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La revolera

Vergüenza torera
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Vergüenza torera

Ayer, después de escuchar por televisión las lamentaciones de Pedro Sánchez, que se prolongaron durante más de una hora, y percatarme de que el estado de acojono que padece el mocetón es parangonable al que sentimos las mayoría de los españoles y españolas –ahora hay que decirlo así para no pecar de machistas-, salí al balcón con mi tocadiscos y puse en la platina a todo volumen “Suspiros de España”, en la versión cantada por Conchita Piquer -antiguo que es uno- para tratar de recuperar el equilibrio mental que ya empieza a flaquear en esta especie de auto secuestro, en el que nos quieren hacer creer que está la solución a la epidemia que nos vapulea por los cuatro costados.

Después, puse “El gato montés” y a continuación “Churumbelerías”, “Ragón Falez” y finalmente “En el mundo”. Anduve buscando en mi disquetera “Dávila Miura”, uno de los pasodobles más toreros que se han editado últimamente, pero no lo encontré. Cuando cesó la música oí una salva de pitos, miré hacia abajo y vi a diez o doce personas que formaban un grupito que se había sentido más concernido por la música que por los jemecos televisivos del señor Sánchez. Un Sánchez que para dejarnos patente que está hasta las trancas y que no sabe qué hacer con la que nos ha caído encima, no tenía porque maltratarnos durante tanto tiempo. Con haber salido a la pequeña pantalla y decir escuetamente: “Solo os puedo ofrecer sangre, sudor y lágrimas”, como hizo Winston Churchill en ocasión de “La batalla de Inglaterra”, tenía bastante.

Y es que para dirigir una nación hay que tener cierta dosis de vergüenza torera, y si se me apura hasta de la otra, que es más escasa. Sánchez y toda su cohorte deberían saber que no hay nada más revolucionario que la verdad, y que en esto del coronavirus, la verdad es que nadie sabe nada con seguridad, o esa impresión sacó uno después de una hora de lamentos adobados con caritativas mentirijillas, que más que serenarnos nos inquietaron. No sé por qué, la comparecencia del presidente me hizo recordar aquella tarde de galbana de Paco Camino en la Plaza Monumental de Barcelona en la que un espectador se levantó y le gritó: “¡Paco, no tienes vergüenza torera!”, y el de Camas se volvió, dándole la espalda al toro, y le respondió al gritón: “¡Ni tú de la otra!”. La carcajada fue general. Pero en este caso la cosa no está para risas...