luego, con la izquierda, el apabullante arranque no encontró continuidad. En sus dos toros se salió con la suya, es decir, salió por la puerta grande.