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REPORTAJE

Maestra Nati, sastrería de oro

Maestra Nati, sastrería de oro

Recorremos la historia del taller de la Maestra Nati, reconocida recientemente con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes

“No me lo esperaba, de verdad. Yo no sabía que había hecho méritos para obtener esta Medalla. Me ha pillado por sorpresa”. Quien habla es Isabel Natividad García de Frutos, la famosa Maestra Nati galardonada recientemente con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes por sus casi siete décadas de dedicación al mundo de la sastrería taurina. “Estoy muy satisfecha, mucho”, asegura con voz trémula por la emoción que aún hoy, varias semanas después del nombramiento, continúa invadiendo su cuerpo de 86 años de vida y éxitos. “Llevo tanto tiempo elaborando vestidos de torear y capotes de paseo…”, afirma mientras suspira. “Recibir ahora este reconocimiento, y además recibirlo en vida, hace que no me cambie por nadie. Aun así, no creo que me merezca tanto, de verdad, de corazón se lo digo”, subraya con naturalidad y desde la más absoluta humildad. “No he sido nunca presumida ni quiero jactarme de nada, lo único que he hecho es lo que me enseñó mi madre: trabajar en la ropa de torear y especializarme en los capotes de paseo. El éxito de la exposición de Madrid del pasado año en Las Ventas ya fue precioso -recuerda-, pero ahora esto, recibir un premio tan importante e inesperado… qué quieres que te diga, hijo, me impresiona enormemente”, admite con franqueza al periodista de nuevo con la voz entrecortada. “Es que estoy emocionada, de verdad. No quiero llorar porque no quiero pecar, pero tengo las lágrimas ahí, las contengo como puedo”.

Nacida el 9 de diciembre de 1933, Nati goza de buena salud. Tanto es así, que sigue al pie del cañón y trabaja todos los días. “Sale a andar a diario por la mañana, camina media hora, regresa y se pone a trabajar”, relata su hijo Enrique Vera, presente en la conversación que mantuvimos con su madre antes de que estallase la crisis del coronavirus. Trabaja a su lado, codo con codo, orgulloso del legado recibido, desde hace casi treinta años.

-¿Se acordó de alguien al recibir la noticia?, preguntamos a la maestra.

-Sí, de mi madre -responde rauda quien, definitivamente, es incapaz de contener la emoción al recordarla-. Si de verdad hay otro mundo y me está viendo -añade con la voz temblorosa- seguro que está satisfecha. Todo se lo debo a ella. Fue quien me enseñó a trabajar en esta profesión, quien me enseñó a quererla. Además, para mí la familia del toro es mi familia, ¿comprendes, hijo? Participar de forma activa en esta gran familia, sentir que valoran las piezas que salen de mi taller, es todo un orgullo. Desde que me levanto y hasta que me acuesto cada día le doy gracias a Dios.

Nati, además, se ha convertido en la primera mujer del mundo del toro en ser distinguida con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, galardón que concede anualmente el Consejo de Ministros del Gobierno de España a propuesta del Ministerio de Cultura a las personas y entidades que hayan destacado en el campo de la creación artística y cultural o hayan prestado notorios servicios en el fomento, desarrollo o difusión del arte y la cultura o en la conservación del patrimonio artístico, según sus bases. “¡Fíjese qué orgullo!”, exclama quien, al margen de la distinción, era y es -ahora, con más motivo si cabe- uno de los principales referentes de un mundo, el de la sastrería taurina, dominado tradicionalmente por hombres. “Que dentro de todo el gremio me hayan elegido a mí es increíble. Sé que mis colegas se alegrarán, llevo toda la vida luchando en esta profesión y por encima de todo somos profesionales y nos llevamos bien. Esa es la verdad”, comenta con elegancia. “Ver mis capotes en tantos ruedos y paseíllos del mundo me hace feliz. Mi vida está en todos y cada uno de ellos. Si lloro es de puro agradecimiento. De corazón se lo digo”, añade antes de ceder el testigo de la conversación a su hijo y continuar, cómo no, con sus quehaceres. “Ahora mismo estoy bordando capotes. Así se me hace más corta la vida, porque para estar todo el día sin hacer nada no sirvo, hijo, de verdad”, remata agradecida. “Gracias, muchas gracias a todos. No puedo más que dar gracias a Dios, a la vida y a la gran familia del toro”.

Maestra Nati: “Si de verdad hay otro mundo y mi madre me está viendo seguro que está satisfecha. Me enseñó a querer esta profesión. Sentir que valoran mis piezas es un orgullo”

Enrique asiente con la cabeza y también da gracias a la vida por haber recibido un legado tan importante y poder ver feliz a su madre, desbordada estos días de felicitaciones. “Cuando recibimos la llamada del Ministerio de Cultura pensé que era una broma y cuando me di cuenta de que iba en serio me quedé sin palabras. Hay mucha gente que también podría merecer esta Medalla y, sin embargo, aún no la tiene, de modo que la satisfacción que sentimos es enorme, especialmente por mi madre. Cuando llegas a cierta edad, que reconozcan de este modo tu trabajo es como lograr el broche perfecto a toda una vida de dedicación y amor a este mundo”, comenta quien no solo está vinculado al mundo del toro por rama materna. Su padre, Enrique Vera, casado con Nati en 1959, fue matador de toros de los años cincuenta e interpretó papeles toreros en inolvidables películas como Tarde de toros, El último cuplé o El niño de las monjas.

TRES GENERACIONES, TRES

Enrique Vera es la tercera generación de la familia dedicada de lleno a la sastrería taurina. No solo su padre llegó a matador de toros, también lograron esa meta su tío -Antonio Vera- y su primo -Juan Carlos Vera-. Además, el propio Enrique llegó a probar suerte con capotes y muletas, actuando como novillero con picadores en plazas como Valencia, Sevilla, Aguascalientes, Texcoco o varios cosos franceses. Sin embargo, una vez alejado de los ruedos, optó por seguir la estela que le vinculaba a los talleres de confección de prendas toreras. Su relación con la tauromaquia, pues, está fuera de toda duda.

Natividad de Frutos, madre de Nati y abuela de Enrique, fue quien primero se dedicó a los bordados taurinos. Se formó en el taller que José Uriarte abrió en la Plaza de Santa Ana de Madrid. Uriarte elaboraba ropa de torear a Juan Belmonte, Joselito el Gallo, Marcial Lalanda, Nicanor Villalta… y en aquel negocio fue donde Natividad bordó el vestido y el capote de paseo negro que en señal de luto llevó Gallito en 1919 tras la muerte de su madre, la señá Gabriela. El terno lo custodia en la actualidad el Museo Taurino de Ronda; mientras que el capote lo guarda, como preciada joya, la familia Bienvenida. “Tanto el vestido como el capote los bordaron entre mi abuela y mi madrina, Isabel Bernardo. Las dos trabajaban con Uriarte y mi abuela era la jefa del taller”, confirma Enrique, que revela todo seguido: “Ellas entregaban la ropa a Joselito en su casa de la calle Arrieta de Madrid. Salían de la sastrería en la plaza de Santa Ana, cogían el tranvía y se apeaban en la plaza de Ópera para ir andando hasta Arrieta. Recuerdo a mi abuela contando que una vez le hicieron un traje corto -hay una foto de Joselito con él, sentado en una silla y con un sombrero en la mano- que se lo hizo para la boda de su hermano Rafael con Pastora Imperio. Las monedas que llevaba el traje eran de oro y mi abuela me contaba que cuando iban en el tranvía pasaban un miedo horroroso por temor a que alguien pudiera robarles”.

Maestra Nati: “Ver mis capotes en tantos ruedos y paseíllos del mundo me hace feliz. Mi vida está en todos y cada uno de ellos. Si lloro es de puro agradecimiento. Lo digo de corazón”

Otra curiosa anécdota de aquella época tiene a Villalta como protagonista. “Le tenían que hacer un relleno especial en la taleguilla, como una especie de pañal, porque siempre que toreaba en Madrid, cuando se abría la puerta de chiqueros, se hacía pis, no lo podía evitar”, desvela en torno al diestro de Cretas, quien, por paradójico que resulte, una vez saltaba el toro se transmutaba y convertía en un torero realmente valiente, sensacional estoqueador además. Nicanor, de hecho, ostenta el record de torero con más orejas cortadas en la Villa y Corte. “Me gustaba mucho escuchar las historias de mi abuela. Me sentaba a su lado y disfrutaba enormemente. Hubo una época en que vistió a casi todas las figuras mexicanas que toreaban en España -Carlos Arruza, Silverio Pérez, Fermín Espinosa “Armillita”, Félix Briones, David Liceaga, Luis Castro “El Soldado”…-. Los domingos que toreaba Raúl Acha “Rovira” en Madrid, matador peruano pero afincado en México, iban todos ellos a casa de mi abuela, al taller, y echaban allí la mañana de tertulia, pasando el trago hasta que se hacía la hora y había que vestirse de torero. Se cambiaban en el hotel de mi abuelo, que estaba cerca, en la calle del Príncipe, y de allí marchaban a la plaza. Mi abuelo -Joaquín García Torres, casado con Natividad de Frutos- era íntimo de Pepe Luis Vázquez y perteneció a la Generación del 98. Fue escritor, sobre todo de obras de teatro, y era muy amigo de Pío Baroja, Unamuno, de Casona más tarde… Tenían la tertulia del Gato Negro. También fue muy amigo de Manolo Caracol, que, cuando entraba en el hotel, lo hacía cantando aquello de “carcelero, carcelero”, y mi abuela, al oírle, intuía que hasta dentro de dos días mi abuelo no volvería…”, rememora Enrique Vera sin poder contener la sonrisa.

Aquel hotel del que habla, propiedad del mentado García Torres, atendía por Hotel Sevilla y estaba ubicado en la calle del Príncipe, muy próxima a la calle Jardines donde su esposa Natividad abrió su propio taller tras el fallecimiento de Uriarte. “Lo abrió en 1936, poco antes de que comenzase la Guerra Civil. Estaba próxima la corrida del Montepío de Toreros, que tuvo lugar en junio de aquel año, apenas un mes antes de que empezara la guerra, y no había quién hiciera la ropa de torear. Entonces el Papa Negro, padre de los Bienvenida, habló con mi abuela, le pidió ayuda, y como ella se llevaba muy bien con la viuda de Uriarte, fue a la sastrería de la plaza de Santa Ana, recogió a sus compañeras, cogió todo el patronaje y material que quedaba, y se ofreció a hacer la ropa de todos los matadores de aquella corrida”. El primer terno acabado fue el de Manolo Bienvenida, que aquel día, precisamente, cortó un rabo y obtuvo un éxito apoteósico. No podía arrancar mejor la nueva etapa de la primera Maestra Nati. “A partir de aquello mi abuela habló con las chicas, les ofreció seguir trabajando con ella y empezaron a hacer la ropa de los Bienvenida y también la de los Dominguín”.

En los ruedos... y en las películas

La ropa de torear de la Maestra Nati también ha podido disfrutarse en la gran pantalla. “Mi abuela vistió a Cantinflas en La vuelta al mundo en ochenta días y mi madre al bailarín ruso Nuréyev para una película que rodó en Almería, o a Peter Sellers en La pantera rosa, asegura Enrique Vera. Se ha hecho también ropa para la película Manolete, con Adrien Brody, o la última de Blancanieves, de Pablo Berger.

En aquel nuevo taller de la calle Jardines pasó su infancia la Maestra Nati actual. “Chaves Flores y El Vito, entre otros toreros, le ayudaban a hacer los deberes. Desde niña anduvo metida en la sastrería, por eso ve este mundo como algo diferente, algo propio”, refiere Enrique de su madre, quien también saboreó las mieles del triunfo con el primer vestido que ultimó en su vida: “El primer traje que hizo mi madre fue uno para Curro Romero. Mi abuela le tenía preparados dos vestidos, uno grana y otro blanco. El grana, que era el primero que en principio iba a ponerse, lo dejó acabado, y el blanco quedó a medias porque debía emprender viaje a Barcelona con los Dominguín. Sin embargo, se presentó Curro un viernes por la tarde a recoger el grana y su acompañante le sugirió que estrenara el blanco. “¿Podría ponérmelo?, ¿podrían acabármelo?”, preguntó el maestro a mi madre, que llamó de inmediato a mi abuela a Barcelona. Dijo que a ella no le daba tiempo a volver y terminarlo -en aquella época los medios de transporte no eran como los de ahora- pero mi madre reunió a dos o tres oficialas, se quedaron toda la noche del viernes y parte del sábado y lo terminaron a tiempo. Después de que Curro lo estrenara, el crítico de Dígame escribió: “Ha debutado en Madrid un torero con el mismo arte que el traje que llevaba puesto”. Mi madre cuando leyó aquello no se cambiaba por nadie… Ahora, con la Medalla recién concedida, tampoco”, relata dichoso.

Enrique Vera: "Cuando recibimos la llamada del Ministerio de Cultura pensé que era una broma, me quedé sin palabras. Mi madre ha logrado el broche perfecto a toda una vida de dedicación y amor a este mundo"

Nati creció rodeada de toreros no solo en la sastrería de su madre. Por el Hotel Sevilla de su padre paraban Pepe Luis y Manolo Vázquez, Rafael Ortega, los citados Chaves Flores y El Vito… Pocos portales al lado vivía la familia Dominguín, a la que les unía una buena amistad. “De hecho, Luis Miguel fue el padrino de mi tía María Luisa, y Carmen Ordóñez, la madrina”, recuerda Enrique, “por eso digo que nosotros hemos vivido el toreo de una manera diferente, especial. No vemos únicamente el lado profesional, sino que sentimos el lado romántico”.

MENOS ES MÁS

Hace año y medio el emblemático taller madrileño de la calle Jardines se trasladó hasta Sevilla, a la población de Mairena del Aljarafe. Y hasta allí ha viajado la Maestra Nati acompañando a su hijo. “Mi madurez se combina con su experiencia, con sus consejos, y el trabajo final siempre es mejor”. A ellos dos se suman la mujer y la suegra de Enrique junto a otra quincena de trabajadores -artesanos, mejor dicho- formados en la casa Nati desde hace treinta años. Con el cambio de emplazamiento también se ha dado un vuelco a la filosofía del taller, apostándose por el “menos es más”. “Hace tiempo luchábamos por hacer muchos trajes, pero de hace un par de años a esta parte hemos cambiado la cantidad por la calidad. Cuando vinimos aquí decidimos no hacer más trajes de los que podamos rematar con nuestras propias manos, con lo cual no hacemos más de 65 vestidos al año. Eso te permite ver la vida de otra manera porque ya no compites, si acaso compites contra ti mismo. Se disfruta más así, se es más feliz”, admite Vera. “En la vida llega un momento en que lo que te compensa es que lo que hagas, lo hagas bien; y te das cuenta de que para rematar un traje bien, con tus propias manos, lleva más tiempo del que parece porque todo está hecho a mano, puntada a puntada, todo es artesanal”.

Enrique Vera: "Nosotros hemos vivido el toreo de una manera diferente, especial. No vemos únicamente el lado profesional, sino que sentimos el lado romántico"

La especialidad del taller son los capotes de paseo. ¿Qué coste ecónomico tienen?, ¿cuánto tiempo de trabajo requieren?, ¿qué personal es necesario? Trasladadas las cuestiones al actual gestor del taller, Enrique desvela: “El más económico cuesta 700 euros y el más caro, 6.000. Seguimos bordando las imágenes a mano, y eso, lógicamente, conlleva un tiempo mayor. Igual que las flores bordadas en canutillo de oro, las lentejuelas que van puestas de una en una… Tienes por lo menos un mes y medio de trabajo e intervienen varias personas: nosotros bordamos la imagen y ponemos la lentejuela, pero luego contamos con la bordadora, que pone las flores de canutillo, también con la persona que pone el cordón, y el remate final lo hacemos nosotros también. Nos gusta “tocar” la prenda lo máximo posible para ir viendo de primera mano cómo va quedando. Eso permite que al final se remate y salga como tú quieres”.

Técnica de sastre, sentimiento de torero

Enrique Vera se siente sastre y torero a la vez. Los toreros -Enrique lo es- nunca dejan de serlo. “Cuando estoy cortando un traje de torear la técnica que empleo es la de un sastre, pero el sentimiento es el de un torero. Pienso como si fuera a ponerme delante: si corto por aquí a lo mejor molesta menos a la hora de mover el cuello para banderillear, si hago esto otro a lo mejor muevo el brazo un poquito mejor para entrar a matar… Son detalles pequeños que, quizá, sin ser torero, sean más difíciles de pensar. Si te has puesto delante puedes meterte más en la piel de quien te encarga el traje. Empatizas más, sin duda”.

En los capotes abundan los motivos religiosos. Clásicas son las vírgenes -la Macarena, la Esperanza de Triana, la del Rocío, la Guadalupe…- y cristos como el de las Tres Caídas. “A Cayetano precisamente le bordamos un Cristo de las Tres Caídas, y no hace mucho le hemos hecho a Roca Rey el Señor de los Milagros. A un ganadero mexicano muy amigo, Juan Pablo Corona, le bordamos la Virgen de la Macarena en un capote verde de terciopelo que después le ha regalado al propio Roca Rey, o la Guadalupe a toreros como Diego Silveti o José Tomás”, reseña a modo de ejemplos recientes.

Entre los motivos menos habituales, en nuestro repaso sale a colación el calendario azteca que en 1975 diseñó el matador estadounidense John Fulton. “De ese capote hicimos una réplica exacta para la exposición de Madrid del pasado año”, recuerda Vera, que relata la historia de aquel “experimento” azteca. “En el año 1975 Fulton y mi madre organizaron una exposición en México que se llamaba Colección Azteca de Oro. Se hicieron seis vestidos y seis capotes de paseo, basados todos en la cultura mexicana. Un capote lucía el calendario azteca, había trajes con la serpiente emplumada y dioses mexicanos. La exposición fue un éxito. Se hizo en los salones del diseñador mexicano Pedro Loredo y la visitaron hasta el presidente de México López Portillo y su mujer. Fulton diseñó los vestidos y los capotes y mi madre los elaboró. Los vestidos los llevaron Manolo Martínez, Eloy Cavazos, Manolo Arruza, Curro Rivera, Miguel Espinosa “Armillita” y Mariano Ramos”.

El vínculo del taller con la tauromaquia mexicana ha sido siempre fuerte. “Le estamos muy agradecidos a México en todos los sentidos. Tenemos grandes amigos y seguimos contando con encargos desde allí. Mi abuela me hablaba mucho de los matadores mexicanos a los que vestía, entre otros a Juan Silveti “El Tigre de Guanajuato”, padre de Juan “el tigrillo”, abuelo del “Rey” David y bisabuelo del actual Diego. Tuve la suerte de vivir la exposición junto a mi madre y vi cómo nos trataron, el sitio que nos dieron, y luego también tuve la fortuna de torear allí y me trataron como si fuera un hijo más”.

Enrique Vera: “Con un capote de Nati sabes que por lo menos pasarán veinticinco años y seguirá estando medio nuevo. El secreto está en hacerlo todo a mano y con materiales de muy buena calidad. Desde la época de mi abuela llevaremos hechos más de quinientos”

¿Cuántos capotes pueden haber salido de la sastrería familiar? “Nunca lo hemos contabilizado -responde Vera-, pero el 75 % de los que lucen las figuras del toreo son nuestros. Con un capote de Nati sabes que por lo menos pasarán veinticinco años y seguirá estando medio nuevo. El secreto está en hacerlo todo a mano y con materiales de muy buena calidad para que con el paso del tiempo apenas se deterioren”. Insistimos con la posible cifra, intentamos averiguarla, y Vera da una aproximada: “Sumando la época de mi abuela y la de mi madre llevaremos hechos más de quinientos capotes de paseo seguro. Ahora hacemos unos quince al año”. Más de quinientos capotes. Medio millar de obras de arte. Toda una vida, una vida de arte.

Made in Spain

“Lo único que me importa es hacer bien mi trabajo y mantener los nombres de mi madre y de mi abuela donde están por méritos propios: en lo alto”, confiesa Enrique Vera, quien piensa enseñar el oficio a sus tres hijos: “Son todos varones. Me gustaría que siguieran nuestra estela porque sería una pena que se perdiera este tipo de artesanía. Es cien por cien española: los materiales son españoles y el trabajo es español. Es algo tan nuestro que sería una pena que desapareciera por falta de relevos”.

-¿Y si alguno de sus hijos quisiera coger el capote y la muleta?

-Quita, quita, prefiero la sastrería, ¡jaja! Estaré más tranquilo...

También es verdad.