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La pincelada del director

Apreturas de invierno
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(Foto: Andrea Acosta)

Apreturas de invierno

Duele Quito, cerrado víctima de una jugarreta política y una pregunta malvada que equivocó a la ciudadanía; e ilusiona Latacunga como santuario de la resistencia e ilusión de una posible reconquista hasta que un buen día el otrora gran Quito recupere sus glorias pasadas

Llegado este tiempo el toreo se retira hacia los cuarteles de invierno. En su caso es una mezcla de tranquilidad, promesas de enmienda, nostalgia y también una luz lejana que no es otra cosa que la esperanza que asoma ya por la temporada 2020. Es el momento en que se saca el cedazo de la memoria, se eliminan los malos recuerdos y se disfruta con los buenos. Se trata de la memoria selectiva de la que hablan los sicólogos. Los aficionados, también los toreros y ya no digo los ganaderos, somos muy dados a ello porque si no de qué, cómo hubiésemos llegado hasta aquí después de tanto sinsabor. Es cuando los protagonistas toman posiciones, no digo que se sacan cuentas porque a estas alturas el que más y el que menos ya sabe por donde aprieta el morito de la economía y le caen lágrimas como puños. Se buscan elementos correctores, se alcanzan ¡qué remedio! los poco creíbles acuerdos mutuos con los consabidos ¡y vaya usted con Dios! que se susurran con media sonrisa porque quién sabe si se volverán a encontrar y se recurre seguidamente al apretón de manos por tiempo indefinido o hasta que las cuentas nos separen.

Es momento en que se alcanzan ¡qué remedio! los poco creíbles acuerdos mutuos y el vaya usted con Dios se susurra con media sonrisa porque quién sabe si se volverán a encontrar, eso antes de escenificar un apretón de manos por tiempo indefinido o hasta que las cuentas nos separen

Los aficionados no andan muy lejos de esas posturas y se aprestan a afrontar la temporada próxima. Borrón y cuenta nueva para la mayoría de ellos que han vuelto a ilusionarse o estarán a punto de ello y aunque no sé si es bueno tanta generosidad sí que se hace imprescindible para seguir; lista de ofensas pasadas y críticas afiladas en el resto del universo taurino, una minoría parlante y activa, diría que necesaria, con sus tópicos de buenos y malos incluidos, que tampoco está claro que sea lo que más conviene en estos momentos en los que aparecemos, unos y otros, como señuelos para objetivos ajenos de una clase política que va a su bola, capaz un día de tocar jotas y al siguiente peteneras, como ya dijo el poeta. En cualquier caso es lo que hay, y lo que hubo siempre, aunque en estos momentos, como suelo decir, nos tengan acorralados y nuestra única esperanza sea la aparición de un Mesías o la rebelión de los aficionados y profesionales. Ninguna de las dos opciones es cosa fácil ni programable: los mesías surgen por generación espontánea y las rebeliones cuando ya no hay quien aguante. Toca esperar pues, qué remedio, al milagro.

Ese es el dibujo del invierno que mira a América, cuyo protagonismo taurino va y viene al compás de las sacudidas políticas de las que no se libran allende los mares. Duele Quito, cerrado víctima de una jugarreta política y una pregunta malvada que equivocó a la ciudadanía; e ilusiona Latacunga como santuario de la resistencia e ilusión de una posible reconquista. Claro que no es Madrid ni Bilbao con sus toros-torazos, a lo mejor no hace ni falta, pero es la llama que se mantiene viva para recordar las sensaciones del toreo hasta que un buen día el otrora gran Quito recupere sus glorias pasadas. Y en ello están o eso me aseguran.

Existe un movimiento empresarial para achicar la pirámide de los honorarios toreros: rebaje de los más altos y subida de los más bajos, que seguramente sea justo y necesario, pero entraña alta dificultad, en realidad no es el primer intento en la misma dirección que no llega a ninguna parte

José Luis Cobo pone la organización de la simpática Latacunga, los toros, la brega de los despachos y se encarga de que por su albero desfile lo más florido del escalafón. Vistas las imágenes y escuchados los compañeros de los medios hay que convenir que estos días lo vivieron con auténtica pasión. Hubo toreo del bueno, toros que embistieron con franqueza y convulsión morantista que cuando surge es algo así como un punto y aparte, un calambrazo que a todos toca, una sensación indomable a la que vale la pena entregarse. Basta con ver la sonrisa de satisfacción del de La Puebla de Río en la vuelta al ruedo para comprender que allí ha pasado algo especial. ¿Un alumbramiento?... Seguramente, y también una esperanza de resurrección patria. Nada que evite el disgusto de la minoría inconforme y resistente que en las potentes redes hace escuchar sus reticencias sobre la presentación de los toros. Vale, de acuerdo, son realistas, piden imposibles. Entiéndase la ironía, claro.

Y antes de cerrar esta columna me apetece hacerme eco de un rumor, no es lo más académico recoger rumores, pero ante la posibilidad de que se convierta en noticia de gran trascendencia uno no se aguanta: existe un movimiento empresarial para achicar la pirámide de los honorarios toreros, rebaje de los más altos y subida de los más bajos, que seguramente sea justo y necesario pero que entraña alta dificultad, en realidad no es el primer intento en la misma dirección que no llega a ninguna parte. Por si acaso, por aquello que tanto se lleva en el periodismo de como adelantó este medio… dicho queda.