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ENTREVISTA

Literatura con duende
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(Foto: Ignacio Perelétegui)

Literatura con duende

Repasamos la obra taurina de Jesús Soto de Paula a raíz de la publicación de su último libro: Revoluciones y revelaciones toreras

Jesús Soto de Paula escribe y habla como siente, desnuda sus sentimientos a impulsos de un corazón cuyo latido literario depende del duende, el mismo duende con el que su padre, el maestro Rafael de Paula, embrujaba a propios y extraños cuando le visitaba y saltaba a escena los días de gloria. Admite que escribe solo para unos pocos, que su misterio juntando letras no siempre es fácil de descifrar por sus lectores, pero que sus textos brotan desde la más absoluta sinceridad, con el único objetivo, cabría decir placer, de ver plasmada, negro sobre blanco, su esencia de aficionado cabal.

Hace apenas unos meses vio la luz su quinta obra literaria: Revoluciones y revelaciones toreras. “Para mí la escritura es como mirar a un pozo: a veces ves el fondo y otras no lo ves. Yo he alcanzado una profundidad peligrosa porque no siempre lo veo -sé que a veces no me entienden cuando me leen- pero tampoco me preocupa demasiado: para mí, el arte es mirar al abismo y esperar a que ese abismo te responda. Esa es la intención de mi último libro”, avanza Soto de Paula al inicio de una charla que caminará sin rumbo fijo, percatado el periodista de la enorme pulsión artística del entrevistado.

Jesús Soto de Paula: "El duende es una puñalá que se le da a todas las mentiras para quedarse a solas con la verdad"

Ese impulso genialoide no escapa a sus obras. Empezó sus Revoluciones y revelaciones toreras con la idea de hablar de los revolucionarios del toreo y acabó hablando de aquellos espadas, no muchos, esa es la verdad, que a lo largo de la historia han sido capaces de revelar su propio misterio toreando. “La magia de escribir estriba en que uno sabe siempre por dónde empieza pero nunca por dónde acaba”, explica el autor. “El libro sufre una especie de metamorfosis, yo le llamo posesión duendística, de modo que de los revolucionarios me paso a los toreros de arte. Es la querencia que uno tiene, algo así como la llamada de la sangre”, detalla orgulloso. Por eso aparecen, entre los “reveladores”, Rafael El Gallo, Cagancho, Curro Puya, Chicuelo… hasta llegar a Romero y Paula, y los “revolucionarios” Juan Belmonte, Manolete, El Cordobés y Paco Ojeda, toreros estos últimos que gustan especialmente a nuestro protagonista por la controversia que generan en su arraigado concepto del arte taurino: “Me parecen fascinantes precisamente por esa discusión que generan en mi alma. No comulgo con sus tauromaquias, pero los valoro como toreros artísticamente pasionales, pues inventaron, sin duda, una forma particular de interpretar el toreo. Todos llevaron a cabo su propia revolución, por eso les doy tanto valor, aunque no sean de mi concepto”, expone.

Los cuatro libros anteriores fueron granjeándole nombre y ambiente. Sin embargo, no de todos está igual de orgulloso. “El primero que escribí fue De negro y azabache: Rafael de Paula, es de 2005 y versa sobre mi padre. Soy muy autocrítico y no estoy contento con ese libro, esa es la verdad. Un libro debe ser algo así como reflejarse en el agua y verse; y yo en ese me veo muy difuminado. Ahora mismo lo retocaría prácticamente entero”.

Dos años después, en 2007, vio la luz Donde rezan los mitos, una recopilación de columnas escritas semanalmente en un periódico de Jerez. “No lo definiría como un libro taurino porque no trata únicamente el hecho taurómaco. Hay otros temas y, en consecuencia, está abierto a diferentes personajes”. La obra abarca la poesía, el flamenco -dedicó columnas enteras a Terremoto, a la Paquera, a Fernanda de Utrera…-, la muerte e incluso la filosofía. “No entiendo la escritura sin la filosofía”, matiza Soto de Paula, “en realidad no entiendo al arte sin la filosofía”, abunda antes de hacer una pausa reflexiva, invadida por el silencio, y añadir: “Todo arte es una duda, no hay nada cierto en la vida salvo la muerte y yo el arte lo entiendo como una duda continua que se va desvelando a través de los tiempos”.

Aquella vaca junto a Dámaso...

“Los gitanos, o los toreros de arte en general, no saben explicar su misterio. Saben interpretarlo, sentirlo, expresarlo ante el toro, pero son incapaces de explicarlo”, señala convencido Jesús Soto de Paula. El hijo del genial Rafael de Paula refrenda su afirmación con una inolvidable anécdota: “Yo quise ser torero en mi juventud y de chiquillo me gustaba mucho ir con mi padre y torear en el campo junto a mi hermano Bernardo”, arranca su relato. “Un día, a principios o mediados de los ochenta, fuimos a lo de Núñez del Cuvillo y mi padre, cuando me ponía delante de la vaca, me pegaba unas voces y unos gritos que se enteraba hasta el aguador del pueblo colindante. Aquello también le pasaba a mi hermano y nos ponía nerviosísimos, atacados. Llegó un momento en que le tenía más miedo a sus gritos que a las vacas. Pues bien -continúa-, estaba yo en uno de esos momentos, aguantando como podía el chaparrón, cuando escuché una voz muy templada, muy pausada, que dijo: Maestro, ¿usted me permite que le diga a su chiquillo unas palabras? Mi padre, sorprendido, le dio permiso. Salió del burladero el maestro Dámaso González -de los de su corte, es el torero que más me ha gustado, admite- y me dijo: Jesús, respira hondo -sabía que estaba atacado-, y siguió: mira, ponte así; dale dos pasitos p’alante, plántale la muleta, ponte un poquito más cruzado… Yo le hice caso y aquella fue la única vez que he sido capaz de pegarle doce o quince naturales seguidos a una becerra. ¡No he toreado más a gusto en mi vida! Yo entendí todo todo lo que me dijo el maestro Dámaso, lo entendí con una claridad pasmosa, tanto fue así que le di un abrazo enorme al acabar de torear, lleno de gratitud por lo mucho que me había ayudado a sentirme con esa becerra. En cambio mi padre nunca logró algo así. El gitano se sabe poseedor de un misterio pero no sabe dominarlo ni explicarlo; aunque, probablemente, en ese no saber esté también su virtud”.

Su tercera obra, Entre clamores y espantás, llegó en 2011. Soto de Paula asegura que con ella empezó a sentir una acusada evolución en su estilo. “Uno aprende desde que nace hasta que muere, y creo que, literariamente hablando, empecé a encontrarme en ese tercer libro. En los dos primeros estuve como deambulando, soñando, despertando…, pero en Entre clamores y espantás empecé a encontrarme conmigo mismo. Me veo reflejado en él y diserto mucho sobre lo que es el toreo gitano y el toreo castellano.

A mi juicio -se detiene de nuevo en otra interesante consideración- los toreros castellanos, o payos como les decimos aquí, elevan el toreo, mientras que los gitanos lo profundizan. Para mí Entre clamores y espantás tiene una gran dosis de romanticismo, que es necesario en la vida ¡y no digamos ya en el arte! El toreo gitano no lo concibo como una escuela, no puede serlo jamás porque el gitano no sabe enseñar su misterio, y el payo, en cambio, sí. El toreo hay quienes lo explican y quienes lo dicen, que, pudiendo parecer lo mismo, son ideas muy diferentes. El maestro Domingo Ortega, a quien tanto admiro, explicaba con una luz y una claridad enormes su diálogo lidiador ante el toro, sin embargo con Rafael, pongo por caso -se refiere a su padre, el maestro Paula-, tú presientes y sientes que está diciendo algo de lo que es poseedor pero que ni siquiera él es capaz de dominar. Es decir, sabe que está “diciendo” algo que es suyo pero, sin embargo, no sabría explicarlo. Esa es la gran virtud del genio: sabe de lo que nadie sabe”, defiende con su particular sello. “El libro alude a aquellos toreros que tienen ese misterio, que lo saben decir aunque no explicar, y que protagonizan tardes apoteósicas -de clamores- y otras de broncas -de espantás-, todo sin medias tintas, como tendría que ser siempre”.

Su cuarto volumen, Torerías y diabluras, forma junto al último, Revoluciones y revelaciones toreras, su binomio literario “más profundo y más duendístico”, señala quien desde el inicio de la conversación ha demostrado ser una mina de reflexiones atípicas y singulares. La portada de Torerías y diabluras sintetiza la esencia de la obra: hay cuatro toreros toreando dentro de un reloj que marca las cinco de la tarde en un claro guiño a Lorca y a Sánchez Mejías. Dos de los cuatro espadas, Joselito y Belmonte, protagonizaron gloriosos capítulos a comienzos del pasado siglo, mientras que los otros dos, Romero y Paula, derramaron su magia torera en el broche de la centuria. “Lo que vengo a decir en la portada es que cuando el arte se ejecuta con pureza y verdad no importa el tiempo, la obra de sus intérpretes permanece siempre viva. Cuando un creador -no me gusta la palabra artista- ejecuta como tal y siente como tal, no importa el tiempo que haya entre unos y otros, no existen principios de siglo ni finales, permanecen todos vivos, como si su reloj tuviera otro lenguaje, otra vida, otro pulso”.

Jesús Soto de Paula: "Escribo por una razón espiritual. No me mueve nada más. Es ridículo hablar de dinero porque esto da para un cartón de huevos y un bote de aceitunas. Escribo por desnudar el alma y expresar mi sufrimiento”

SENTIR Y CONTARLO

A escribir, como a torear, también se aprende. El tiempo, si hay talento, ayuda a los escritores a ir forjando poco a poco su propio estilo. A ir puliéndolo y perfeccionándolo. En la forja literaria de Soto de Paula el fracaso, a su juicio, ha jugado un papel clave: “Con el tiempo lo he ido notando cada vez más y a veces me lo han dicho algunos lectores: escribo un poco desde la penumbra e incluso desde el fracaso; y es verdad. En mis libros la bronca existe y el sufrimiento, también; ese martirio y ese tormento salpican mis obras, especialmente en las dos últimas. Eso tiene un porqué: yo no escribo como hijo, sino como aficionado. Aunque mi torero sea Rafael de Paula, nunca escribo de hijo a padre, sino de aficionado a torero, que es muy diferente. Yo descubrí lo que es el arte a través del tormento y del sufrimiento que me suponía esperarle, aguardar esa tarde de duende e inspiración. Uno es lo que vive y yo es lo que he vivido: el arte es saber esperar. Recuerdo tardes de bronca, una tras otra, pero broncas toreras, como dice Rafael, no vulgares, sino atronadoras, fuertes, fatales, ¡pero toreras! Yo entendía que había que aguantarlas hasta que llegara la tarde en que saliera ese toro, que fuera no a contraestilo sino a estilo del compás de su corazón, y, cuando llegaba, para mí era la explicación a todo ese calvario que habíamos pasado antes. Era como una sanación a todas esas tardes nefastas, fatales, terroríficas, era como un milagro, como un vaciamiento ante toda esa frustración que había tenido que pasar hasta llegar hasta ahí, ante todo ese calvario que encarnan tantas tardes de griterío.

De repente el artista se vacía un día concreto y esa capacidad de romperse una tarde también define al genio. Cuando veía torear a Rafael -prosigue ensimismado su discurso- veía que utilizaba su cuerpo para descarnar a su espíritu. Yo notaba que aquello era todo espiritual, que su cuerpo era un mero tránsito del que emanaba la belleza. En ese momento Rafael no solo era un torero valiente sino un torero que se olvidaba del cuerpo, y en ello radica para mí el verdadero valor del torero de arte. El verdadero valor es olvidar que se tiene, no presumir de que se tiene, que es muy diferente”.

¿Por qué escribe, qué busca con ello?, preguntamos cuando comienza a apremiar el espacio. “Escribo por una razón espiritual”, responde. “No me mueve nada más. Es ridículo hablar de dinero porque esto te da para un cartón de huevos y un bote de aceitunas. Escribo por desnudar el alma y expresar mi sufrimiento. Me cuesta mucho trabajo sacar un libro adelante pero lo hago todo con verdad”, añade quien define su palabra como “una voz desnuda, desprovista, arrebatá, y matiza para sorpresa del periodista: “Lo que busco no es el todo, sino la nada. Yo quisiera encontrar esa nada, y a veces lo consigo. El arte no tiene que ver con revestirse, adornarse o hacer algo bonito, eso para mí son tonterías y un lenguaje de estúpidos o de relamidos, el arte es todo lo contrario, es buscar la nada, porque en la nada es donde está el todo, donde está la verdad, donde está lo vivo”.

-¿El libro perfecto, como la faena perfecta, nunca termina de llegar?

-En el arte la perfección no vale, a mí al menos no me gusta nada. Si me dijera alguien que he hecho algo perfecto me preocuparía mucho, me horrorizaría incluso. Me gustan las imperfecciones, en ellas radica el encanto, el misterio, el duende en definitiva. No existen los libros perfectos, si acaso conviene sentirse reflejado en ellos. Creo que en este último libro sí he conseguido mirar a ese abismo del que hablaba antes y que me responda. Pero siempre te queda la insatisfacción o duda de no saber si te entienden, de no saber si la gente capta o no tu mensaje, pero sé que escribo para unos pocos, así que esa duda o insatisfacción no la llevo tan mal.

Jesús Soto de Paula: "Mi pluma vuela desde la penumbra e incluso desde el fracaso. Me lo han dicho y es verdad. El martirio y el tormento salpican mis obras. Me cuesta mucho sacarlas adelante”

Soto de Paula, además, está convencido de que la literatura, como el toreo, también puede tener duende, que es algo que no se ve pero sí se siente: “Ninguno somos dueños del duende, pero sin jactancias le digo que mi literatura sí tiene duende. No es que lo crea, es que lo sé. Mis libros se fraguan a fuego lento -tardo tres o cuatro años en escribir cada uno de ellos- precisamente porque nadie es poseedor de ese duende del que hablamos. El duende viene o no viene, está o no está, nos visita o no. Por eso muchas veces me pongo delante de un papel y soy incapaz de escribir algo, y así puedo tirarme meses y meses, y sin embargo un día, sin saber por qué, llego a casa y soy capaz de escribir doce folios seguidos. Cuando uno está en vena la pluma va sola. En esos momentos el duende está conmigo. Y en mi caso no solo el duende, también la sangre”. Sangre y estirpe la suya de la que sentirse orgulloso.

Joselito, el luto y su capote

El abuelo de Jesús Soto de Paula, Bernardo Muñoz "Carnicerito de Málaga", tomó la alternativa en 1920 en la ciudad que dio nombre a su apodo. "Se la tenía que haber dado Joselito El Gallo, pero pasó lo que pasó en Talavera y no pudo ser", recuerda. "Por Joselito entró en el cartel su hermano Rafael, que fue quien finalmente doctoró a mi abuelo. En aquellos tiepos se estilaba que los padrinos obsequiaran a sus ahijados con un detalle; y el detalle de Rafael fue el capote que luego ha pasado por tantas manos".
Soto de Paula explica con detalle el trasiego de tan preciada joya: "Mi abuelo Bernardo lo tuvo tres o cuatro décadas en su casa de la barriada de España, en Jerez, y quiso regalárselo a mi padre, pero él nunca lo cogió ni se lo puso, de modo que mi abuelo acabó regalándoselo a Antonio Ordóñez en agradecimiento por el festival que en su ayuda organizó junto a don Álvaro Domecq. Ordoñez -ignoro los motivos- se lo regaló a su vez a Antonio Bienvenida, que también toreó en aquel festival, y fijese lo que son las cosas: en octubre de 1974, el día de la despedida de Antonio Bienvenida en Vistalegre, mi padre vio al maestro liándose el capote de paseo negro en el patio de cuadrillas y dijo:"¡Ese capote es mío!". Y Bienvenida le contestó: "¡Era! ¡Era tuyo, Paulita!" -ríe con la misma socarronería con la que rió aquel día el recordado Bienvenida-. Designios de la providencia, aquella tarde Paula cuajó ante el toro Barbudo, de Bohórquez, una de las faenas de su vida. "El capote está a buen recaudo en manos de los Bienvenida, pero la espinita de no tenerlo nosotros en casa la seguimos teniendo clavada. ¡Era de mi padre!". Lo dicho, ¡era!...