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La Pincelada del Director

El galimatías de los despachos
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(Foto: Arjona)

El galimatías de los despachos

Hablamos de los nombres que tienen o se les supone capacidad de exigir porque una vez acoplados estos, al resto se les aplica la ley de las lentejas, las tomas o las dejas… y gracias, en lo que es la crudeza más despiadada de la oferta y la demanda

La semana pasada cerramos la columna expectantes, pendientes de lo que pasase en la corrida de México. Y vaya si pasó. Ferrera, en estado de gracia, santa inspiración, indultó un toro que embistió como no suelen embestir allí, a la española, con movilidad, con codicia y todo lo que hizo Ferrera subió de grado. Y hay que ver cómo se puso la clientela. Exactamente como pensábamos que ocurriría en cuanto saliese un toro con tiro en sus embestidas. Enloqueció el público, enloqueció Ferrera, que parecía en trance, le ha sentado bien el invierno al extremeño, enloquecieron, por esta vez justificadamente los comentaristas, y entenderán que valiese la pena trasnochar por mucho que ni Ponce ni Morante tuviesen posibilidades en sus respectivos toros. Es lo que tienen las corridas de seis para seis, que sale a la primera o se acabó. Es lo que les pasó a los dos.

Todo eso nos acerca a la temporada española. Olivenza, Fallas, Magdalena… y naturalmente Sevilla. Prácticamente en todas ellas, se salva Castellón, falta algún nombre de relieve. No es fácil señalar responsables en exclusiva, lo único seguro es que cada cual defiende sus intereses según su entender y sean cuales sean los argumentos de las partes es imposible llegar a veredictos de culpabilidad unánimes. Es lo que tienen cuestiones tan pasionales -y sensibles- como las del toreo, sobre todo cuando se juega en tiempos de precariedad, mercados restrictivos y foros de opinión tan abiertos. En cualquier caso, tal y como escribí en alguna ocasión, con más o menos razones, lo que es faltar, faltan.

En Olivenza, Fallas… y naturalmente Sevilla, prácticamente en todas ellas, se salva Castellón, falta algún nombre de relieve. No es fácil señalar responsables en exclusiva, lo único seguro es que cada cual defiende sus intereses según su entender pero sean cuales sean los argumentos de las partes, lo que es faltar, faltan

En muchas ocasiones las diferencias son mínimas y, si se miran desde fuera, incomprensibles. Las rupturas en la mayoría de los casos más allá del dinero que cabría suponer como factor determinante –en ninguno de los casos últimos parece que lo haya sido- son cuestiones de matiz, de reconocimiento, del orden de yo no voy a ser menos que aquel; de estrategia, como que torear con determinados compañeros da categoría o ayuda a atraer más gente a los tendidos o significa que has avanzado en tu estatus, o matar esa ganadería y no otra, por mucho que sea prácticamente la misma cosa, te infla el ego o aumenta tus posibilidades de éxito sin caer en la cuenta de que a más restricciones menos categoría. Cuestiones todas ellas tan asumidas, sobre todo a principio de temporada, que las anteponen al hecho de torear o quedarse fuera. Todo ello sin olvidar aquello, harto frecuente, de no abro cartel, hábito hecho ley en el reglamento que por mucho que haya quien se escandalice, ¡cuán propensos somos a escandalizarnos en el toreo!, habría que eliminar. No solo evitaría los problemas que comentamos, si no que como efecto sustancial permitiría el acceso de los más jóvenes a los carteles más atractivos y por ende facilitaría oportunidades y renovación, al fin y a la postre en los toros es el único espectáculo en el que la figura se puede ver obligado a abrir plaza en lugar de actuar en lugar preferente.

Y al final de todo, ajustados todos los flecos anteriores, hablan de dinero y comienzan otras negociaciones que tampoco se suponen fáciles porque si se juntan tres gallos con pretensiones en un mismo corral se tiene que resentir el reparto del disponible y es cuando surge aquello tan ambiguo y tan taurino del si hay me das y si no hayhablamos. Ese es otro dolor de base, que hay poco y lleva directamente a lo que en lenguaje moderno llaman sostenibilidad de la Fiesta, cuestión que no acabamos de tener en cuenta en medio de todas estas diatribas y puede ser, es, el gran drama de futuro. No es de fácil solución, nadie quiere aflojar en sus pretensiones y no podemos olvidar que en la actualidad el toreo es el único espectáculo que depende exclusivamente de la taquilla cuando otros con menos capacidad de convocatoria, ahí está el caso del fútbol femenino y otros muchos, se reparten patrocinios y ayudas oficiales y hasta los hay que desprecian la taquilla.

Los nuevos valores, que tanto se han quejado del problema, cuando han ascendido a los cielos de los despachos han aplicado los mismos criterios: yo no abro cartel, yo no mato esa, yo voy tal día, a mí ponme o no me pongas con aquel

Otra cuestión es el agrupamiento, se podría decir apelotonamiento de figuras que se desprende de todo lo anterior, tan necesario para atraer al gran público y a la vez con tantas secuelas, tiene su origen en las dudas -no voy a entrar en si fundadas o no- sobre la capacidad de convocatoria de las mismas, juzguen ustedes, pero que uno recuerde nunca ha sido tan frecuente como en la actualidad y casos hay como el de Ordóñez y El Cordobés, que no coincidieron jamás en una corrida de toros. Sencillamente no se necesitaban ni se convenían. Ni el Benítez quería ceder su fuerza taquillera a Ordóñez ni éste quería bendecir a Benítez ni someterse al juicio de sus gentes, ni los empresarios querían pagar a los dos una tarde cuando con los dos podían componer dos tardes.

Llegados a este punto no podemos obviar que todos esos factores, calculadamente manejados, han sido utilizados en no pocas ocasiones como estrategia empresarial para abaratar presupuestos dejando a alguno fuera. Cuando ha habido muchas figuras siempre ha habido bajas. Y también por los propios toreros, no hay muchos limpios, para dejar atrás desde los despachos a los compañeros que consideran competencia en el ruedo. Y entre todo ese enjambre de intereses cruzados surgen las injusticias, las broncas, los disgustos sin que, insisto, nadie aparezca inmaculado de responsabilidades, al fin y a la postre, los acuerdos suponen cesiones y aquí se cede poco. Y lo que es peor, nada de lo dicho tiene visos de resolverse a corto plazo, basta con observar la actitud de los nuevos valores que tanto han sufrido y tanto se han quejado del problema y cuando han ascendido a los cielos de los despachos, han aplicado los mismos criterios. Yo no abro cartel, yo no mato esa, yo voy tal día, a mí ponme o no me pongas con aquel… y así hasta el inmovilismo absoluto.

Estamos hablando de los nombres que tienen o se les supone capacidad de exigir porque una vez acoplados estos, al resto se les aplica la ley de las lentejas, las tomas o las dejas… y gracias, en lo que es la crudeza más despiadada de la oferta y la demanda.