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La Pincelada del Director

Román o la cara más cruda del toreo
(Foto: Javier Arroyo)

Román o la cara más cruda del toreo

Tenía al público entregado, Las Ventas a sus pies, la temporada soñada al alcance de la mano, un buen espadazo y todo lo que un torero joven desea se haría realidad. Eso debió pensar Román. No pudo ser. El toro de Ibán alargó la gaita y…

Escribo consternado por la cogida de Román. Terrible. La cara más cruda de la tauromaquia escenificada en la primera plaza del mundo. El toro de Ibán, cornalón como nunca lo fueron los de ese encaste -¿quién cambió los ibanes de don Baltasar?...-, violento y cobarde -no fue el único de la tarde de esa calaña- aprovechó la última ocasión que le dio el bravo torero valenciano y le atravesó el muslo cuando hacía la cruz en la suerte suprema. Demasiada sinceridad la de Román, excesivo celo, desbordante vergüenza torera, lo que todos reclamamos que no siempre se puede dar. Una cosa es la teoría, el café y la tertulia y otra lo conveniente. ¿Dónde está el límite, la raya, la lógica…? Ese ibán fosco y traicionero no merecía tanta entrega. El rubio torero de Benimaclet había esquivado, ¡un milagro!, ¡otro milagro!, un hachazo, otro hachazo y otro más, las malas intenciones de aquel pájaro desabrido hasta que no cupo otro desenlace. Tenía al público entregado, Las Ventas a sus pies, la temporada soñada al alcance de la mano, una estocada, un buen espadazo y todo lo que un torero joven desea se haría realidad. Eso debió pensar Román. No pudo ser. El toro de Ibán alargó la gaita y esta vez ya no hubo milagro. El pitón le atravesó el muslo. Lo zarandeó y lo estampó contra el suelo. De pronto se cayó el telón de las teorías y asomó la crudeza de la tauromaquia, lo que hace del toreo el espectáculo más sincero de cuantos se pueden interpretar. Las imágenes del torero camino de la enfermería, taponándose él mismo la herida, son pura épica. La oreja que le concedieron fue más que justa, necesaria recompensa a tanta entrega. Si el heroísmo no tiene premio bajamos la persiana y nos vamos. En estos momentos decir que son las cosas del toro no me repara de tanto dolor.

No se puede aguantar un tercio de banderillas como se aguantó el de ese toro. Luego hubiese pasado lo mismo o no hubiese pasado, quién sabe, pero a nadie nos estaría royendo las entrañas esa penosa decisión…

Y no quisiera ser oportunista ni mucho menos señalar a nadie, lo que le pasó a Román y lo que le pudo pasar a la cuadrilla es lo que nadie desea que pase, ¡nadie!, eso seguro, pero debe servir para la reflexión, para recordar lo importante que es que quienes dirigen el festejo, en este caso los presidentes, además de memorizar el reglamento o acogotarse con los gritos deben interpretar la lidia y cada momento. No es fácil pero es necesario. No se puede aguantar un tercio de banderillas como se aguantó el de ese toro, pasada va pasada viene, mientras cuentan si tiene tres o cuatro banderillas, si el palo se cayó antes o después, cuando es evidente que el lucimiento era imposible y el toro se avisaba por momentos. ¿Saben lo que es un toro avisado?... Además el propio reglamento deja márgenes para la interpretación. Así que no cabían aquellos gestos del usía auto exculpándose que captaron las cámaras. Cualquier aficionado entendía que aquella situación no conducía a nada bueno, que debía cambiarse el tercio. Luego hubiese pasado lo mismo o no hubiese pasado, quién sabe, pero a nadie nos estaría royendo las entrañas esa penosa decisión en nombre del reglamento. Y que no se monten al carro los puristas, rigor no es eso.

Dicho lo cual, quede claro que no se trata de señalar ni de culpabilizar a nadie, solo recordar la necesidad de que la dirección de las corridas se debe afrontar por las manos más expertas y las más dúctiles. Que entiendan que subirse a un palco no es una broma ni una fruslería, ni un acto social, ni se trata de dar una oreja de más o de menos, ni siquiera aguantar una bronca, que junto a la defensa de los intereses de los aficionados y de los valores del propio toreo, eso es imprescindible, están dirigiendo un espectáculo en que el que los protagonistas se juegan la vida. Hay valores como el sentido común, cuya sombra debe ir más allá del reglamento, que no se puede malbaratar. Alguien debería tomar cartas en el asunto.