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Las verdades del Barquero

La primavera peligrosa
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La primavera peligrosa

Casi al calco de un feliz título de la literatura taurina -“The dangerous Summer” de Ernest Hemingway, el “peligroso verano” de 1959 vertido al español como “El verano sangriento”- procede hablar de una sangrienta primavera. Dos semanas de mayo y otras dos de junio sembradas de partes de toreros heridos. En el otro platillo de la balanza, una temporada reñida y embalada antes de lo habitual

viernes 12 de julio de 2019, 16:00h

De las cinco corridas fuera de abono jugadas en las Ventas en junio, tres lo fueron en la feria tardía de San Isidro. Tan a última hora que parecieron su colofón y en cierto sentido lo fueron: la mal llamada mixta de la Beneficencia, la de la Cultura y la clásica de la Prensa. Todo eso pasó los días 12, 15 y 16 de junio. No hace tanto. Y pasaron, además, unas cuantas cosas.

Las dos corridas del 15 y el 16, la única de Victoriano del Río jugada en la feria de este año y la del estreno en San Isidro del hierro de Santiago Domecq, fueron las mejor puntuadas de la feria dentro de la matriz Domecq. En una y otra saltaron dos toros extraordinarios. Los dos cerraron corrida.

El de Victoriano del Río, quinto de sorteo, por imperativo legal: Paco Ureña estaba siendo atendido en la enfermería de una posible fractura de costilla y, a la espera de acontecimientos, se corrió turno de salida. Las hechuras y la expresión del toro -la vieja idea del “este no puede fallar”, y no falló- merecieron la espera y su estrategia.

El de Santiago Domecq, bravura en grado infinito de bondad, hizo las veces de broche de oro de la feria. Solo que cambió de destinatario poco después de las ocho de la tarde. El tercero de corrida, que completaba lote y el único de remate discutible del envío, hirió a Pablo Aguado en la reunión con la espada.

Sin revestir especial gravedad pero tan fea como todas las cobradas en la ciega suerte suprema, la cornada precisó de cirugía inmediata bajo anestesia total. Mientras Pablo Aguado empezaba a recuperar el ser, El Fandi andaba a su antojo y albedrío con el toro broche, que fue de los de llevarse a casa o al campo. Envuelto en papel de celofán y para echar la tarde. El toro que, literalmente, se le fue a Pablo Aguado en Madrid.

En el diluvio de premios que, jurados anónimos o no, y hasta repetidos, rejuzgan San Isidro desde la barrera de la memoria o a capricho, tanto la corrida de Victoriano del Río como la de Santiago Domecq pasaron las cribas de turno hasta la hora de los veredictos. Sus dos toros ejemplares, también. La corrida de Adolfo Martín ha copado casi en pleno los galardones para el conjunto de seis toros con su promedio.

Las hechuras y la expresión del segundo toro de Victoriano del Río para Ureña -la vieja idea del “este no puede fallar”, y no falló- merecieron la espera y su estrategia

El toro campeón fue uno de Juan Pedro Domecq de inmaculada bravura que puso, además, a circular a un torero como David de Miranda que no es que viniera tapado a San Isidro, sino que vino de incógnito. Y a revienta calderas porque la corrida era de Juan Pedro, sí, pero era el único tren que le pasaba por delante en primavera, y quién sabe si el penúltimo. O el antepenúltimo.

La corrida de Santiago Domecq le ha disputado sin éxito a la de José Escolar el severo galardón del hermético club de Los de José y Juan, donde se filtran los toros al trasluz de la antigua bravura indómita, anclada en la suerte de varas sin peto protector y en una ecuación irrenunciable: bravura equivale a peligro. O lo que es lo mismo: sin peligro, no hay bravura que valga.

En los premios convencionales, las calidades de los tres toros de la segunda mitad de la corrida de Adolfo Martín habrán resultado determinantes. Y eso que el saldo del festejo, heridos de gravedad Manuel Escribano y Román, podría invitar a ponderaciones, barreras y cálculos sentimentales.

La gran virtud de los tres toros clave de Adolfo fue su rica y compleja diversidad. Tres toros distintos, pero de fidelidad reconocible al patrón de Albaserrada hallado, fijado, abierto, recobrado y refrescado por Victorino padre en su día. La presencia y la prestación de Roca Rey con el bravo sexto revistieron la corrida de Adolfo de aura muy particular. La balanza se inclinó del lado del gesto de Roca Rey, el único argumento de verdad sostenible del famoso bombo. Las penas y tristezas de los dos toreros heridos solo se dejaron sentir al cabo de los días, cuando hizo su aparición la noticia de convalecencias más largas de lo imaginado, sobre todo en el caso de Román -“¿Doctor, me voy a morir…?-, y empezó a correr entonces la pólvora de las sustituciones.

Un final de mayo y una mitad y pico de junio muy accidentados. En el mano a mano de Cáceres con Juan Mora, Emilio de Justo, atropellado por solo el segundo de corrida, sufrió una fractura de clavícula. En su obligada gira de retorno a las raíces, a las ferias solsticiales de Chota y Cutervo en el Perú patrio, Roca Rey se resintió de una vieja lesión ya crónica en el hombro. Aguado tuvo que cancelar tres fechas golosas. En Granada, en Alicante, en Badajoz, en Soria, en Burgos y hasta en Teruel, hubo que recomponer carteles cerrados antes del rosario de percances.

Con el abono de San Fermín a punto de ponerse a la venta, tocó sustituir a Román en una corrida, la del 13 de julio, reservada este año en exclusiva para toreros jóvenes. El derecho de los menores de edad a franquear barreras y romper tapones aunque el relevo siga lastrado. Confirmada la presencia de Emilio de Justo y Manuel Escribano en las dos primeras corridas de San Fermín, se daba por seguro que Roca Rey y Pablo Aguado iban a cumplir en Pamplona con su papel estelar.

En los peligrosos veranos de leyenda, en el sangriento mes de agosto, las sustituciones fueron en épocas puede que pretéritas el pan nuestro de cada día. Pero en las ferias felices de junio no se había dado nunca un caso ni parecido. Ferias taurinas de larga tradición como Algeciras o Badajoz han ido perdiendo en categoría y número de festejos lo que han ido ganando en dimensiones y alcance las de Burgos y Soria. El peso de la tradición taurina de Alicante es harina de otro costal.

Fotos: JAVIER ARROYO