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La Revolera

Tarde color ala de mosca

Cuatro toros del Puerto de San Lorenzo y dos de La Ventana del mismo palo. Pasando todos de los seiscientos kilos y con más perchas que la planta de ropa de señora del Corte Inglés. Carentes de casta y bravura, y tan enclenques que han durado, todos y cada uno, menos que un caramelo en la puerta de un colegio de parvulitos. Solo uno, el cuarto, le ha aguantado a Emilio de Justo una faena potable a base de profesionalidad, buena disposición y esa seriedad torera que le caracteriza, pero que, al coincidir con la hora de la merienda, el público pamplonica no le ha echado cuentas. ¡Ay, ese toro de la merendola de Pamplona! Cuántas ilusiones se ha metido entre pecho y espalda…

En el quinto de la tarde, López Simón se ha despojado de las zapatillas –como casi siempre- y se ha desmelenado haciéndose ver con una faena comenzada con una serie de templados y valientes derechazos de rodillas, tragando quina a base de dejar que los pitones le pasaran silbando por la yugular. Ya en pie, la emoción ha bajado de tono y las ovaciones de decibelios. Pero así y todo, una estocada en buen sitio le ha permitido al de Barajas dar la única vuelta al ruedo de la tarde.

A la falta de fuerzas y sosería de su lote se ha unido el poco ardor guerrero de Ginés Marín, que, aun estando muy centrado y voluntarioso, no ha conseguido el éxito que buscaba. Tiene buen corte el torero jerezano-extremeño, y en momentos alcanza cotas de importante estética, a partir del templado manejo de las telas, pero… ¿no habría manera de enfadarlo un poco, para que sus trasteos no parezcan tan a menudo un castigo inevitable?

En fin, una tarde plúmbea en la que los toros han hecho todo lo posible porque lo fuera…