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La Revolera

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Te comprendo, Manolo

Me ha llegado al corazón. Me refiero al artículo de esta semana de Manolo Molés en la edición impresa de Aplausos. Ha hecho un desnudo integral de su alma de periodista. Me he sentido identificado con él porque a mí me ocurre algo parecido; el día que no escribo es como si no viviera. Nací para este puñetero oficio, ¡qué le vamos a hacer! Los que vinimos a este mundo heridos por la letra o escribimos o entregamos la cuchara. Y está claro que el amigo Molés pertenece a esa casta. El enganchón del periodista de Alquerías del Niño Perdido es tan hondo que no concibe la vida sin un micrófono y una máquina de escribir, ahora ordenador. ¡Vaya si lo comprendo!

En casi todas las profesiones hay quienes trabajan para vivir y también algunos, muy pocos, que vivimos para trabajar. Hay muchos, la mayoría, que sueñan con la jubilación y una minoría que de pensar en la inacción nos dan escalofríos y hasta fiebres. Manolo pertenece a estos últimos. Como quien esto firma. Y cuando alguien nos proporciona la posibilidad de continuar ejerciendo el oficio para el que hemos nacido, lo hacemos con el mismo ímpetu que cuando teníamos veinte años y toda una vida por delante. Si te entenderé Manolo, que no pasa día en el que no le dé gracias a Dios por haberme encontrado con un hombre como Benlloch que nos comprende tan bien a los dos. Si a mí no me hubiera abierto José Luis esa última página de Aplausos, a la que no he faltado ni una sola semana en tantos años, estoy seguro que hace mucho tiempo que estaría criando malvas.

Solo aquellos que no han nacido para la profesión que ejercen sueñan con la jubilación. Jubilación que para nosotros es pesadilla porque entendemos que escribir o darle a la húmeda frente a un micrófono es vivir, y que en el otro barrio no debe haber ni un ordenador, ni un micrófono, ni un folio. ¡Dios, qué aburrimiento!