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La Revolera

Diego Valor, el pequeño gigante

Pocos toreros habrán dejado como recuerdo perenne un historial tan honesto profesionalmente como aquel sevillano breve de estatura física, pero con un alma de torero tan inconmensurable: el gran Diego Puerta

Fotos: ARJONA

Diego Puerta Diánez, que se ganó a pulso el apelativo de “Diego Valor”, fue un caso de ascenso meteórico a la cumbre del toreo, avalado por una fuerza de voluntad y un valor a veces por encima de la razón. Salía del burladero de matadores como disparado, y desde el primer lance de capote ponía al público en pie y no bajaba el ritmo con la muleta hasta entregarse volcándose en el morrillo de los toros con su flamígera espada. Ese fue su único secreto para situarse desde el primer momento entre los grandes del toreo de su época, a los que les proporcionó no pocos dolores de cabeza. Corto de estatura pero de figura proporcionada y grácil, su afán de triunfo no conocía freno ni con el toro bueno ni con el malo. La lucha era su bandera y la palabra rendición no existía en su vocabulario. Si en algún torero ha tenido sentido real aquello de “o caja o faja” ha sido en el sevillano Diego Puerta.

Nació en el sevillano barrio de San Bernardo, como el ídolo de su infancia, Pepe Luis Vázquez, y toreó su primera becerrada en Aracena con solo catorce años de edad. Lo vi por primera vez en su debut como novillero en Barcelona -creo que en el año 1956- en una nocturna celebrada en la Plaza de las Arenas alternando con Marqueño y el catalán Juan Vila, y armó en sus dos novillos tal expolio que les cortó el rabo a ambos. Fue un triunfo tan espectacular que antes de salir el último novillo a la arena, un empleado dio la vuelta al ruedo con una gran pizarra en la que se podía leer: “El próximo sábado en la Monumental, Diego Puerta y dos más”. Antes de aquella noche ni había oído su nombre y cuando, pasada la una de la madrugada, pasó por mi lado aupado en hombros hacia el Hotel Comercio en la Plaza Real, en los aledaños de Las Ramblas, ya se había convertido en torero de Barcelona, que en tiempos del viejo Balañá era poco menos que el emporio del toreo. El empresario catalán tuvo desde esa noche una auténtica debilidad por el valor y la entrega del sevillano, al cual invitaba a cenar en su casa de la barriada de Sants muy a menudo. Cosa que solo hizo con Manolete y muy pocos más.

Lo vi por primera vez en su debut como novillero en Barcelona y fue un triunfo tan espectacular que antes de salir el último novillo a la arena, un empleado dio la vuelta al ruedo con una gran pizarra en la que se podía leer: “El próximo sábado en la Monumental, Diego Puerta y dos más”

Como siempre que escribo sobre los toreros que me impactaron en mi ya larga vida como aficionado, concedo más atención a mis recuerdos de hechos y situaciones vividas que a los datos y los números, puesto que esos se pueden encontrar hoy muy fácilmente en varios portales de Internet, mientras que las experiencias personales son únicas e intransferibles, si no es por voluntad de quienes las han vivido. No obstante hay que recordar que con solo 56 novilladas en su haber, Puerta tomó la alternativa en la Feria de San Miguel de Sevilla -septiembre de 1958- de manos de Luis Miguel Dominguín, que le cedió el toro Zambombero de Arellano y Gamero Cívico, y como testigo ofició el toledano Gregorio Sánchez. A partir de ahí y hasta 1974, que se retiró después de salir ocho tardes -8- por la Puerta Grande de Las Ventas, Diego había encabezado el escalafón varios años y siempre estuvo entre los primeros en número de corridas toreadas, y ello pese a que en su trepidante carrera sumó 58 cornadas, algunas de ellas de extrema gravedad. Cornadas que demostraron que eso que tanto se ha dicho de que “el valor de los toreros se marcha por la sangre de las heridas”, en el caso de Diego Puerta era papel mojado.

En los años sesenta y setenta la mayor parte de los toros que salían al ruedo apenas habían cumplido los cuatro años, y oscilaban en un peso que pocas veces rebasaba los quinientos kilos, y por tanto más livianos de volumen pero también más bonitos de lámina y embistiendo con mayor movilidad y duración que los mastodontes de ahora, que se escachifollan en su mayoría en el primer encuentro con las cabalgaduras. Había que andar muy puestos y valientes con ellos y en consecuencia permitían faenas más vibrantes y emotivas que los de la actualidad.

Si era domingo o fiesta de guardar, Diego iba a misa a la Iglesia de los Jesuitas de la Calle de Caspe, casi enfrente de EAJ-1 Radio Barcelona. Terminada la corrida, se vestía de paisano y salía rápidamente hacia el aeropuerto. Eran años de mucho trajín para el sevillano que conquistó Cataluña con su capote, su muleta y su espada

Relataré una experiencia que viví desde el callejón de la Monumental de Barcelona que evidencia lo antedicho. Toreaban Pedrés, Paco Camino y Diego Puerta, y cuando salió el primero de Diego, éste se abrió de capa en la misma boca del burladero de matadores y comenzó a soplarle verónicas y chicuelinas saliéndose hacia afuera con él hasta llegar a la puerta de toriles, exactamente enfrente. Al principio la gente gritaba “¡oleé!...” levantada de sus asientos por la emoción, pero llegó un momento en el que el público comenzó a contar: ¡Ocho, nueve, diez, once...! y así hasta dieciséis. Cuando aquel tigre vestido de luces cerró la serie con media verónica ajustada a la cintura aquello era un manicomio. Ya en el callejón, cuando Diego pasó junto a mí, le dije: “Bueno Dieguito, con algún lance menos también te habrías arreglado...”; el torero me sonrió jadeante y me contestó: “¡Joder, como que me dejaba irme el andoba!

“Diego, corazón de león”, como le solía llamar también la crítica taurina al torero de San Bernardo, en sus primeras actuaciones de novillero en la capital de Cataluña se hospedaba en el Hotel Comercio, como Paco Camino, que también impactó primero en Zaragoza y después en la Ciudad Condal de la mano de don Pedro Balañá. Allí se hicieron amigos los dos prometedores novilleros y lo siguieron siendo durante toda su carrera. Pero en el ruedo ambos rivalizaban a tope y ninguno de los dos renunció nunca a “mojarle la oreja” al otro a poco que pudiera. Incluso ya figuras cumbre del toreo, en la puerta de cuadrillas solían apostar “un camión de paja” -ya criaban ganado bravo- a ver cuál de los dos se llevaba el gato al agua. Más tarde Puerta comenzó a hospedarse en el Hotel Ritz, donde aparecía los días de corrida con su paso ligero y rostro sonriente, y un pequeño maletín como equipaje, puesto que la cuadrilla solía llegar a media noche procedente de la corrida anterior y allí le esperaba solo el mozo de espadas, que ya le tenía la ropa y los trebejos toricidas preparados desde las primeras horas de la mañana. Si era domingo o fiesta de guardar, Diego iba a misa a la Iglesia de los Jesuitas de la Calle de Caspe, casi enfrente de EAJ-1 Radio Barcelona. Terminada la corrida, el torero se vestía de paisano y salía rápidamente hacia el aeropuerto. Eran años de mucho trajín para el sevillano que conquistó Cataluña con su capote, su muleta y su espada.

Rico y con el cuerpo cosido a cornadas, Diego Valor se retiró definitivamente en el año 1974, y se dedicó a tareas empresariales y ganaderas hasta su muerte en 2011, en la Sevilla que le vio nacer, víctima de una disfunción orgánica múltiple, secuela de sus numerosas cornadas. Pocos toreros habrán dejado como recuerdo perenne un historial tan honesto profesionalmente como aquel sevillano breve de estatura física, pero con un alma de torero tan inconmensurable.