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Crónica de Benlloch en Las Provincias

Perfume, ciencia y fe en Hogueras
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(Foto: Templaíto)

Perfume, ciencia y fe en Hogueras

El Juli cortó dos orejas y abrió la puerta grande en Alicante. La corrida de Garcigrande, muy toreable, encendió las luces rojas de los mínimos en cuanto a presentación

Perfume, ciencia y fe. Morante, Juli y Ureña. Esos fueron los tres conceptos que mandaron ayer en la corrida de Hogueras. Se cortaron tres orejas. En realidad, nada para lo que acostumbra Alicante y, sobre todo, poco para lo que vimos. Una tarde en la que se toreó muy bien y se mató muy mal. El otro lunar negro fue la entrada: poco más de tres cuartos. Menos de lo que merecía el cartel. La excusa fue el fútbol. El Hércules, que es toda una religión en la ciudad, se jugaba el ascenso con entrada gratuita y eso lo acabó notando el toreo.

Se lidió una corrida de Garcigrande muy toreable y poco presentada. Hay que ir con cuidado ya en no pasarse de la raya, a riesgo de afrenta general. Hay mínimos que no se pueden rebajar y máximos, como la vuelta al ruedo al quinto, que no se pueden alcanzar, por mucho que lo pidan desde el callejón, a riesgo de ser ridículo.

Morante hizo cosas preciosas en los dos. El toreo de capa a su primero resultó sublime. Ritmo y pausa, inspiración. El arranque de faena con pases de la firma a ese mismo toro -¡Viva Granero!- solo está al alcance de artistas como él. En su segundo se mejoró, sobre todo con la mano derecha. Lo toreó de primor. Luego, lo mató de pena. Eso sí, la preparación de la suerte suprema fue un derroche de torería: tres molinetes rodilla en tierra de los que no se le reconocían en su tauromaquia, tras los que el toro quedó cuadrado. Lo llega a matar bien y se arma la mundial. En ese toro le apuntamos también un quite a El Lili oportunísimo cuando ya estaba cogido.

El Juli es la ciencia hecha torero. A su primero, que se había agriado de primeras, lo acabó domando; y a su segundo, más de lo mismo. A los compases de Marcial mandó del toro, mandó del público y hasta de la música. Viéndole torear hay que pensar que el toreo es fácil. En realidad lo es para él. Fue una faena de empeño, de persecución de un triunfo que parecía increíble que para entonces en Alicante no hubiese llegado ya. Miscelánea capotera –hubo de todo, desde lo fundamental hasta lo más vistoso- y la faena de muleta tuvo empeño y pasión. Fue intensa y extensa, incluso en exceso. Nada parecía suficiente para Julián y, naturalmente, alcanzó su objetivo: ya se sabe lo que es este Juli empeñado. Lo mató con eficacia y le concedieron dos orejas.

Ureña tuvo menos suerte con el lote. Su primero fue una sardina alocada, de extrañas reacciones, a la que recibió por verónicas de emotivo ajuste y pausado vuelo y toreó después por abajo con la pureza que le ha elevado a los puestos punteros que ocupa. En su segundo, renuente y desclasado, lo intentó por lo clásico y lo consumó por lo que le es impropio: la cercanía, el arrimón y el voluntarismo por encima de la brillantez. Se lo agradecieron y a pesar de un bajonazo acabaron pidiéndole la oreja y el presidente, que a aquellas alturas de la tarde debía pensar que la cosecha era poca, acabó concediéndole una oreja que no ha de figurar entre sus tardes más gloriosas.

Naturalmente El Juli salió por la puerta grande, a la que esta feria no hay quien le eche el cierre.

CRÓNICA PUBLICADA EN EL DIARIO LAS PROVINCIAS EL 24/06/2019