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La Revolera

¡El viento al calabozo!
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(Foto: Javier Arroyo)

¡El viento al calabozo!

Los toreros no saben, no contestan. Mejor callados porque en este negocio del toreo, como en Caballería, el que protesta se queda de cuadra. El público bosteza y liga conversación con el vecino de localidad sobre las elecciones del próximo día 26, en las que, pase lo que pase, no es de creer que las cosas puedan ir peor. Y los ganaderos, esos sí que saben… “La culpa fue del viento”. Y a otra cosa mariposa, pero lo cierto es que la corrida ha sido un auténtico sainete.

En mis años mozos el Arma de Aviación organizaba en mi ciudad un patriótico desfile el día de la Virgen de Loreto. Aquella mañana amaneció con un ventarrón típico de la llanura manchega que doblaba los árboles del Parque de los Mártires, en cuyo paseo se había construido una tribuna de madera para las autoridades civiles y militares. Pero cuando el coronel de la fuerza aérea se acercó para inspeccionar la obra, poco antes de la hora del comienzo del acto, se encontró con que el viento había destrozado el templete, que lucía por los suelos cual un montón de leños sin orden ni concierto. El hombre montó en cólera y exigió un castigo ejemplar para los que habían levantado el charnaque. “¡Al calabozo con ellos, pero ya mismo!". “¡Mi coronel, usted perdone, pero ellos no son culpables de nada, el único culpable es el viento!”, dijo humildemente y tentándose la ropa el sargento. Entonces el coronel, rojo de ira e indignación, bramó: “¡¡Bueno, coño, pues el viento al calabozo!!”, y se quedo tan fresco. La anécdota es real y podría dar nombres, pero para qué, ya ha pasado mucho tiempo y seguramente estarán todos en el paraíso de los callados…

Sobre la aireada corrida de hoy en Las Ventas cabe hacerse una pregunta: ¿Quién ha pagado el pato? Los de siempre, los toreros, que han estado toda la tarde oliendo a cloroformo, los que han gastado su dinero para ver un espectáculo que nunca existió, por culpa que han de repartirse equitativamente el viento y seis bisontes que unos ratos han mansurroneado y otros han evidenciado más mala leche que un murciélago borracho. ¡Santo, santo es el público cuando se resigna a salir pacíficamente y sin rechistar de un espectáculo así! Y dicen que somos un país de violentos… ¡Y un jamón!