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La página de Molés

La guerra del enemigo invisible
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(Foto: Glez. Arjona)

La guerra del enemigo invisible

Quiero creer, porque, de lo contrario, el daño a la Fiesta sería terrible, que tras esta puñetera pandemia -seguramente hija de los errores humanos, que salió de China y de la que no se ha librado casi ningún país y se ha convertido en el apocalipsis más severo en décadas de este planeta- volverá la calma. Quiero creer que todo volverá a ser como era, aunque sea tras un número de bajas que casi no logra ni una guerra mundial. Quiero creer que se pagará un precio brutal, exagerado, injusto, pero que llegará el momento en que se agote la pandemia.

Ha hecho daño a todo. A lo físico, a lo humano y a la moral de los ciudadanos de todos los países. Era un mundo tan moderno y avanzado el que parecía que habíamos construido, que sobrecoge el que, de repente, un bicho volador, invisible, se esté zampando a casi más gente que una guerra mundial. Y nos ha pillado a todos en bragas. Y eso es lo peor. Países tan civilizados, tan avanzados, tan orgullosos de su modernidad, han caído como moscas.

Y la otra extraña y dura sensación es que nadie estaba preparado para esta pandemia aterradora menos los chinos. Y se lo quitaron de encima antes que nadie. Y tenían miles o millones de almacenes enteros con el material de defensa que no tenía ni América, ni Europa y ninguno de los países teóricamente avanzados. China se libró en parte y China, más previsor o más no sé qué, vive en paz otra vez y ha llenado las arcas con la angustia, el miedo y el despiste del resto del mundo.

Cuántas personas se han ido, cuántos negocios, cuántas ilusiones, cuánta incertidumbre y cuánta soledad en las calles del mundo al que llaman civilizado. Y vamos a ver cuándo acaba esto. Y luego nos miraremos al espejo del futuro y nos daremos cuenta de que estamos en manos de un virus y de un germen tan absurdo como letal. Una guerra sin cañones, sin bayonetas, también sin bombas. La guerra más estúpida y dañina de la historia de la humanidad. La del enemigo invisible.

En la historia aparecen docenas de grandes guerras con grandes o menores motivos. Pero eran guerras abiertas como lo fue la primera Guerra Mundial de 1914 a 1918. O la segunda, de 1939 a 1945; o la Revolución Francesa, de 1789 a 1799, o la Guerra de los Cien Años, o Vietnam, o la Revolución Rusa, o la Guerra del Golfo, o la primera intervención francesa en México, aquella que denominaron “la guerra de los pasteles”. Hay guerras cruentas con su extraña pero real historia dentro. Pero siempre dos partes: el que atacaba y el que defendía; y el enemigo era visible. Lo asqueroso de esta mortandad es que nadie le ha visto la cara al enemigo; y los viejos ejércitos tenían cada uno sus banderas y sus motivos. Ahora tú peleas contra el viento y una mierda de “bichito” ha puesto el civilizado, rico y orgulloso mundo de la ata tecnología llorando en la esquina de los miedos. Como en las Plagas de Egipto o el Diluvio Universal.