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Benlloch en Las Provincias

El toreo zarandeado
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El toreo zarandeado

El mundo del toro sale de la última legislatura con una sensación de abandono político de lo más dolorosa. Tanto el aficionado como el profesional vive en el más profundo desamparo político y, por extensión, administrativo, que les empuja hacia una condición de ciudadanos de segunda

El mundo del toro sale de la última legislatura con una sensación de abandono político de lo más dolorosa. Tanto el aficionado como el profesional vive en el más profundo desamparo político y, por extensión, administrativo, que les empuja -no es una sensación, es una realidad- hacia una condición de ciudadanos de segunda en la que el respeto y los derechos tienen que arrancarlos frecuentemente en los juzgados. Nada nuevo. Se trata de una desatención crónica. La única novedad es la creciente ola del animalismo que agrava más si cabe la situación. Una labor de zapa y un efecto contagio desde otras latitudes, mayormente el mundo anglosajón y los intereses de las multinacionales de las mascotas, le han llevado a una situación extrema cuya única lectura positiva ha sido la reacción que ha provocado semejante avasallamiento.

Se trata de una respuesta a dos bandas que se confía en que no sea puntual. Por un lado el mundo del toro, que comienza a defenderse, a la fuerza; y por otro la clase política, especialmente los partidos de mayor representación, que visto lo visto en Andalucía, donde Vox les dio visibilidad y respaldo con excelentes resultados en las urnas, han intentando cerrar heridas y disimular agravios con nuevas aproximaciones y los recuerdos de viejas acciones que no son más que agua pasada que ya no mueve molino alguno. Todo ello ha empujado a la tauromaquia al campo de la batalla electoral, convertida en moneda arrojadiza que no está claro que beneficie los objetivos de los aficionados ante el riesgo de que sea etiquetada en un bando concreto cuando de siempre fue el espectáculo más transversal y el foro más libre donde se podía manifestar lo que no se podía de puertas afuera, como aquella diatriba entre izquierdas y derechas o, lo que es lo mismo, entre los de Domingo Ortega y Marcial, en la corrida que se anunció en Madrid en 1939 bajo el título de la Corrida de la Victoria nada menos. Fue tal la bronca por que sonara la música para Marcial -más próximo al nuevo régimen- y no para Ortega -identificado con el anterior-, que desde entonces la autoridad competente decidió que no hubiese música para nadie en Madrid. Dicho ello al paso de la tan traída memoria histórica que no parece tanto en según qué cuestiones y la facilidad con la que se disparan etiquetas y descalificaciones. En realidad nada es nuevo y todo es relativo, y en ese tercio cabría recordar la tarde, en el mismo Madrid y en la misma época, en la que Himmler, jefe de la Gestapo, tras presenciar una corrida de toros con Franco, calificó a los españoles de salvajes. Pues eso.

Todo ello ha empujado a la tauromaquia al campo de la batalla electoral, convertida en moneda arrojadiza que no está claro que beneficie los objetivos de los aficionados ante el riesgo de que sea etiquetada en un bando concreto cuando de siempre fue el espectáculo más transversal y el foro más libre donde se podía manifestar lo que no se podía de puertas afuera

En la Comunidad Valenciana, donde también se juegan en estas elecciones, las cuestiones taurinas se han ido resolviendo hasta con brillantez en los últimos tiempos de manos de los partidos tradicionales (con perdón). El mismo PSPV-PSOE puso en marcha la experiencia de gestión directa y reivindicación cultural más seria y de mayor nivel que se había llevado adelante nunca. Fue en 1985 con Enrique Múgica y Toni Asunción como cabeceras de cartel. Labor, que si bien tuvo entonces una furibunda respuesta por parte del PP, poco después, llegados al poder, le dieron continuidad. Y en las alternancias posteriores en las tres provincias, los dos partidos, con mayor o menor acierto, mantuvieron posiciones de respaldo que no han variado en la actualidad.

El problema de agravio y ataque ha llegado con la aparición de los nuevos partidos incluido el sanchismo cuyo cabeza de lista ignoraba/ignora que entre sus predecesores hubo grandes aficionados, entre ellos Indalecio que mantuvo abierta la comunicación con la España de Franco a través de los toreros que llegaban a Méjico o que los rollos de Viridiana llegaron a Cannes en el esportón de Pedrés o que Tierno fue un habitual en Las Ventas y tantos y tantos otros. Compromís se ha radicalizado en las grandes ciudades, ahí están las prohibiciones de las pedanías y las trabas a la plaza de Valencia, donde sí es capaz de castrar miles y miles de gatos o hacinar perros en los refugios, se muestra tolerante -¿vale decir se tapa la nariz y traga?...- en los pueblos donde no se atreven con la pasión por el bou. Podemos, que se mostraba claramente anti a nivel estatal, quiso hacer ver que rebajaba el grado de beligerancia ante las elecciones y se inclinaba por un referéndum o algo tan maquiavélico como reclamar la abolición de las subvenciones obviando que no hay subvenciones salvo casos puntuales o que la aportación económica y medioambiental de la tauromaquia multiplica por mucho las posibles ayudas locales que quedan siempre por abajo en cualquier comparativa con otras actividades lúdicas y culturales. Finalmente, ante la crecida del Pacma y para evitar fuga de votos, Pablo Iglesias se ha radicalizado contra los toros. Por su parte, Ciudadanos, cuyo líder una tarde de toros salió a hombros de la Monumental de Barcelona, haciendo creer que era aficionado, se ha puesto ahora de lado.

En la última legislatura en la Comunidad Valenciana, aun reconociendo que desde el PSPV-PSOE han hecho un esfuerzo en el bou al carrer para elevar la seguridad a niveles hasta ahora nunca alcanzados -hay que reconocérselo a José María Ángel- han quedado sobre la mesa un paquete de aspiraciones y promesas incumplidas como consecuencia de la política obstruccionista de Compromís, que requiere soluciones inmediatas:

En el territorio dels bous al carrer quedó pendiente, con todas las bendiciones jurídicas necesarias ya alcanzadas, la autorización para que los chicos de las escuelas taurinas puedan torear en la calle en ejercicios incruentos. Se trata de un frenazo absurdo si no se analiza como una manera de matar el futuro del toreo. Otras cuestiones en la misma situación de impasse son la regularización de manifestaciones como el Gran Prix, ahora en un vacío jurídico que aprovechan para no autorizarlas, y la posibilidad de sustituir los toros que se lesionan el mismo día del festejo. Quedaron igualmente a la espera del vist i plau cuestiones como la creación de una ruta turística que promocione los festejos populares más destacados y el reconocimiento como denominación de origen de las ganaderías de bravo autóctonas. Sin olvidar las prohibiciones arbitrarias de determinados festejos bajo el paraguas de legalismos y tretas administrativas como el bou embolat en las pedanías de Valencia, que no tiene problema en otros municipios.

En cuanto al toreo de plaza hay cuestiones que se consideran elementales que siguen pendientes de una solución a pesar de atentar directamente contra los derechos de los ciudadanos más allá de las cuestiones estrictamente taurinas. Se trata de los escraches a los aficionados que acuden a la plaza, que además de un menoscabo de los derechos y la libertad de los ciudadanos de acudir a un espectáculo reconocido por la Constitución como arte, pone en riesgo la seguridad pública, que queda a expensas de la paciencia de los aficionados en la que tanto confían las autoridades con tal de no mojarse. La Administración en la Comunidad hasta ahora se ha mostrado incapaz, en otras ciudades sí lo han logrado, de poner los metros necesarios entre el derecho a manifestarse y el de ir a los toros sin riesgo de enfrentamiento.

La concesión de las plazas de toros de propiedad pública es otro tema pendiente. Villena, Monòver, Xàtiva, Ondara… están cerradas por orden de la real gana de los respectivos ayuntamientos que han recurrido a argumentos tan insostenibles como las consultas populares con participaciones mínimas y cocinados escandalosos, amén de ser ilegales por sentencia del Tribunal Supremo.