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LAS VERDADES DEL BARQUERO

Una sola oportunidad
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Una sola oportunidad

Entre las dos docenas de matadores que, relegados a una sola corrida de abono, no entraron en el bombo de San Isidro se cuentan Pablo Aguado y David de Miranda, las dos revelaciones indiscutibles de la feria. La suerte fue esquiva con Manuel Escribano, herido de gravedad en su única comparecencia, igual que un prometedor Sebastián Ritter. A punto del balance final de la feria más larga de la historia, el bombo parece seguir dando vueltas

viernes 21 de junio de 2019, 11:07h

La nómina de toreros que no entraron en el bombo de San Isidro cuadriplicó la de los que sí. Diez al bombo y treinta y siete al albur. Dos maneras distintas de ponerse en manos del azar. Del cupo de treinta y siete matadores en lista de espera, veinticinco fueron asignados a una sola de las veinticuatro tardes del abono. Dos de esos veinticinco, Pablo Aguado y Manuel Escribano, acabaron recalando en dos de las corridas del bombo. Aguado, en la de Montalvo; Escribano, en la de Adolfo Martín.

Sobre el papel, la corrida de Montalvo era más propicia que la de Adolfo. Y, sin embargo, a la hora de echar cuentas, en las dos corridas se jugaron tres toros de nota. La suerte juega pocas veces a ser equitativa pero el reparto de toros lo fue. Los tres de Montalvo, de estilos diferentes, se abrieron en lotes. Uno para Ginés Marín, otro para Luis David Adame y otro, el sexto, el mejor de la corrida, para Aguado, en la que fue su memorable faena de consagración en Madrid a pesar de su desacierto con la espada. El contrapeso de la corrida de Montalvo fue un destartalado sobrero de Algarra que cogió de lleno a Aguado pero sin herirlo.

David de Miranda ha sido la sorpresa mayúscula de San Isidro. La emoción arrebatadora de una versión fresca y sencilla de un toreo de pureza elemental sin artificio

También los tres notables de Adolfo, cuarto, quinto y sexto, se separaron en lotes distintos con sentido común. O sería sugerencia del ganadero. El más ofensivo de esos tres toros hirió de gravedad a Escribano cuando la faena ya embocaba el final. Escribano ha confesado que sabía que el toro iba a cogerlo y herirlo, pero que, aun sabiéndolo o presintiéndolo, se negó a protegerse y rectificar.

Un bravo toro de imponente cuajo de Adolfo Martín en el San Isidro de 2015 puso a Escribano a circular por las ferias gracias a una faena de rara calidad. Completaron cartel aquella tarde Diego Urdiales y Sebastián Castella. Otro toro de Adolfo le pegó a Manuel en Alicante en junio de 2016 una gravísima cornada al cruzar con la espada en la suerte contraria. Un toro que había embestido muy despacito, con el aire tan peculiar del albaserrada de entrega en apariencia sumisa. Antes de la cogida, Escribano se había recreado toreando a cámara lenta.

Un año después, tras larguísima convalecencia, volvió Escribano a torear en Alicante la corrida de Adolfo, y a torear con entrega y calma un lote de buen son, y a aliviarse con la espada porque no hacerlo habría sido como volver a ponerse al borde del abismo. La cornada de Madrid ha provocado una sonada división de pareceres en las tertulias y en las redes sociales. Se tiene por impertinencia imperdonable analizar y revisar la cornada que sea. Cuando más caliente estaba el debate, lo dejó cerrado Escribano con su honrada confesión de parte.

Hace un año, y en San Isidro también, a la hora de elegir entre Adolfo y Victorino, Escribano optó por la de Victorino, que supuso la revelación de Emilio de Justo en Madrid. En la de Adolfo saltó el toro de la feria. Con él firmó Pepe Moral su mejor faena de siempre en las Ventas. Pepe Moral se apuntó este año a la segunda de Fuente Ymbro y a la de Baltasar Ibán, con la cual tocó sufrir.

Una cogida en el mano a mano de Cáceres con Juan Mora dejó a Emilio de Justo fuera de combate para la corrida de Ibán, pero en su segunda tarde de feria había repetido con el sexto de Victorino una faena de auténtica vitola, de las que al cabo de treinta y cuatro tardes de toros seguidas conservan luz propia en cualquier recuento. Todavía más que cualquiera de las dos faenas de Sevilla del 4 de mayo. En aquella corrida de la Maestranza alternaron Emilio y Escribano. Abrió cartel Antonio Ferrera con su probada suficiencia, que se traduce en autoridad casi displicente: la de poder con todo.

El mejor toro de la corrida de Montalvo fue para Aguado en la que fue su memorable faena de consagración en Madrid a pesar de su desacierto con la espada

De los nueve espadas anunciados en el triduo de las corridas de sangre Albaserrada -José Escolar, Victorino y Adolfo-, casi la mitad, cuatro de ellos, estaban en la nómina de los obligados a echar la moneda al aire y una sola vez. Noé Gómez del Pilar, Ángel Sánchez, Daniel Luque y el propio Manuel Escribano. De las tres bazas del triduo la más ingrata fue la de Escolar, porque la tarde del 28 de mayo fue la de más viento de toda la feria. El candor y la entereza con que Ángel Sánchez hizo frente en pleno vendaval al fiero embestir del tercero de corrida fueron dignos de mejor causa y mayor reconocimiento. Y el tesón y la entrega de Gómez del Pilar, también.

De los contados toreros de Colmenar Viejo que han venido asomando recientemente a escena Ángel Sánchez es el más competente y el de más clase, talento natural. En Sevilla dicen “clasecita” cuando el torero está por terminar de hacerse. En el San Isidro del 18 Ángel hizo lo que nadie nunca: tomar la alternativa con un toro de Adolfo, pero que no fue precisamente el de campeón de la feria jugado ese mismo día.

Entre las hazañas de Gómez del Pilar se cuenta otro detalle mayor: haber confirmado alternativa con una corrida de Victorino. Y haber matado con fe, recursos y acierto hace un año en la feria una durísima corrida de Dolores Aguirre. Daniel Luque despachó la de Victorino como si fuera el coser y cantar. Posada, sedosamente, sin esfuerzo ni teatralidad. ¡Qué torero tan fácil!

Tres de los toreros de una sola opción acabaron heridos en la enfermería: Gonzalo Caballero al volcarse sin duelo y casi ciegamente con la espada sobre el toro más completo de la corrida de El Pilar; Juan Leal, cuando faenaba en distancia cero con el toro de mejor aire de la complicada corrida de Pedraza de Yeltes; y Sebastián Ritter al tropezar y enredarse con el capote propio en un quite al cuarto de la corrida de El Ventorrillo, que no era su toro.

Caballero se mantiene terne en su aire de torero de explosión simpática que lo obliga a jugar por sistema a la ruleta rusa. Leal se mantiene no fiel sino fidelísimo a lo que podría llamarse el canon de Paco Ojeda, del cual se han descolgado definitivamente dos de sus émulos mayores, Castella y Perera. El valor es de verdad. La sangre caliente parece fría.

Ritter ha llamado la atención por sus progresos. Su firmeza de siempre, inmarcesible y más que probada desde su prematuro arranque como novillero en España y pasando por pruebas agotadoras para noveles como corridas de Cuadri o Partido de Resina. La tarde de El Ventorrillo se entendió con un toraco nada fácil. Muy pocos han toreado como él tan despacio y enroscados con la mano izquierda, y arriesgando cabalmente tanto. El infortunio: perder la opción de refrendar logros con el mejor toro de esa corrida de ventorrillos viejos. Estaba en la enfermería. Que Ritter se reclame como el último discípulo del difunto Antonio Corbacho no es gratuita vanagloria, sino un hecho probado.

Para Finito de Córdoba, El Cid y David Mora se reservaron en su única comparecencia puestos de privilegio: las corridas de Fuente Ymbro, Parladé y Alcurrucén. Tres de las diez ganaderías del bombo. A corridas de aliento incierto fueron destinados, entre los toreros novísimos, Juan Ortega, que dejó con la de Valdefresno bien claro su rico son de torero clásico; Tomás Campos, castigado con la corrida de peor nota del mes, la de Las Ramblas; Ángel Téllez, aceptable confirmación de alternativa con otra de las corridas del bombo –la de Jandilla-; y, desde luego, con el mejor de los sesenta toros del bombo, David de Miranda, que ha sido la sorpresa mayúscula de San Isidro. La emoción arrebatadora de una versión fresca y sencilla de un toreo de pureza elemental sin artificio.