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La Revolera

Esto se mueve
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Esto se mueve

Y no solo en lo que respecta a las empresas, en su afán de salvar lo que se pueda de la temporada. Los toreros han reanudado su plan de entrenamiento tanto en el campo como en el toreo de salón, que es de suma importancia para la puesta a punto de los espadas, banderilleros y picadores. Con el ejercicio físico y mental todos pisan a fondo el acelerador para encontrarse en las mejores condiciones cuando suenen clarines y timbales. Hay que recuperar el temple, y para eso nada mejor que las horas de toreo de salón, sobre todo cuando se ha permanecido inactivo durante varios meses. Porque el valor, el arte y la técnica permanecen inalterables, pero el cuerpo y la cabeza necesitan su engrase para recuperar su equilibrio natural, Que de esto cada torero tiene su porción personal e intransferible.

Si tuviera ocasión me gustaría llevar al ministro de la cosa señor Uribes a visitar de incógnito esos lugares acotados por los toreros en los que velan sus armas, quemando grasas superfluas y templando nervios con la esperanza de hacer el paseíllo con tanta normalidad como el catedrático que, después de una larga ausencia de su aula, por razones nada agradables, comenzó con el famoso y emotivo “decíamos ayer...”. Comprobaría Uribes que le ha tocado en suerte velar desde su ministerio por una disciplina de hombres sacrificados y honestos, incapaces de pasar factura por los desprecios de que se les ha hecho objeto, no solo de palabra sino también de obra, aprovechando la ocasión de la pandemia de Covid-19. Y si es un hombre cabal -que no pongo en duda que lo sea- el ministro de Cultura puede que continúe sin sentir la mínima afición por el arte de Cúchares, pero sabrá que quienes tienen su residencia emocional y profesional en él son gente de una pieza, gente que vale la pena.

Para mí, haber tratado a algunos toreros desde sus inicios fue una fuente de enriquecimiento espiritual y base de mi respeto por la entrega, el esfuerzo y el valor de los hombres que un día decidieron iniciar el camino hacia la cumbre de la profesión más hermosa y difícil del mundo, llegaran o se quedaran por el camino. A aquellos Montero, Pedrés, Chicuelo II, Cabañero, Abelardo Vergara, Manuel Amador (padre), Sebastián Cortés y Juanito Martínez que gozaron de su momento de gloria más o menos intenso, y otros que no tuvieron esa suerte, pero aguantaron con firmeza el intento de asaltar la difícil trinchera que separa el éxito del fracaso, debo mi respeto a todo el que es capaz de vestirse de luces en pos de hacer realidad su sueño. En La Pulgosa, La Fiesta del Árbol y después, en las mañanas invernales, en el ruedo de la plaza de toros de Albacete, gracias a la bonhomía del conserje Moragas, viví con juventud y alegría el “abecé” de cómo se forja un torero. Allí aprendí que el temple es el paradigma del buen toreo, unas veces haciéndole toros con los dos pitones entre las manos a toreros que lo tenían de manera innata, pero sobre todo cuando eran ellos los que marcaban la velocidad simulando un toro. El temple es el “divino tesoro” del toreo y se nace con él o se aprende, pero en cualquier caso quienes lo poseen están en el camino de los elegidos. Y curiosamente, los toreros con ese don también tienen una personalidad templada y profunda en los demás aspectos de la vida.

Con esa enseñanza me tropecé ya en mi madurez con el torero que para mí poseía en aquellos momentos, y en mayor profundidad, todas las condiciones necesarias para ser una figura de época, y durante varias temporadas le seguí de plaza en plaza -algunos años en más de ochenta corridas- disfrutando del privilegio del toreo soñado desde mi primera juventud. Hablo de Juan Serrano “Finito de Córdoba”. Sí, sí, lo que ustedes quieran, pero a mí no me ha defraudado y sigue siendo el torero con el que más y mayor tiempo he disfrutado del toreo tal como yo lo entiendo. Yo no me he equivocado. Entonces: ¿Quién se equivocó? Averígüelo Vargas...