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La pincelada del director

La libertad de Gonzalo o qué tendrá el toreo
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(Foto: Plaza 1)

La libertad de Gonzalo o qué tendrá el toreo

La frecuencia con la que Gonzalo pasa por la enfermería sobrecoge. La entereza con la que vuelve a torear -estoy convencido de que volverá, lo ha hecho muchas veces- sobrecoge. Vaya peaje el suyo. Vaya empeño el suyo. Qué lejos está en ocasiones la gloria. Qué difícil se hace entender estas situaciones

Al atardecer del sábado la noticia era Caballero. A Gonzalo le ha vuelto a coger el toro. En Madrid. Otra vez. Estas cuestiones por mucho que se repitan siguen siendo noticia. Los testimonios gráficos sobrecogen el ánimo de cualquiera que tenga sentimientos. La frecuencia con la que Gonzalo pasa por la enfermería sobrecoge. La entereza con la que vuelve a torear -estoy convencido de que volverá, lo ha hecho muchas veces- sobrecoge. Vaya peaje el suyo. Vaya empeño el suyo. Qué lejos está en ocasiones la gloria. Qué difícil se hace entender estas situaciones. Que Gonzalo no ceje solo tiene una explicación, el atractivo íntimo del toreo, la magia, por citar lo inexplicable, sentimientos inescrutables, esa especie de fuerza interior que te hace prisionero y no te deja, unas veces para mimarte, otras para zarandearte. Situaciones así abren el debate y un espacio para la contradicción del que no es fácil salir. ¿Hay que decirle a un torero que no arriesgue o tenemos que mantenernos en la exigencia?... ¿Valoramos el arrojo… condenamos la maestría que parece hacerlo todo más fácil… aceptamos que el toreo es arte de alto riesgo… nos olvidamos de aquello de que aquí se muere -toquemos madera- de verdad?... Es un difícil equilibrio supongo. Todo dependerá de que le preguntemos al amigo o al aficionado, lo hagamos desde el posibilismo del teórico o desde la dura realidad. Ese es el filo mágico por el que transita el toreo. Nadie quiere que pase pero pasa y hay que aceptarlo. No creo que a Gonzalo a estas alturas de su carrera le frene ningún consejo, ni siquiera que tengamos derecho a dárselo salvo que lo pida, ni que nadie le vaya a cambiar. Él sabe como nadie de la cara más amarga de los toros pero ha decidido insistir, quiere darle la vuelta a ese sino que le ha tocado vivir hasta ahora y buscar el disfrute de la cara más dulce que le parece vedada. Está en su derecho a intentarlo. Ese es su derecho, esa es su libertad.