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La Pincelada del Director

Deslumbrante Ferrera en Madrid
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(Foto: Javier Arroyo)

Deslumbrante Ferrera en Madrid

Ferrera no se rindió, combatió la monotonía y fue un montón de toreros en uno: el vibrante, el sosegado, el poderoso, el ceremonioso, el ocurrente, el echado adelante, el maestro… Tampoco faltó la improvisación ni la eficacia lidiadora. Llega a matar al mismo nivel y no sé de qué estaríamos hablando

De la Feria de Otoño de este 2019 queda para el recuerdo sobre todas las cosas la tarde de los seis toros de Ferrera, al nivel, lo quieran o no los que nunca quieren nada más allá del negativismo fatuo, yo sé más, yo exijo más, yo, yo, yo, un ombliguismo que llega hasta el despropósito…, decía que la tarde de Ferrera fue al nivel -si quieren que hablemos de las tardes en las que un tío, hay que ser muy tío, se encerró con seis toros en Las Ventas- de aquella de Joselito, o la de Capea con los victorinos, o la de Paquirri, o la de Domínguez, o la de Camino, grandioso Camino, para mí, cuestión de sentimiento personal, la mejor de todas ellas por citar solo las que he podido ver. Ustedes-vosotros echamos esas tardes encima de una mesa de café, nos ponemos a discutir, mejor analizamos durante un invierno entero momento a momento, y todas dan el nivel/nivelazo de gran acontecimiento te guste más un torero u otro, yo adelanto que a mí me gustan todos ellos en su momento, en su palo, al margen de las valoraciones absolutas y excluyentes, que cada cual es cada cual y todas esas tardes son tardes para la historia.

La de Ferrera en su conjunto fue la respuesta exacta, seguramente esa fue una de sus grandes virtudes, a lo que toda la vida hemos dicho que debe ser una corrida de un solo espada. Lo primero es no rendirse en ningún momento por mucho que las cosas no vayan saliendo como esperas o si, como en este caso, te atrancas con la espada y pinchas momentos cruciales uno detrás de otro hasta la misma desesperación; cuestión igualmente clave es combatir la posible monotonía, ejemplos hay, muchos, de buenos toreros que sucumbieron en el mar del aburrimiento, y eso solo tiene un antídoto, la variedad, y en ese territorio fue una exhibición deslumbrante. Ferrera fue un montón de toreros en uno, el vibrante, el sosegado, el poderoso, el ceremonioso, el ocurrente, el echado adelante, el maestro… Sin salirse nunca de los cánones del toreo fue un derroche del mejor repertorio que incluyó el lance hondo y parado, ora a pies juntos, ora con el compás abierto, y muy descargado sobre los riñones cuando tocaba y ágil si así lo requería el momento, la media, la serpentina, la platería mexicana caminada y vistosa que tanto se añora y tanto se reivindica cuando no se ve.

Tampoco faltó la improvisación ni mucho menos la eficacia lidiadora, ordenó, dirigió, colocó a los toros con precisión… Todo tenía un hilo conductor, todo parecía seguir un guion perfectamente estructurado. Hasta hubo un guiño al mítico Félix Rodríguez en aquel farol de rodillas para sacar un toro del caballo cuando la corrida enfilaba el tramo final y a cualquiera le hubiese comenzado a faltar el fuelle y el ánimo. Y para que no hubiesen dudas se fue a la puerta de chiqueros en el último y le puso a ese mismo un par al quiebro que desbordó todos los entusiasmos y puso la plaza como si hubiese pasado un huracán. Bramaban las palmas, se asfixiaban los descontentos que nunca dan por perdidas sus guerras… Y otro tanto podría decir de sus faenas de muleta, con las que mantuvo la misma postura, a cada toro lo suyo, con todos lo intentó y pudo torear en muchos momentos muy despacio, muy reunido, muy largo… Fue una tarde grande rematada con una apoteósica puerta grande. Llega a matar al mismo nivel y no sé de qué estaríamos hablando.

Zaragoza es otro plato fuerte fortísimo, por la plaza mismamente, por el toro que sale, por la exigencia de los aficionados y por el calendario especialmente. A estas alturas del año los cuerpos de los toreros comienzan a notar los kilómetros de la temporada, los emocionales y los reales

Ahora que ha acabado la de Otoño comienza la del Pilar, palabras mayores en ambos casos, de esas ferias salieron lanzados toreros de leyenda y quedaron faenas para el recuerdo, las de Urdiales el último año en Las Ventas que le pusieron en el sitio por el que tanto había suspirado es un ejemplo total; y si nos referimos a Zaragoza, otros momentos de los que no se olvidan si tenemos que rebuscar en el tiempo fueron los de Joselito aquella tarde de los seis toros en la que entraba y salía de la enfermería como algo natural cuando la realidad era acongojante -¡paren la corrida que ahora vuelvo!- y volvía para seguir haciendo el toreo según Joselito, que para muchos era como el evangelio, y podríamos seguir rebuscando en la memoria y no es que tiempos pasados sean mejores, es que cosas así solo pueden pasar de tiempo en tiempo. Pero más allá de los triunfos individuales, son dos platos fuertes fortísimos, Las Ventas y la Misericordia, por las plazas mismamente, por el toro que sale, fuerte y con edad, por la exigencia de los aficionados y por el calendario especialmente. A estas alturas del año los cuerpos de los toreros por mucho que no se toree lo que se toreaba comienzan a notar los kilómetros de la temporada, los emocionales y los reales, se avista el descanso que nunca acaba de llegar, a algunos privilegiados ya le tintinea el dinero próximo de las Américas ahora que tanto se echa a faltar el parné por estos lares, afloran los golpes que han acumulado y disimulado hasta que el cuerpo ha comenzado a pedir una tregua… Por todo ello se necesita de una fortaleza física y mental solo al alcance de muy pocos para afrontar tales retos. Unos se anuncian por necesidad, porque infortunadamente el desgaste del año no va con ellos y estas ferias son un lujo y una esperanza, otros se comprometen por responsabilidad, porque los cargos comportan obligaciones y las asumen.

Del último, recientísimo Otoño, queda, no sería justo olvidarlo, la tarde de Rufo con los fuenteymbro, que insufla esperanza al escalafón novilleril tan desnutrido, en realidad tan desatendido y tan imprescindible. De la corrida del viernes quedará en el imaginario popular por encima de todo que fue la última tarde de El Cid en Las Ventas, plaza que le rescató, le encumbró, le mantuvo y le ha despedido con un cariño inusitado en España, pancartas de bienvenida y reiteradas salidas al tercio. En tales circunstancias no cabe más que alegrarse, la despedida fue una procesión de cariño que pudo interpretarse como excesiva pero en tales circunstancias qué quieren que les diga, prefiero la miel al vinagre. Sin querer entrar en comparaciones porque uno tiene sus debilidades de por vida, a mí me vino a la mente aquella despedida de Antoñete de 1985, cuando Chopera le organizó -en realidad desorganizó- un descalzaperros ganadero, y, al acabar, Recio, Montoliu y Periquito izaron al maestro y se lo llevaron en volandas escoltados por Madrid entero. Aquella sí fue incontestable.

El resto de la tarde no tuvo excesiva historia. La corrida de Gallardo tuvo que pelear con unas plazas montadas inmisericordes y contra el listón alto altísimo que la misma divisa ha establecido. No hay que obviar, aunque no hubo triunfo, el buen momento de Emilio de Justo, que sigue pisando el sitio de la verdad con la mayor naturalidad. En el cierre con los de Adolfo, difíciles, alguno imposible, el arte de Curro, el cuajo de López-Chaves y los arrestos de Escribano. No se les pudo pedir más.