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La página de Manolo Molés

Genios y bohemios
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(Foto: Tauroemoción)

Genios y bohemios

Crecen y habitan en el mundo del toro a su manera. Son otra raza, otra estirpe, o están en la gloria o están en el infierno. Lo del purgatorio no va con ellos. Habitan los extremos como los genios o los bohemios. A veces brillantes, a veces ausentes. Con champán o cicuta pero siempre con ese punto de torería que les distingue. Yo les huelo porque viví muchos años con Chenel, que era, siendo tan puro y tan clásico, tan grande y tan bueno, un manojo de contradicciones. Igual estaba en el techo que en el suelo, en la gloria de los triunfadores o en el averno de los olvidados. Son gente que no tiene término medio y si lo tiene, es mentira que en ese término medio esté la virtud. Falso. La virtud, al menos de torear como los ángeles, la poseen estos personajes que de cuando en cuando descienden al averno.

Chenel lo dijo hace una burrada de años. Y Ferrera lo sabe. Dijo: “Antonio tiene las venas llenas de torería y un río de personalidad”. Lo dijo cuando algunos cometimos el pecado mortal de creer que Ferrera era las banderillas y la alegría de la huerta. Y Ferrera era lo que acabamos de ver. Sale del río sagrado, se va a ver a Juan Mora, hermano de la misma cofradía de genios y bohemios, y ahí, en el tendido, se brindan un toro cabeza con cabeza. Solo ellos sabrán lo que se han dicho.

El toreo sería una vulgaridad si no existieran estos toreros que recorren el pañuelo de la tauromaquia de parte a parte. Y ahí está la historia. Antonio Ferrera sabe que otro Antonio, apellidado Chenel, sintió que era de la misma familia en aquel día de Bayona cuando Ferrera empezaba y teníamos el atrevimiento de llamarle “Ferrari”. Ahí está, en la Puerta de Alcalá, reinando en Madrid. Y escribo dos días antes de su doblete de jueves y viernes. No me pidan que haga esa quiniela. Claro que puede lograr que arda Las Ventas de emoción. Pero también puede pasar que no sea el día de las musas y hasta puede que estén de vacaciones. Ahora, sí te digo que como el cuerpo y el alma de Antonio le pida fiesta, la feria llevará su nombre junto a los más grandes.

LA PUERTA MÁS GRANDE DEL TOREO SE HA ROTO EN DIFERENTES ESCALAS

Porque esta feria, la del bombo y la imaginación de Simón, está marcando un antes y un después en la novedad y en la renovación. Cuando escribo, Perera, Roca Rey, David de Miranda y Ferrera han roto, en diferentes escalas, la puerta más grande del toreo. Pero hay más: Román ha madurado y de aquel chiquillo alocado y divertido ha rebrotado un torero serio, currante y que llega al público con cualquier tipo de toro. Ginés Marín sigue creciendo a la espera de un zambombazo. Y qué grande es Las Ventas de Madrid: sin cortar orejas, sin dar una vuelta al ruedo, sin matar medianamente bien a su toro, la plaza se rindió a la natural torería de Pablo Aguado. Triunfar sin “meter goles”. Pero esa naturalidad tan torera solo la practican toreros de una altísima calidad. Madrid se quitó el sombrero y espera la bomba final porque Pablo cierra la feria. El último del último cartel. Tal vez recurramos de nuevo a la Biblia, donde dice: “Jesús dijo a sus discípulos: muchos de los primeros serán los últimos y muchos de los últimos serán los primeros”, según San Mateo, que seguramente hasta sabía de toros. Pero hay mucho más: ese gusto por hacer del natural lo más bello de la mano izquierda. Natural por naturales de un chaval llamado Fernando Plaza. Purísimos.

Crecen y habitan en el mundo del toro a su manera. O están en la gloria o están en el infierno. Lo del purgatorio no va con ellos. A veces brillantes, a veces ausentes. Con champán o cicuta pero siempre con ese punto de torería que les distingue. El toreo sería una vulgaridad si no existieran estos toreros

Gonzalo Caballero, más asentado con las telas y herido en la suerte final. Pero más maduro. López Simón tiene personalidad. Y le espero en cualquier momento. Y no se es Rey ni Roca si no cumples todos los mandamientos de las figuras. El peruano los tiene y abrió la puerta grande. Y un dato: llevó mucha gente, no habitual, a Las Ventas. Qué bueno que a Ureña la vida le haga un guiño y en lugar de perder, siga ganando. Una y una. Dos orejas en Madrid. Su plaza. Grande el de La Escucha. ¿Dónde estaba David de Miranda? Tal vez la mitad de la plaza ni le conocía. Y ahí está: dos orejas como dos soles viniendo de un año casi inválido. Ahora ábranle las puertas. Esa puerta grande es un pasaporte. Y me voy a fijar en los empresarios de ferias grandes que se hagan el despistado, o el tonto, con este torero que pide paso. Le cojo la palabra que viene al pelo a Albert Einstein: “El mundo no será destruido por los que hacen el mal, sino por aquellos que miran sin hacer nada para impedirlo”. Cumple Juan del Álamo, en busca de apoderado; se recupera un tío llamado Manuel Escribano; Fernando Robleño sigue royendo el hueso duro con torería. Y ese Emilio de Justo. Justo lo que es el toreo: es aire fresco y nuevo.

ES LA FERIA CON MÁS PÚBLICO, CON MÁS SORPRESAS Y CON MÁS ÉXITO

Todavía queda feria. Yo escribo el miércoles temprano para que cuadre el enorme curro de esta redacción; pero queda la recta final. ¿De la mejor feria de Madrid? La respuesta es fácil. La feria con más público, con más sorpresas, con la huida de algunos, con bombo atractivo, con toros mejor presentados que nunca. Con más éxitos que nunca. Una feria muy profesionalizada en el buen sentido de la palabra. Pero una feria, sobre todo, de genios y bohemios. Yo empecé nombrando a tres: Chenel, otro Antonio, Ferrera, y Juan Mora. Son espejos de triunfadores imposibles de imitar. En una feria en la que faltando alguno que debería estar, la fiesta sale reforzada en salud, en toreros, en ganaderías, en futuro y en personalidad. Escribo cuando quedan doce corridas. Las matemáticas de esta feria tienen un irremediable sabor a futuro. Y a veces a poesía. Con algún ripio, claro… El 16 de junio acaba el curso. Y este tendrá menos suspensos. Parece.