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La Revolera

Francia, un ejemplo a seguir
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(Foto: Daniel Chicot)

Francia, un ejemplo a seguir

Con el incendio de la catedral de Notre Dame de París los franceses han dado al mundo una nueva lección de madurez como nación. Sin una fisura ni una nota discordante, los franceses han sentido la tragedia que para la cultura de occidente ha significado el fuego que mordió las entrañas de esa joya de la arquitectura religiosa. El lamento ha salido del corazón de los franceses, sin distinciones políticas, culturales ni económicas. ¡Qué envidia! Y nada de sana; envidia puñetera, sobre todo en estos momentos preelectorales que vive nuestro país en los que todo son improperios, insultos y descalificación del adversario. Tenemos mucho que aprender del gran país vecino.

Incluso en algo tan nuestro como es el toreo, Francia les está dando sopas con onda a las empresas y a las ganaderías españolas, que harían bien en poner la oreja como los indios apaches la ponían en los raíles de hierro para saber por dónde y a qué velocidad venía el tren. Las plazas del país del otro lado de los Pirineos confeccionan sus carteles con los toreros consagrados del máximo nivel, compitiendo con dos generaciones posteriores de coletudos sin que a nadie se le caigan los anillos.

Lo que da como resultado que se estén relanzando muchas carreras, que no arrancaron antes por las pocas oportunidades que en nuestras ferias se les dan a los que empiezan, y a otros estancados injusta y neciamente. También han buscado y encontrado el toro que el toreo actual necesita, que no es otro que el bien entipado, armónico y sin exageraciones de peso ni arboladura. Toros con respeto que no se derrumban en el primer encuentro con los caballos y con los cuales sus matadores pueden sacar lo que llevan dentro. Mientras que aquí se ha impuesto el toro regordio y acochinado que no resiste ni un encuentro con las cabalgaduras.

Todo ello trae como consecuencia la resurrección del tercio de varas y la valoración que merecen los picadores, que allí son tan figuras, al menos en cuanto a respeto, como los matadores. Esa manera de proceder ha dado lugar a un público respetuoso y cada día más entendido, y a un espectacular crecimiento de la afición a la fiesta brava. También allí hay antitaurinos, pero no se manifiestan con la saña e impunidad que entre nosotros.

Francia, taurinamente, es hoy por hoy un espejo en el que haríamos bien en mirarnos. Un ejemplo para nuestra pasividad es, sin duda, la constancia con que los franceses, saben hacer valer su opinión y sus derechos, mientras que aquí nos lo tragamos todo de una clase política egoísta, marrullera, ambiciosa y hambrienta de poder que nos insulta y vitupera sin recato a los aficionados. Cosa que no debemos olvidar, aunque ahora, con las elecciones a la vuelta de la esquina quieran disimular su desprecio a la Fiesta. Porque en realidad, lo único que de verdad les importa es situarse allí donde se maneja el dinero de los españoles.