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La Revolera

Julián López Escobar
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(Foto: Javier Arroyo)

Julián López Escobar

jueves 11 de julio de 2019, 22:23h

Pamplona ha sido hoy un monumento al temple y al magisterio. Eso sí, con una buena corrida de Victoriano del Río con algunos defectos que los toreros han sabido convertir en virtudes. El quinto ha entrado en razón con los seis primeros muletazos de El Juli que han sido en sí mismos un curso completo de tauromaquia. El de Velilla de San Antonio se ha mostrado hoy como ese torero que no puede resistir irse de vacío de un cartel de lujo y en una plaza de postín como el marco de los “sanfermines”. Ni un enganchón, ni un paso en falso, con pleno dominio de la escena, hoy El Juli ha vuelto a ser Don Julián, catedrático de tauromaquia por la gracia de Dios y de su cabeza privilegiada. Y he puesto en el titular el apellido materno también, porque algo habrá tenido que ver su señora madre en que viniera al mundo un torero tan grande.

Ferrera ha estado en maestro y en determinados momentos con sus ribetes de arte, y si no ha redondeado su tarde la culpa ha sido de los aceros, pero lo de Julián ha sido otra cosa hasta tal punto que en determinado momento me asaltó la idea de que cuando terminara su magistral trasteo se iba a quitar la castañeta despidiéndose del público de Pamplona en representación de todo el de España, Francia y la América taurina. Que así de completo, sabio, entregado y torero ha estado El Juli. Si le da la gana puede hacerlo mañana mismo porque, ¿se puede llegar más alto en la profesión de lidiar toros bravos, que está El Juli ahora mismo? Julián, esta tarde ha saboreado con deleite su propio magisterio, y esa sensación solo la pueden disfrutar los verdaderamente grandes.

Aguado continúa, también con el toro de Pamplona, siendo el torero que ha ilusionado a los buenos aficionados. Colocación, temple, buen gusto, armonía y belleza estética son las armas del sevillano. Ni una sola vez le ha tocado la muleta un pitón en ninguno de sus dos toros. La corrida de Victoriano del Río ha tenido fondo pero necesitaba de dos maestros y un artífice del temple para sacarle todo lo que tenía dentro. Con la tizona de Martín Agüero, hoy los tres toreros habrían abandonado la plaza en hombros. ¡Buena tarde, vive Dios!