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La Pincelada del Director

Arjona
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Felonía en las ondas

Se trata de un paso más en esa táctica modo gota malaya que consiste en golpear y apretar poco a poco al toreo hasta su mismísimo agotamiento. En esta ocasión supone quitarle una voz importante por la que se podía reivindicar, ilusionar, respirar, en pocas palabras: vivir el toreo

La semana se puso mohína. O peor. Se encabritó. Si esto fuese un parte como decían los antiguos, tras las señales horarias -ese es el estilo político al que se vuelve- engolaría la voz para anunciar que las borrascas cubren todo el territorio peninsular y más que hubiese. Han sido días de ciclones y bajas presiones que en realidad eran altas y cabronas. Los periódicos iban completando paso a paso el puzle Frankenstein de un gobierno que a la hora de cerrar, esta semana se ha precipitado todo, a la hora de cerrar esta columna decía se antojaba inevitable y los malos augurios se cernían sobre el mundo del toro y más allá. Y no es que me quiera meter en política, siempre escuché que esos menesteres no traían nada bueno sobre todo en cuestiones taurinas, pero los pronósticos son tremendos y aunque nada me gustaría más que equivocarme, la cosa va trasmutando en el horizonte inmediato del cárdeno oscuro al negro zaino. Y ante esa situación general seguramente hablar de toros y las consecuencias que puede suponer para la tauromaquia esta deriva es cuanto menos una frivolidad pero la riada está ahí mismo y este es un medio que trata de la cuestión y tiene la obligación de alertar por si alguno sigue in albis.

A la cuestión política que venía de atrás se le añadió la noche del domingo 29, como un efecto más de lo dicho, el persianazo a Los Toros de la Cadena SER, lo justo para que nada sea ya igual en las noches de los domingos, un paso más, no hay causalidades, de esa táctica modo gota malaya que consiste en golpear y apretar poco a poco hasta el mismísimo agotamiento de la presa. Ni que decir que la presa es el toreo. En esta ocasión supone quitarle una voz importante por la que se podía reivindicar, ilusionar, respirar, en pocas palabras: vivir el toreo. Fue el púlpito en el que todos los domingos durante casi cincuenta años hablaba el planeta toro por voz de los toreros, de los ganaderos, de los aficionados, de los empresarios y de los periodistas en un ejercicio vital, una demostración presencial imprescindible porque el que no aparece no está, no existe, y ahí radica la clave, en la existencia, el ser o no ser del toreo.

Durante casi cincuenta años los coches de cuadrillas cruzaron España de punta a punta conectados al ruedo inmenso de la SER mientras los aficionados contenían el sueño para saber qué había pasado y escuchar a los ídolos que, todos, incluidos los más reacios, atendían la llamada de Molés

Así que salvo sorpresa de última hora o reacción popular, la que se avecina ha pasado del pronóstico reservado a evidentemente grave o muy grave. Sobre todo por lo que el toreo tiene de simbología identitaria, si lo que quieren es cargarse los valores, no nos quedemos solo en valores de españolidad, me refiero a valores tan sólidos y universales como los que representa el toreo (solidaridad, respeto, reconocimiento de lo auténtico, verdad…), nos han dado en uno de los puntos de flotación y por mucho que algún cortoplacista estúpido y necio pueda alegrarse, el cerrojazo de la SER es una tragedia y un aviso porque después vendrá la caída del cortoplacista y el estúpido que se quedarán sin escenario. Ahí estamos, hasta aquí nos han traído. Que tenga que escribir con este pesar cuando aún resuenan los ecos navideños no deja de ser una crueldad y un reflejo de la realidad ante la que el mundo del toro, sobre todo quienes tenían la responsabilidad de reaccionar los últimos años, se llamaba a andana y así le/nos ha ido.

Me tengo que centrar ahora en el tema Manolo Molés, una parte del todo dicho en lenguaje televisivo, un hombre del periodismo que culminó todas las cumbres de la información a lo largo de cincuenta años de periodismo. En los momentos en los que primaban los medios escritos y se voceaban los periódicos a la entrada de los toros con las crónicas de este y de aquel, él impuso su estilo ágil y reporteril desde Pueblo, uno de los grandes rotativos de este país y una gran, la mejor, escuela de periodismo en todas las especialidades; más tarde o a la vez, porque Molés siempre fue de los que marcaban el ritmo de la carrera, saltó a la tele con aquella Revista de Toros en la que revolucionó la forma de hacer toros en la pequeña pantalla, que en aquel entonces era la santa Biblia del país, y le puso una música y unos zooms que, además de irritar a los más clasicotes, añadía información e intencionalidad a los textos en lo que era un alarde de vanguardismo que acabó imponiéndose hasta hacer chirriar los compases del santo pasodoble cuando algún editor tenía la tentación de recuperarlos.

Queda la esperanza de que el de las Alquerías del Niño Perdido vuelva a encontrar la beta buena en el templo del periodismo y empiece otro proyecto que siga dando voz al toreo. Conociéndole no me extrañaría

La salida de aquella tele le abrió, se la abrió él, la ventana de la radio, en los tiempos gloriosos del transistor y durante casi cincuenta años fue la banda sonora de la noche de los domingos. Los coches de cuadrillas cruzaban España de punta a punta conectados al ruedo inmenso de la Cadena SER y los aficionados contenían el sueño para saber qué había pasado y para escuchar a los ídolos que, todos, incluidos los más reacios, atendían la llamada del periodista y ponían luz y salsa a la jornada taurina que convivía en un punto y seguido con el terremoto fútbol. También en eso han cambiado los tiempos, ahora los ídolos (¿?) pretenden proteger sus carencias en el silencio ¡qué pena! y se suman a la estrategia de los anti de quitarle voz al toreo. De esa forma se creen más estrellas. Sin quererlo o queriéndolo, vaya usted a saber el grado de estulticia, ahora se han salido con la suya, las noches de los domingos no tendrán que molestarse, salvo divorcio, escándalo o incidente que interese a las tribunas no taurinas por las que se pirran y en las que hasta mendigan espacios porque los taurinos les aburren cuando en realidad los que aburren son ellos. Lo van a echar de menos.

Pero no quiero salirme del tema principal, que no es otro que el cerrojazo al programa de Molés y la consiguiente salida de los toros de una cadena nacional que durante cincuenta años lució palmito a cuenta de unas audiencias estratosféricas jamás alcanzadas y de las que ahora por monetarias o no tan monetarias razones ha decidido prescindir. Molés, trabajador infatigable, con un sentido de la comunicación innato, un periodista de raza, abanderó esa travesía con un gran equipo que mantenía su ritmo: María José Ruiz, que resistió cual si la Gran Vía fuese las Filipinas, sin perder el buen estilo; el benjamín Gonzalo Izquierdo Bienvenida, del que me cuesta entender que a esa edad y con esa reata no esté probando, al menos probando, el darle continuidad a la dinastía, pero el periodismo se lo gana; Carmen Peinado, Moncholi, David Casas, Miguel Cuberta, anteriormente Luis Nieto y Naranjo… y otros que le daban personalidad y rango con el maestro Antoñete en el recuerdo, la voz sin voz que mejor explicaba el toreo incluso desde el silencio, personaje irrepetible e impagable al que sustituyó el bravo y singular Padilla, que para entonces estaba entrando de lleno en el olimpo de los guerreros; y no quiero olvidar en esa lista a los corresponsales José María Vallejo, serio y riguroso, que entraba desde su Málaga del alma; Santainés, que cubría la Barcelona plena de los setenta y ochenta; Calamardo, al que el director de la orquesta apeló como Comisario Calamardo a cuenta de destapar un escándalo y le empujó hacia el periodismo de investigación; mi antecesor en Valencia al que apelaba San Vicente Garrido por su incapacidad de reconocer la responsabilidad de una mala tarde a nadie sin que por ello no entendiésemos lo que había sucedido… un grupo al que me sumé hace cuarenta y siete años que, como los veinte del tango de Gardel, no son nada por mucho que duela cuando lo silencian.

Se trata de un paso más en esa táctica modo gota malaya que consiste en golpear y apretar poco a poco al toreo hasta su mismísimo agotamiento. En esta ocasión supone quitarle una voz importante por la que se podía reivindicar, ilusionar, respirar, en pocas palabras: vivir el toreo

Y en ese tiempo aún tuvo ídem para inventarse una tele de toros que puso en unas alturas de formación y entretenimiento a las que nunca volvió tras su salida. Por todo ello queda la esperanza de que tras la felonía de la SER con los toros, Manuel, el de las Alquerías del Niño Perdido, vuelva a encontrar la beta buena en el templo del periodismo y empiece otro proyecto que siga dando voz al toreo. Conociéndole no me extrañaría. Aquí en Aplausos seguirán teniendo espacio los frutos de sus Olivetti y su experiencia, es un honor y una obligación. Nada de lo contado nos va a quitar ganas de seguir peleando por darle voz al toreo. Aquí en Aplausos estamos en ello a pesar de la ola que nos invade y el silencio de las estrellas -algunas- que callan.

POSDATA.- Todo lo dicho hasta aquí no quita un ápice de la importancia del trabajo de muchos compañeros que en otras emisoras, webs, teles y medios impresos resisten en su tarea de informar, solo que la deslealtad de la potente SER ocupaba hoy nuestra indignación.