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LAS VERDADES DEL BARQUERO

Una tromba
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Una tromba

Un implacable diluvio de casi diez horas forzó por primera vez en veinte años la suspensión de una corrida de sanfermines. En este caso, la siempre esperada de Cebada Gago. El ruedo de la plaza de toros de Pamplona aguantó como si nada. La brigada de operarios de la Casa de Misericordia hizo milagros. Al día siguiente, la arena era una alfombra

viernes 19 de julio de 2019, 15:56h

La tromba de agua del 8 de julio que devastó Tafalla dejó en la cuenca y la comarca de Pamplona tan solo un mal menor. Menor, pero no pequeño: a las siete y cinco de la tarde se anunció la suspensión de la corrida de Cebada Gago. Por fuerza mayor. Llevaba sin suspenderse una corrida en sanfermines veinte años. No es que no hubiera llovido. Llover, sí, pero no tanto.

Las corridas con tormenta, truenos, rayos, centellas y relámpagos son leyenda de la Feria del Toro. Una de Miura con Antonio José Galán tirándose a matar sin muleta al sexto toro, y haciéndolo rodar casi de inmediato, cuenta todavía como epopeya suprema. Inolvidable. Pasó hace casi medio siglo, pero aquel rapto de temeridad ha cumplido con la ley de las leyendas y ha sobrevivido como los romances de tradición oral.

Los meteorólogos tienen a Pamplona por un acertijo. Había amanecido una mañana primaveral -radiante Pamplona, luminosa- pero, tres horas antes del paseo del día 8, caía a cielos cerrados muy recia la lluvia. Se calculaba que, sin dejar de llover mansito, a partir de las siete de la tarde amainaría el temporal. ¡Y adelante!

La diligencia y la disciplina de los operarios de la Casa de Misericordia son proverbiales. Tanto las maniobras a la vista de todos como las que se sustraen al concurso público. Un ejemplo: la novillada nocturna del 5 de julio se celebra con la pista en perfecto estado. Para la corrida de rejones del día 6, atendiendo la petición de los caballeros, el ruedo se enarena debida y sobradamente para evitar lesiones o resbalones de los caballos. Tan pronto como terminan los rejones, los mismos operarios se encargan de retirar en carretillas el gran manto de arena que se guardará en sacos de almacén hasta el año que viene. Y el día 7 de julio, en fin, el ruedo está como una patena. Ni la última carrera del encierro ni la batalla matinal de las vaquillas dejan huella. Ni un hoyo.

La fe de la brigada de areneros en mitad del aguacero fue admirable. Dos rodillos gigantes de esponja blanca no pararon de achicar agua hacia los aliviaderos de tablas que vierten a un desagüe. Con rastrillos de metal se fueron vaciando pacientemente las zonas encharcadas. Como el ruedo de Pamplona describe una suave pendiente, la tarea se hizo más llevadera y efectiva de lo previsto. En el patio, una reserva de sacos de serrín.

Los caballos de pica se agarrarían al piso. Las dos monturas de los alguaciles, este año algo rebeldes -uno de los dos alguaciles fue desmontado y derribado en el preámbulo de la novillada-, tendrían que emplearse al paso y no a galope tendido. Los galopes desatados de los alguaciles y sus circenses maniobras de rizo son una de las tantas señas de identidad de los sanfermines. La lluvia había calado tanto los penachos blancos del uniforme que los dejó inservibles. Solo dos días después, la tarde de Jandilla, lucían los dos alguaciles tupidos penachos nuevos de pluma de ganso. El temporal duró hasta la madrugada del 9 de julio. A la hora de los toros -la corrida de Escolar, que no paró de moverse ni de culebrear-, el ruedo estaba en perfecto estado de revista. Con sus rayas de picar pintadas de grana calimoche, como las de la Maestranza de Sevilla.

Jarreara o no, los tres espadas de la corrida suspendida estaban por torear. Manuel Escribano y Rubén Pinar habían corrido el encierro matinal. Juan del Álamo, no. Las peñas de sol entonaron a coro el “¡Sí se puede, sí se puede…!”. No se pudo. Se impuso el sentido común. Volvieron a casa los tres espadas, su cohorte y los siete mil valientes de las localidades cubiertas. ¡Ni una gotera!

En Pamplona se ha gastado con los toros de Cebada Gago un cariñoso apelativo: los “cebaítas”. Porque, cuando ganaron fama a mediados de los 80, eran de menor calibre que cualquiera de los de ganaderías al uso

En la cola de la devolución de entradas se preguntaba por el destino de los seis toros de Cebada. Antes o después se desvelará el misterio. Por primera vez los cebadas venían repartidos en dos lotes de los dos hierros de la casa: el primitivo de Cristina de la Maza que compró en 1960 don José Cebada Gago -el de los toros agresivos y astifinos, muy astifinos- y, creado en 1957, el de los Herederos de don Salvador García Cebada, sobrino de don José, integrado en la Asociación de Ganaderos y no en la Unión de Criadores. Teóricamente, encastes idénticos. Meras particiones. El sobrero de los de Cebada Gago pesó en el desembarco en la Rochapea 605 kilos.

En Pamplona se ha gastado con los toros de Cebada Gago un cariñoso apelativo: los “cebaítas”. Porque, cuando ganaron fama a mediados de los 80, eran de menor calibre que cualquiera de los de ganaderías al uso entonces: los villamartas de Guardiola, los espléndidos gigantes de los Cuadri, las cabezas de camada de Torrestrella, el cuajo fantástico de los toros del Marqués o los miuras de 700 kilos de pura fibra. Guarecido bajo su inseparable sombrero de paja, el difunto don Salvador pasó a ser reconocido familiarmente como Sebaíta. Ojito derecho del Club Taurino, donde predicaba a diario. Se pasaba en Pamplona la semana de San Fermín entera. De tertulia en tertulia, mañana, tarde y noche, y sin cansarse. La casta.

Tres golosos jandillas

Cumplida la primera mitad de octava, el toro de mayor envergadura y más drástico porte seguía siendo el que abrió la fiesta. Un Joyito del Puerto de San Lorenzo, negro zaino, 610 kilos. Inmenso. Tardo, incierto y reservón, plantado en los medios, un saco de problemas. Emilio de Justo, primero en salir a escena de los veintitrés toreros anunciados en sanfermines, dio con ese toro la talla: seriedad, rigor, calma, firmeza. Lo tumbó de soberbio sopapo. Formidable el arreón del toro al sentir el acero. Por si a la gente le había pillado fría el mérito de una faena tan cabal.

No importó la desatención inevitable de la merienda del cuarto toro, que es liturgia en Pamplona. Con un segundo de lote, del hierro de La Ventana y no del propio Puerto, de sangre Jandilla predominante, bastante feo, repitió Emilio afán y, con toro más propicio, redondeó una de las dos faenas más hermosas de la semana. La estocada, cobrada a volapié académico, de ejecución excelente pero algo trasera, precisó de cinco golpes de verduguillo. Un aviso. No hubo premio. Ni la menor queja de su lote, ni una censura de lo que pasa en Pamplona cuando se merienda. “Sabía a lo que venía”. Y mejor si hubiera rodado el toro sin descabellos, porque, oh, milagro, las peñas de sol habían acabado por meterse en la faena y celebrarla.

Uno muy alzado de Vegahermosa de extraordinaria alegría, y Diego Urdiales, fino a la verónica, lo acabó entendiendo despacito; y dos del hierro de la estrella

De los cuatro veteranos de la primera fase -Urdiales, Castaño, Castella y Robleño- fue Robleño quien tuvo que bailar con la más fea: un primero de Escolar que, fiero de verdad, no paró de medirlo y mirarlo con imponente agresividad latente. El ten con ten se vivió con seca emoción de fondo. Faena de una pieza, impecable entrega. Y, al segundo viaje, una estocada excelente. El otro escolar del lote de Robleño, monumental y boyancón, no fue de repartir caramelos. Pero muy seguro Robleño, ni pestañear, torería.

Javier Castaño cobró la que será seguramente mejor estocada de la semana. Por el hoyo de las agujas, fulminante, reunión perfecta. Valió ella sola una oreja. El quinto escolar fue el más peligroso de los dieciocho vistos hasta la noche del 10. La estocada de Castaño, logro memorable, fue digna de estudio. Salieron dos bravos toros de Escolar de notable empleo. Le devolvieron a Pepe Moral parte de la confianza que parecía haber perdido en primavera.

Tres toros muy golosos de jandillas de los dos hierros de los Borjas Domecq padre e hijo. Uno muy alzado de Vegahermosa de extraordinaria alegría, y Diego Urdiales, fino a la verónica, lo acabó entendiendo despacito; y dos del hierro de la estrella. Para Roca Rey, el más astifino y ofensivo del envío, 515 kilitos de incendiada gasolina. Una faena con los aditamentos habituales: tuétano y carnaza, desparpajo, poder, acople y esa dosis de teatro con que a Roca le gusta en exceso prodigarse. ¡Un minuto para calarse y recalarse la montera! Para Castella, ímprobo trabajo monocorde, el toro, de Jandilla, más pastueño y bondadoso del primer tracto.