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La Pincelada del Director

Que treinta años no son nada...
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Que treinta años no son nada...

Este Ponce ni tuvo que volver, porque nunca se fue, ni las nieves del tiempo han plateado su sien, ni ha tenido tiempo de sentir que la vida es un soplo. El hombre, febril la mirada y ya no digo la ambición, sigue con el alma aferrada a su dulce presente y hay que celebrarlo

miércoles 04 de marzo de 2020, 16:34h

Las Fallas, y me refiero a las corridas, vuelven a estar a la vuelta de la esquina. En términos falleros, a diez mascletàs. Lo digo como una reivindicación inclusiva ante la arbitrariedad que supone que los programas oficiales las ignoren. Sucedía también en Madrid, donde lo han corregido. Aquí costará más aunque son parte fundamental de unas fiestas -toros y fallas- que siempre tuvieron una evidente complicidad, ahí está la historia para confirmarlo. Más allá de la perrería, digan deslealtad si suena mejor, que supone ese intento de ninguneo, no hace falta recordar que es la primera de primera, que es expresión que acuñé hace muchos años, que en esta edición presenta alicientes y singularidades como la de haber alterado la secuencia tradicional del interés que siempre fue de menor a mayor. Nada que no pueda resolver la realidad, que con frecuencia es más tozuda que los hombres, y los días grandes se resuelvan -ya este año- con grandes espectáculos en la plaza. Hay tradiciones que no se pueden traicionar.

¡De dónde saliste muchacho…! La cuestión ya no es de dónde salió, está claro, salió del abuelo Leandro, no es la primera criatura a la que pare un abuelo, la cuestión es a dónde ha llegado, a lo más alto…

Aliciente y singularidad tiene la presencia de Enrique Ponce, el único que hace doblete, el único que va a cumplir treinta años en activo compitiendo en lo más alto, el único capaz de reinventarse año tras año, de los pocos que nació sabido… Treinta años de la alternativa y cuarenta desde que apareció en Monte Picayo y nos epató a todos. ¡De dónde saliste muchacho…! comentábamos todos aquellos días de concurso, incluido Canina, que le convirtió en su rey para siempre. La cuestión ya no es de dónde salió, está claro, salió del abuelo Leandro, no es la primera criatura a la que pare un abuelo, la cuestión es a dónde ha llegado, a lo más alto, donde perseguía Valencia tantos años que llegase un hijo suyo. Tuneando la letra de Volver, que cantase su amiga Estrella, se me ocurre puntualizar que este Ponce ni tuvo que volver, porque nunca se fue, y mucho menos con la frente marchita; ni las nieves del tiempo han plateado su lúcida sien, ni ha tenido tiempo de sentir que la vida es un soplo porque para el maestro veinte años, ni treinta ni cuarenta, no son nada. El hombre, febril la mirada y ya no digo la ambición, sigue con el alma aferrada a su dulce presente y hay que celebrarlo.

Este Ponce ni tuvo que volver, porque nunca se fue, ni las nieves del tiempo han plateado su sien, ni ha tenido tiempo de sentir que la vida es un soplo. El hombre, febril la mirada y ya no digo la ambición, sigue con el alma aferrada a su dulce presente y hay que celebrarlo

La feria tiene más: tiene a Pablo Aguado, que comienza lo que va a ser esta temporada un continuado examen sobre si la levedad y su toreo de caricia puede pelear contra el toreo extenso y previsible que tanto prima en la actualidad; tiene al trueno de Roca, al icónico Cayetano, al sorprendente Ferrera, al mágico Morante, al solemne Manzanares, al puro Ureña, al poderoso Perera, a Emilio de Justo, que es torero de palabras mayores… así que más allá del orden de las cosas, estas Fallas que no nos las hurte nadie, hay que vivirlas en primera persona.