Sobrecoge oír cada noche a la misma hora desde el balcón, la salva graneada de aplausos que los españoles dedican a sus médicos, y a todo el personal sanitario entregado en cuerpo y alma a ponerle el capote de la esperanza al coronavirus para conducirlo, como decía Domingo Ortega de los toros, hacia donde no quiere ir. Si alguna duda había sobre que el español es un pueblo con alma, ahí va esa diaria y espontánea salva graneada de palmas. Es la mascletà del agradecimiento a una heroica y peligrosa entrega a los demás. Porque los hombres y las mujeres de blanco, están haciendo bueno que el juramento hipocrático no es una fórmula vacía, sino una manera de sentir una profesión, en estos difíciles momentos la más arriesgada y valiente. Ahí va mi ovación y la de todos los que hacemos Aplausos, desde su director hasta los que distribuyen el semanario por kioscos y librerías. ¡Va por ustedes valientes! Son ustedes nuestros ángeles de la guarda.
Tengo un nieto -Javier- que estudiando la carrera de Medicina ha cumplido la ilusión que tuvieron mis padres para mí, a la que yo no supe o no pude hacer honor. Ha regresado del extranjero después de unas cortas vacaciones, y se ha enrolado automáticamente en un servicio de urgencias a bordo de una ambulancia, para poner su grano de arena en ese ejército de salvación nacional que son nuestros profesionales de la Medicina. También van para ti esos aplausos Javi. Tus bisabuelos estarán orgullos de tu manera de actuar, y desde Allí te sonreirán satisfechos y enternecidos...
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Nuestros ángeles de la guarda
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