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Las verdades del Barquero

¡Chamaaacooo…!
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(Foto: Isabelle Dupin)

¡Chamaaacooo…!

La idea de anunciar a Chamaco en la fecha central de la Pascua taurina fue una aventura de riesgo. Para la empresa, Juan Bautista y Lola Jalabert, y para el propio torero, arrancado de su escondite de veinte años. Una extraordinaria corrida de Jandilla, dos toros bravos, una faena de intensa emoción. Sin su pureza original, el grito de guerra de sus años de novillero volvió a escucharse en el Anfiteatro. Salió bien la apuesta

viernes 03 de mayo de 2019, 17:38h

Nadie contaba con que la corrida de Jandilla del domingo de Pascua fuera a ser tan seria ni tan completa ni tan brava. No por la categoría probada de los ganaderos -Borja Domecq padre e hijo-, sino porque al cabo de veinte años de retiro anónimo y no solo retirada, lejos todo ese tiempo del mundanal taurino, Chamaco volvía por un sola tarde a vestirse de luces. La lógica pedía bajar el listón. Pues no. Ocho toros de Jandilla en los corrales de Gimeaux. Dos de ellos, con el hierro filial de Vegahermosa. Una corrida tan pareja y de tan bello remate que pareció escogida para la ocasión con particular esmero: a las hechuras impecables vino a unirse la calidad. Corrida elegida por nota.

El primero, un Lebriego o Labriego, fue el único por debajo de los 500 kilos. Los otros promediaron 525. Pero ese primero, acapachado, negro, muy lustroso, tuvo tanta plaza y tanta cara como el que más. De modo que el retorno de Chamaco a escena no fue ninguna broma. Ni siquiera un capricho del Juan Bautista empresario que vivió de niño las dos temporadas francesas del Chamaco novillero en plena gloria.

La primera vez que se oyó el gran alarido festivo fue un golpe de sorpresa. Luego, cuando pasó a repetirse por sistema, alcanzó la categoría de rito litúrgico. Siempre la misma voz, un solo grito sobrecogedor

El Chamaco arrollador que en Nimes fue como torero el trueno mismo. El trueno se anunciaba con un grito desgarrador y anónimo que surgía de una de las gradas altas del coliseo romano: “¡Chamaaaacoooo…!”. La primera vez que se oyó el gran alarido festivo fue un golpe de sorpresa. Luego, cuando pasó a repetirse por sistema, alcanzó la categoría de rito litúrgico. Siempre la misma voz, un solo grito sobrecogedor.

Chamaco sentiría la fuerza de aquel reconocimiento tan elemental pero tan estimulante. Nada más aparecer el domingo de Pascua por el portón de cuadrillas, el grito de batalla volvió a sonar pero no como tambor de guerra. No era la misma voz inconfundible de hace casi treinta años. Eran otras voces. No se respetó la idea clave de pronunciarse una sola vez y en plena faena. Muchos “¡Chamaacooo…!” casi a un tiempo, sobrepuestos o encadenados. El efecto no fue el mismo.

Con el cuarto dio la talla. Enfadado, suelto, sin freno, ni se planteó elegir terreno, sino que fue un todo seguido sin más pausas que las precisas para tomar aire

Por bravo, el toro del regreso complicó la toma de tierra y Chamaco se vio enseguida apurado y desbordado. De su repertorio de gestos hubo de tirar Chamaco para dar a entender que la prueba le estaba superando. Y, sin embargo, anduvo breve y resuelto con la espada. Un pinchazo y una entera a capón muy habilidosa. No se pronunció la gente. Cerca de las nueve mil almas guardaron el respeto y las formas. El toro fue el primero de los seis ovacionados en el arrastre. No tanto como el segundo, el cuarto o el quinto. El cuarto fue seguramente el más bravo de los seis. Para el quinto, con el que Castella, en exhibición de firmeza y gobierno, se enroscó a placer, se pidió la vuelta al ruedo.

Pero el cuarto tuvo más teclas que tocar. Aunque se escupió de una tercera vara, arreó en dos previas y, luego, se comía la muleta. Entonces dio Chamaco la talla. Enfadado, suelto, sin freno, ni se planteó elegir terreno -sí distancia, dejar venir de largo al toro y abrirlo-, sino que fue un todo seguido sin más pausas que las precisas para tomar aire después de librar como fuera al toro tras dos tandas de tres o cuatro muletazos de mano baja, largos, ligados, de visible riesgo. El temple que se gana con la edad.

Se vio la versión del Chamaco deliberadamente excéntrico: llegada a la reunión describiendo curvas en una carrera graciosa, el molinete de rodillas cosido con dos más, y el de pecho larguísimo, limpio, tirado muy en vertical. El ruido fue enorme. La electricidad, también

Descubierto en el remate de una excelente serie de naturales ayudados de buen dibujo, Chamaco salió cogido muy aparatosamente y quedó atrapado en las manos del toro. Saltó al quite todo el mundo. Casi el primero Juan Bautista, de paisano, que estaba siguiendo desde la barrera la faena. Una faena embalada desde el comienzo -ayudados por alto a suerte cargada y despegados-, de exposición permanente y rota a lo grande justo antes de la cogida. Del suelo se levantó Chamaco sin dolerse. Algo de arena en el terno de estreno plomo y oro, deshecho el nudo de la pañoleta, el cuello de la camisa por encima de la chaquetilla. Nada más.

Y, al cabo, la versión del Chamaco deliberadamente excéntrico: llegada a la reunión describiendo curvas en una carrera graciosa -a lo Miguelín, a lo Curro Girón, a lo Víctor Mendes- y el molinete de rodillas cosido con dos más, y el de pecho larguísimo, limpio, tirado muy en vertical. El ruido fue enorme. La electricidad, también. Costó cuadrar al toro. Una estocada rara, trasera y contraria, un descabello. Una vuelta al ruedo de las de antes: respirando hondo, sin apenas pararse, un gesto de absoluta felicidad. ¿Y ahora?

Los años de Luc

Los diecisiete años de gestión de Luc Jalabert entre 1999 y 2015 como empresario de Arles han sido sometidos a una evocación antológica un año después de su muerte. El fotógrafo Michel Volle, testigo directo de las 118 corridas de toros y las 36 novilladas con picadores celebradas durante todo ese tiempo, tuvo expuestas en la sala Henri Comte durante los días de la feria de Pascua setenta y dos fotografías que traducen en imágenes esa época. “Les années Luc”. “Los años Luc”. La muestra, ya desmontada, es extraordinaria. Conjunta sabiamente la idea de la foto creativa con la testimonial del reportaje. Nadine Regardier ha acompañado la exposición con una elocuente recopilación de datos y dos textos que rinden homenaje sentimental al hombre que dio nombre a su época. La de la renovación radical de los toros de Arles.

Sin contar los actores ni los hierros de las corridas de rejones ni las novilladas de noveles, citas imprescindibles en las dos ferias anuales de Arles, la relación de nombres alcanza ciento dos matadores y 48 ganaderías. Los números, que expresan logros, son espectaculares. Todavía más espectacular la selección de retratos de toreros, escenas de corridas y, sobre todo, las imágenes de toros en acción dotadas de una suerte de movilidad sorprendente.

En primeros planos fortísimos, los toros parecen posar de frente para la cámara de Michel Volle y con la mirada expresar su sentido, su personalidad, el alma. En una de las paredes blancas de la sala, conjuntadas en un hexágono, dirigen su mirada al visitante seis toros de sobrenatural trapío: de Miura, Hubert Yonnet, Cebada Gago, Pablo Romero y Domingo Hernández. Miura, el hierro más veces jugado en el Anfiteatro durante los años Luc -once corridas completas-, cuenta con doble representación.

No son los únicos toros retratados con tal profundidad. Hay uno de La Quinta, de cuerpo entero, lidiado en la corrida concurso de 2014, que podría ser la lámina perfecta para entender el cruce de Saltillo y Santa Coloma. Y muchos más: un ejemplar castaño de Baltasar Ibán con la marca de las hechuras antiguas del toro de Contreras; otro de Miura negro girón que ha enganchado por los pechos un caballo de pica y se supone que tendrá que derribarlo necesariamente en la escena siguiente; aparece un toro que fue leyenda, “Clavel Blanco”, de los Guardiola y del hierro pedrajas de María Luisa Domínguez Pérez de Vargas que tomó en regla cinco varas y llegó a derribar por dos veces a un piquero tan poderoso como el difunto Juan Luis Rivas.

Los diecisiete años de gestión de Luc Jalabert como empresario de Arles han sido sometidos a una evocación antológica un año después de su muerte gracias al fotógrafo Michel Volle

Y un espléndido toro de Prieto de la Cal con su pelliza dorada y casi de armiño; un saltillo negro y nervioso de Miguel Zaballos, que fue el de la despedida de Denis Loré; una cabeza tremebunda de un toro capirote de Hubert Yonnet que choca con las mejillas de Fernando Cruz en una reunión con la espada que resulta sencillamente inverosímil, inimaginable, imposible; y cuenta, entre los toros criados en Francia, uno de proporciones descomunales del hierro de Piedras Rojas, sangre Marqués de Domecq, propiedad de Patrick Laugier, el último ganadero francés que ganó antigüedad en las Ventas con su segundo hierro de Las Dos Hermanas.

Carlos Frascuelo, César Rincón, Richard Milian, El Fundi, Pepín Liria, Zotoluco, El Juli, Juan Bautista, Castella, Iván Fandiño… Fernández Meca tras su pelea brutal como único espada con una de Cebada Gago. De las doce corridas goyescas de septiembre la noticia es menor. Tal vez porque la goyesca de Arles, creación conjunta de Luc, Christian Lacroix y Lucien Clergue, es capítulo aparte en este viaje que terminó hace solo tres años pero tiene algo de viaje por el túnel del tiempo. Un subtítulo de texto menciona un “miura de antaño”.