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LAS VERDADES DEL BARQUERO

“La corrida de San Isidro de El Pilar se llevó la palma en cuanto a presentación”. En la foto, la estampa del sexto: Guajiro.
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“La corrida de San Isidro de El Pilar se llevó la palma en cuanto a presentación”. En la foto, la estampa del sexto: Guajiro. (Foto: Javier Arroyo)

En Sevilla y en Madrid

Ajenos a la fórmula de los llamados desafíos, cinco ganaderos de renombre se han medido en el plazo de un mes en las ferias capitales de Abril y San Isidro. Los cinco han lidiado en la Maestranza y las Ventas con resultado diverso. El Pilar gana fama y crédito y Juan Pedro echa en Madrid un toro de bandera que descubre un torero nuevo: David de Miranda. Emilio de Justo torea a su antojo dos corridas de Victorino

viernes 07 de junio de 2019, 12:20h

Para desafíos ganaderos de verdad, los librados entre Sevilla y Madrid a lo largo del florido mayo. Estaban por verse en San Isidro antes de fin de mes dos corridas: la de Adolfo Martín y la primera de las dos programadas de Alcurrucén. Ninguno de los dos hierros se anunció en la feria de Abril. No entran en el cupo de las comparaciones.

Cinco fueron las ganaderías sometidas a escrutinio tras lidiar en las dos ferias mayores de primavera: Juan Pedro Domecq/Parladé, Victorino Martín, Jandilla, El Pilar y Fuente Ymbro. Dieciséis toros de Juan Pedro, uno de ellos sobrero, once con el hierro de Veragua y cinco, solo en Madrid, con el de Parladé; doce de Victorino; doce de los Borja Domecq padre e hijo, once con el hierro de Jandilla y uno con el de Vegahermosa; doce de El Pilar; y otros doce de Fuente Ymbro. Once corridas y sesenta y cuatro toros.

Enviado, de Montalvo, embiste por abajo a la muleta de Luis David. El hierro charro también destacó.

En San Isidro, completando reparto de las corridas de Juan Pedro y Parladé, entraron dos sobreros: un serio cinqueño del Conde de Mayalde que estuvo a punto de desbaratar y desmadejar a Roca Rey en el recibo de capa, y lo hirió pero no de gravedad; y otro cinqueño de Luis Algarra, casi 600 kilos, que ni carne ni pescado. El toro de Mayalde, engallado y agresivo, tuvo personalidad y plaza, pero se fue inesperadamente de engaño a última hora. Rajarse, dice casi todo el mundo. Pero hacerlo discretamente. Vendió cara la pelea.

La de El Pilar embistió sin parar, pero sin regalar las embestidas. Fueron excepción a la regla el último de corrida, de aparato disuasorio, de son bondadoso por comparación, y el quinto, de tanta nobleza como seriedad. Bravo y punto

El de Algarra, fuera de tipo, fue de desganada movilidad y pobre celo. De Algarra se había jugado el 18 de mayo, dentro de la corrida de Montalvo, otro sobrero, tercero bis, también cinqueño, que hizo con Pablo Aguado lo mismo que el de Mayalde con Roca Rey: prenderlo de lleno en un lance previo al castigo de varas. Cogerlo pero no herirlo.

El tercer domingo de junio, a las nueve y media de la noche, concluida la feria de San Isidro más larga de la historia, en el cómputo comparativo del Sevilla-Madrid entrarán, junto a los cinco ganaderos de la primera cala, cuatro más: Garcigrande/Domingo Hernández, Cuvillo -con solo cuatro toros en liza la tarde de la Beneficencia-, Victoriano del Río y Santiago Domecq. El 14 de junio, última fecha del abono pero no de la feria, se jugará la segunda de las dos corridas previstas de Fuente Ymbro.

“Aunque se diga solo en voz baja, el ganadero que ha salido con el papel en alza de Madrid ha sido Juan Pedro”. En la foto, Roca con Maderero.

No cabe la tesis de que todas las comparaciones son odiosas. En cuestión de toros, resultan imprescindibles, inevitables y a veces sorprendentes. La corrida de San Isidro de El Pilar se llevó la palma en cuanto a presentación. Un toro que por estirpe gana en porte y alzada a cualquier otra línea ganadera. Ni siquiera los astifinos y descarados lotes de Fuente Ymbro, severo trapío, se acercaron al promedio de los cuatro primeros toros negros de El Pilar, que fue, por cierto, corrida muy accidentada en su primera mitad: cornada de Gonzalo Caballero al entrar a matar, cogidas aparatosas pero sin mayores consecuencias de Juan del Álamo y José Garrido. El toro que hirió a Caballero fue uno de los de mejor nota de la primera semana de San Isidro. Paradojas habituales en el toreo.

Hay toros con suerte y toros sin ella. La suerte del tercer victorino de Sevilla y del sexto de San Isidro, de mucha mejor condición este otro que aquel, fue encontrarse con un torero tan en plenitud como Emilio de Justo

Nadie contaba, sin embargo, con que después de todo, y en el ecuador del abono, 29 de mayo, la corrida de El Pilar vinera a resultar la más completa desde la perspectiva digamos torista. La fiereza indómita de un par de toros de Escolar y Victorino, el cuajo mayúsculo de la corrida entera de La Quinta, el fondo tan duro de la de Valdefresno, la falta de entrega y la ofensiva presencia de los seis de El Tajo y La Reina...

Por encima de todo eso anduvo el aire inquietante de cuatro de los seis toros de El Pilar. La corrida embistió sin parar, pero sin regalar las embestidas. Fueron excepción a la regla el último de corrida, de aparato disuasorio, de son bondadoso por comparación, y el quinto, de tipo y pinta distintos a los demás pero de escalofriante arboladura. Toro bravo y punto. De tanta nobleza como seriedad. También en Sevilla contó como bravo de nota el cuarto, pero la corrida, trapío formal pero no tanto como en Madrid, no sacó ni el celo ni la movilidad bélica de la de San Isidro.

Las cabalgadas de salida tan particulares del toro de El Pilar, su incierto aire antes de fijarse, suelen desconcertar a las cuadrillas y ponerlas en guardia. Y el fondo fiero del toro que lo tenga, también. Entre los quites de verdad providenciales vistos este mes, ninguno lo habrá sido tanto como el de Rafael González a Álvaro Lorenzo, que salió inerme en Sevilla y perseguido a tablas en un arreón con la espada dentro. Una punta de capote a media altura evitó lo que podía haber sido un grave percance.

Las dos corridas de Victorino, aunque desiguales, menos ofensivas y agresivas de lo presumido, fueron parejas en juego y hechuras. Más bella y rematada la de Sevilla. La costumbre de lidiar cinqueños en proporciones relativamente altas lleva tiempo siendo revisada. Datos nada casuales: solo un cinqueño en Sevilla, solo uno en San Isidro, que fue, por cierto, el de mejor aire de los seis. Por la mano derecha. Ni en uno ni en otro lugar faltaron los toros de pésimo trato: una alimaña de catálogo para Escribano en la Maestranza, un predador listísimo para Octavio Chacón en las Ventas. Tampoco el toro zapatillero y revoltoso, ni el generoso que humilla y repite y hasta se traga los pases de pecho casi dócilmente.

Como faenas más originales -menos manidas o menos previsibles- contaban a mitad de San Isidro la de Aguado al sexto de Montalvo, la de De Justo al sexto victorino y la de De Miranda al sexto de Juan Pedro, un verdadero torbellino desatado y sin freno

El concurso de Emilio de Justo resultó en el caso de esas dos corridas fundamental. De modo que cabe recurrir al contratópico que procede: hay toros con suerte y toros sin ella. La suerte del tercer victorino de Sevilla y del sexto de San Isidro, de mucha mejor condición este otro que aquel, fue encontrarse con un torero tan en plenitud como De Justo, que a su rico repertorio de belleza formal -empaque, trazo lento y profundo de capa y muleta, colocación y firmeza nada comunes- ha venido a unir una suerte de ciencia y licencia peculiares para entenderse con el toro de Victorino, medirlo y dosificarlo, cambiarlo de mano, distancia y terreno casi a su antojo y, si es preciso, engañarlo.

La faena de San Isidro del 29 de mayo fue antológica por todo eso. Y por su resolución. Hacía tiempo que no se veía torear de salida a un Albaserrada con tanta categoría. Pues fue justo el día en que el hierro celebraba el centenario de su antigüedad. Como faenas más originales de San Isidro -menos manidas o menos previsibles- contaban a mitad de feria la de Pablo Aguado al sexto de Montalvo, la de Emilio de Justo al sexto victorino y la de David de Miranda al sexto de Juan Pedro, que fue un verdadero torbellino desatado y sin freno, y con él una faena por todo conmovedora, de las que ponen a circular a un torero. Que es, por cierto, el caso. Un torero que acaba de empezar. Con el aire fresco del toreo campero que tanto contrasta con el galante, recreativo y ensayado de espejo y salón.

¿Jandilla? Muchísimo mejor en Sevilla que en Madrid. ¿Fuente Ymbro? El nivel de los tres sobresalientes de Sevilla era irrepetible en San Isidro. Y, si se llega a repetir, acaba con el cuadro. Aunque se diga solo en voz baja, el ganadero que ha salido con el papel en alza de Madrid ha sido Juan Pedro Domecq Morenés. Y, luego, El Pilar. Y, luego, Montalvo. ¿Y luego?