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PORTUGAL

Veiga Teixeira, seña de identidad de Portugal

Veiga Teixeira, seña de identidad de Portugal
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(Foto: Joao Silva)

Fotos: JOAO SILVA

Los alrededores de Montemor o Novo son un paraíso ganadero en Portugal. En esta señorial villa que guarda tanta monumentalidad en su casco histórico y ubicada en la llamada A-6, la autovía que une Lisboa con Badajoz, situándose a mitad de camino entre ambas ciudades, destaca un inmenso castillo levantado en su parte más alta, visible desde bastantes kilómetros, mientras van quedando atrás inmensos montes de alcornoque y encina. Es el Alentejo central, una extensa zona de ricos montes, de marcada riqueza agrícola y ganadera, donde pastan un buen número de divisas bravas. Es tierra de toros y ese ambiente es fácil disfrutarlo en toda la zona, con gente que va o viene de las explotaciones a bordo de los pick-up, el vehículo que los portugueses continúan llamando carrinhas, al igual que en los interiores de las fincas se observa el trasiego de tractores, de caballos y de toros. De ese toro que en Portugal es una seña de identidad y está presente en toda esta zona donde proliferan fotos de toreros en numerosos establecimientos. Desde las actuales figuras españolas -José Tomás y Morante más que ningún otro-, o a algunas en blanco y negro con Manolo dos Santos, el gran maestro portugués; sin olvidar a la leyenda de Mario Coelho, a Amadeo dos Anjos, a Ricardo Chibanga, tan querido y fallecido hace poco tiempo. O ya en color de otras más recientes de Rui Bento, siempre un señor, que hoy triunfa en la faceta de empresario y lo ha hecho también de apoderado; o Pedrito de Portugal, que fue la máxima ilusión y cada vez que lo anunciaban cientos de paisanos suyos no se perdían el acontecimiento. Y por encima de todos, Víctor Mendes, la última gran figura portuguesa y que durante tantos años estuvo presente en las ferias al integrar aquel inolvidable cartel de banderilleros con Esplá y El Soro -en muchas ocasiones también Morenito de Maracay- que causó furor y hasta llegaron a denominarlo el salvaferias. De todos cuelgan fotos en bares o restaurantes de este amplio contorno del Alentejo.

Dentro del extenso término de Montemor o Novo se encuentran numerosas fincas ganaderas, entre ellas Pedrogao y Herdade do Meio, propiedad de la familia Veiga Teixeira, donde crían sus toros desde hace más de un siglo y han conseguido ser una referencia; al lado también está la de Pinto Barreiros. Pero escribir de Vega Teixeira inevitablemente es hacerlo también de la leyenda de los Simao da Veiga, los grandiosos rejoneadores portugueses que tanto contribuyeron al realce del arte de Marialva y que tuvo en el viejo Simao da Veiga, coetáneo de Antonio Cañero, el primer eslabón. Aquel Simao da Veiga, bisabuelo del actual propietario, Antonio Francisco da Veiga Teixeira, tuvo otro hijo que también fue un destacadísimo rejoneador y se anunció con el mismo nombre. Ese nuevo Simao da Veiga, que compartió muchos carteles con Álvaro Domecq, fue uno de los mejores toreros a caballo de la historia y, como los grandes guerreros, murió con las botas puestas al encontrarse indispuesto tras sufrir en 1959 un ataque cardiaco mientras toreaba en la plaza de Calda da Rainha, ocasionándole el fallecimiento horas más tarde. De ambos, padre e hijo, para comprobar su grandeza basta decir que jamás utilizaron el barboquejo para sujetar el tricornio sobre su cabeza, siendo esa una señal de su maestría, porque si alguna vez quedó destocado, para ellos era un inmenso fracaso al delatar que algo se había hecho mal durante la lidia.

Toros y caballos han constituido el particular yugo que ha marcado a esta familia que comenzó su andadura en 1886, inicialmente con ganado de media casta, manteniéndose medio siglo en esa situación. No fue hasta la llegada de los años 30 del pasado siglo, cuando Antonio Branco Teixeira, abuelo del actual propietario, decide dar un salto adelante al cerrar un trato para comprar de vacas y sementales de sangre Gamero Cívico, a través de Pinto Barreiros y Oliveira Irmaos, manteniendo el mismo origen hasta nuestros días. Y siempre presente, al igual que en tantas divisas de esa nación hermana, la sangre de Pinto Barreiros, que es otro símbolo portugués, como puede ser la Torre de Belém, los forçados o los fados.

Asentados en la ganadería, con buen resultado, marcada plenamente la línea a seguir y con los ojos puestos en lidiar en España, un buen día decidieron adquirir un hierro de la Unión de Criadores de Toros de Lidia, aquí ya en manos de Antonio José da Veiga Teixeira, hijo de Antonio Branco Teixeira y padre del actual propietario, que de mozo destacó como forçado en el grupo de Coruche y compraron la divisa de García Fialho, con el singular hierro de la espuela, que había pertenecido al Duque de Tovar. Con ella vive momentos de plenitud y debuta en España, donde ve alcanzado un nuevo logro, además de regresar cada temporada un buen número de tardes. Pero como nada ha sido fácil y en el mundo ganadero los tropezones llegan cuando menos se esperan y, por si fuera poco, nunca han estado al margen de circunstancias sociales, esta divisa, al igual que la mayoría de Portugal, vive un inmenso e inesperado bache en 1974. Es con la llegada de La Revolución de los Claveles y la incertidumbre de los primeros años, “la Revolución de Los Claveles nos frenó en un gran momento, cuando gozábamos de mucho cartel y ya varios toreros de postín se anunciaban con nuestros toros en las plazas españolas. Aquello fue un mazazo y tardamos años en remontar, prácticamente hasta la década de los 80, donde de nuevo volvimos a recuperar el cartel anterior”, señala Antonio Francisco da Veiga Teixeira.

Es en 2007 se abre un nuevo capítulo en su larga historia con más páginas en blanco por escribir. Se produce el fallecimiento de Antonio José da Veiga Teixeira y su hijo Antonio Francisco se hace cargo de las riendas al ver cristalizada su ilusión de ser ganadero de bravo, “a mi padre le tengo que agradecer todo, estuve desde niño a su lado y de él aprendí todas las lecciones del campo, siempre con máximo interés, porque fui muy aficionado desde mi infancia, aunque como ganadero soy más torista y exigente con el toro que él”, explica el ganadero. Sin embargo, a los pocos años llegaría otro gravísimo problema que cerró las fronteras de España al toro portugués con nefastas consecuencias económicas, como fue la enfermedad de la Lengua Azul: “Fue una pena, prácticamente la camada entera se lidiaba en España y lográbamos muchos éxitos, rara era la corrida en la que no era obligado a saludar el mayoral o a dar la vuelta al ruedo. Por las medidas impuestas nos vimos privados de nuestro mercado. Todo ello tuvo el agravante de que cuando por fin las autoridades sanitarias permitieron cruzar la frontera fue cuando saltó la brutal crisis económica que trajo tanta reducción de festejos, por lo que no nos quedó más remedio que lidiar en Portugal, desde donde esperamos tiempos mejores”.

Ahora, mientras los campos de Pedrogao se riegan con estas aguas otoñales que caen de los cielos y son oro para el mundo agrícola y ganadero, allí espera la camada del año que viene, con cerca de las 125 cabezas madres que forman ahora la vacada tras las reducciones llevadas a cabo. “Lidiaré unas ocho corridas de toros y en principio serán aquí en Portugal, aunque también hay alguna posibilidad de regresar a España, porque ha habido contactos con diferentes empresas. Pero de volver será en la condiciones económicas acordes y cuadrando los precios; si me salen los números desde luego que volveré, pero jamás a cualquier precio, eso es lo que más claro tengo”. También dentro de poco comenzarán las labores invernales de tentaderos, que se realizan en la coqueta plaza existente en la finca, “aquí no hay ahora un torero de casa, si no que está abierta a todos y especialmente a quienes matan las corridas; el año pasado vinieron a tentar Antonio Ferrera, Rafaelillo, Javier Conde…”, señala el criador. En la finca está muy presente la leyenda de toros que han dejado huella, “jamás olvido a Cañamero, a Pandita, a Zalgueiro…, que fueron extraordinarios y marcaron las reatas. Se da el caso de que al ser lidiados en Portugal y no matarlos, después de dar tan buen juego volvieron al finca a padrear”, indica al ganadero marcando señorío y en un exquisito español.

Al abandonar la finca y mientras el turreo de los vegateixeiras rompen los silencios del Alentejo, tras dejar el camino en medio de un campo de alcornoques y encinas, antes de tomar la A-6, en el horizonte sobresale la silueta del castillo de Montemor o Novo, asentado sobre una cima que es otra señal de esta tierra de toros bravos situada en el corazón de Portugal.