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Ser un hombre
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(Foto: J.V.)

Ser un hombre

Después de la bestial cogida sufrida en Zaragoza por Mariano de la Viña, se sucedieron horas de una humanidad en grado superlativo. La humanidad sensible del hombre en su estado más puro

Lo bueno de los momentos malos es que aprendes cosas que jamás enseñan los momentos buenos. Uno trata de no ir de vuelta y de buscar cosas que alteren sus ideas, y resulta que las encuentra en ese lodo asfixiante que es el mal momento. Después de la bestial cogida sufrida en Zaragoza por Mariano de la Viña, se sucedieron horas de una humanidad en grado superlativo. La humanidad sensible del hombre en su estado más puro.

El estado más puro que nace de lo bestial, del golpe de la bestia que es el toro contra el hombre inerte. El pánico que generó en los más valientes, los toreros que estaban en el ruedo, no pudo alterar una brizna el orden, el temple, el hacer las cosas, el continuar. El respeto al toreo y al público. Con un hombre que se creía muerto en la enfermería, el pánico y el dolor fueron domados sin espuela, sin gestos, con la dignidad de los hombres de bien.

Unos, como Ponce, masticando las lágrimas sin exteriorizarlas apenas. El Juli, que jamás quitó la mirada atenta a la corrida, al propio Ponce, al que consoló cuando el de Chiva descabelló al sexto que había herido a Perera. El extremeño tuvo un gesto que es el mejor de los editoriales que se puedan escribir. En la arena había dejado un reguero de sangre el torero herido y, dejando el capote entre barrera, mientras seguía la lidia, pidió un rastrillo a los areneros.

Ahí se afanó para que la sangre se confundiera con esa especie de albero duro que habían de pisar firme aún los toreros. Y al rescate llegó el banderillero Luis Cebadera, con un capazo lleno de arena para crear una especie de manto humilde y digno, y silencioso y honorable. Arena. La mejor de las flores en el mejor cuidado homenaje, como para que nadie mancillara eso que regaba el suelo.

Pasamos por esa puerta de la enfermería de Zaragoza a los Sánchez, Iglesias, Torra, Rivera, a los jueces, a los políticos, a esas juventudes de odio y fuego… y entenderían por primera vez y de forma profunda qué es ser un torero, qué es ser un ser humano y qué es ser un hombre en este país llamado España

Todos masticaron la imagen sangrienta de su compañero, los mensajes en forma de gestos y escasas palabras que llegaban de la enfermería y hasta la desolación que consiste en que un algo íntimo les decía que no lo había contado. Y la sensación de desastre cuando hubo de entrar Perera, también herido. Y aguardar su turno en una camilla.

No hubo brindis a nadie, nadie se despidió, y, terminando aquello, El Juli tiró hacia la puerta de la enfermería y hacia allí fueron todos. Y allí fuimos todos. No por cuestión de trabajo, no se crean. Nosotros los periodistas no operamos ni nada de esas cosas que se necesitan en esos momentos. La noticia nos excedía en el sentido de que las noticias eran las que pudiera dar el médico, que no las podía dar.

Pero allí estaban los dedos huérfanos, las miradas serias, el temple en la voz. Ponce, sin chaquetilla, cabizbajo. Incluso allí, a las puertas de un infierno, reinaba la jerarquía del respeto, había un aire de dignidad de hombres que no se ve en parte alguna. Los mensajes de los que salían del quirófano los daban con la mirada, sin voz. Se fueron los toreros para regresar de paisano, con su tabaco en la mano y sus ojos huéspedes. Hasta que se abrió esa luz lejana que es la de la esperanza.

No sé si alguien llegó a sonreír, pero al fin se nos concedió la libertad de soltar el miedo: menos mal que ha sido aquí. En otro lado… En este lado, en otro, en cualquiera, el toreo tiene cosas que hacen del ser humano un ser genial. Inigualable. Puedo asegurar sin lugar a error que España y sus gentes habrían de pasar por esa puerta de esa enfermería. Para dar fe de lo que es un ser humano. De lo que es la amistad, la fe, la solidaridad, el saber estar, el dar fuerza, el ser compañero, ser solidario, ser sensible, ser talentoso, ser generoso… ser un ser humano.

Pasamos por esa puerta de esa enfermería a los Sánchez, Iglesias, Torra, Rivera, a los jueces, a los políticos, a esas juventudes de odio y fuego… y entenderían por primera vez y de forma profunda qué es ser un torero, qué es ser un ser humano y qué es ser un hombre en este país llamado España.