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La Pincelada del Director

De la consternación a la conmoción

Consternado arranqué la Pincelada de la semana anterior, tocado con la cornada tremebunda de Román. Conmocionado debo arrancar esta, conmovido por la puerta grande de Ureña. ¡Un tsunami! O quizá fuese el terremoto de Lorca replicando en la meseta, ahora desandando el camino de la destrucción para levantar un nuevo edificio en la ciudad de las leyendas. Algo grande pasó -¿acaso un ángel?...-, algo diferente, excitante, algo que costará olvidar. Por el protagonista, por la misma tauromaquia y por el escenario. Era Las Ventas en estado de ebullición y en ese modo no admite comparaciones. Las Ventas entregada es la leche. Pues eso, la gran caldera reventaba por todas sus costuras. Se lo debía el toreo a Ureña. La justicia, por esta vez, llega a tiempo, muy oportuna. Qué gozo ese Madrid entregado a las pasiones, sin prejuicios, sin escuadras, a tomar viento los cartabones. ¡Y las cintas métricas también! El toreo son sentimientos. Es lo que pasó en el ruedo más allá del perfeccionismo. Un tío a corazón abierto, doliente, por sus costillas aplastadas y por el tormento de un viaje vital duro y nada fácil que nunca parecía llegar a su destino. Ya llegó. Un campesino entronizado en la corte. Un poeta curtido en la aridez de los terrones, adorado por los del IBEX 35 y por los de la precariedad. Un clásico mandando en la modernidad.

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