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LA REVOLERA

¡La patada al avispero!
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(Foto: Javier Arroyo)

¡La patada al avispero!

Lo de Roca Rey de hoy ha sido una auténtica patada al avispero del toreo. Me niego a intentar explicar de otra manera lo que ha ocurrido esta tarde en Las Ventas del Espíritu Santo de Madrid. No tiene explicación lógica posible. Hay quienes han intentado hacer juegos de magia tratando de identificar el toreo con una partida de ajedrez en la que los maestros conocen todas las jugadas posibles, que son infinitas, pero lo del peruano que nos bajó del cielo este miércoles de gloria, para elevar la Tauromaquia al círculo infinito en el que no existe más allá, ha sido un “Non Plus Ultra” sin parangón, al que no se le adivina principio ni fin. Repito, Andrés Roca Rey le ha pegado un puntapié al avispero del toreo, del que se hablará y se escribirá en prosa y en verso mientras alguien se empeñe en intentar poner orden y concierto en tanta hermosura.

Y el caso es que El Cid se ha despedido de Madrid -su plaza y su público- con todos los honores, y López Simón estaba en disposición de abandonar la plaza de la Calle de Alcalá en volandas. Valiente, decidido y altamente concienciado dentro de los parámetros de su lógica taurómaca. Pero es que lo de Roca ha sido un acontecimiento que ha hecho entrar en una catarsis inexplicable a las casi veinticuatro mil almas que atiborraban la Monumental madrileña. He estado diez días alejado de ustedes por culpa de una cruel colitis crónica, que me mantiene con mis capacidades de raciocinio bajo mínimos.

Pero no he podido evitar hacerme eco de lo ocurrido hoy en el ruedo de Las Ventas. Lo he vivido como una patada a un gran avispero y sin acabar de comprender cómo ha podido ocurrir tal catarsis. Todo me daba vueltas y los oídos me zumbaban como si millones de abejas trataran de meterse en mi cabeza. Me temo que no somatizaré jamás la dimensión que ha alcanzado el “Peruano de Oro” en ese que será desde hoy y por mucho tiempo su Reino. La Monumental de Las Ventas. Y vendrán otras corridas y torearán otros toreros, de esos que acarician con guante de terciopelo las embestidas de los toros, pero hoy me voy a la cama con la sensación de que acabo de presenciar algo que jamás volveré a vivir. Y ustedes me perdonarán, si pueden, que a mí me cuesta mucho perdonarme a mí mismo.