Detalles algunos muy esperanzadores en la última de feria. Ese estilo de Polope, a falta de cuajar, lo reconozco, es de los que nos henchían el orgullo de aficionados a los valencianos durante mucho tiempo. A aquellos que lo vivimos en sus momentos de esplendor. Acoge las maneras distinguidas de Paco Honrubia e incluyo al nunca bien valorado Paquito Villanueva y los pellizcos bonitos que Graneret transmitía en su escuela de Patraix. A los jóvenes les sonará a chino, a los seniors nos llena de ilusión. Un estilo elegante que ha reaparecido con este nuevo Polope, vertical en su expresión, en el que están prohibidos los retorcimientos y los esfuerzos, los aparentes, porque esfuerzos hay que hacer, tendrá que hacer si quiere sobrevivir en este mundillo actual en el que priva el ja, el jo y la persistencia sin sentido de la medida, que no digo que esté mal que un chico no se canse de perseguir el triunfo por todos los caminos y trochas, pero todo tiene una medida, ayer se comprobó con faenas larguísimas que no mejoraban las expectativas de nadie, claro que si no estás en ese palo corres el peligro de que llegue cualquiera y te tilde de falta de afición. Aun así, servidor prefiere más mesura, que en el caso que nos ocupa, sin vueltas al ruedo ni merienda, la tarde se fue a las dos horas y media.
Estaba con las distinguidas formas de Polope, pero hubo más, en un festejo en el que especialmente los tres primeros novillos de Talavante dieron juego y ofrecieron muchas posibilidades de triunfo. El maestro mandó un lote presentado de puro lujo. Álvaro Serrano abrió plaza mostrándose como torero de aguerrido carácter y mucha disposición, lo que siempre se dijo que debe ser un novillero; Julio Norte, que volvía como novillero triunfador de las Fallas, se mostró ya como un matador de alternativa, dominio y buen gobierno del toro, del escenario y también, importante detalle, muy entero tras las volteretas. Y de Polope ya está explicada la esencia de su personalidad.
Al arrancar el festejo que cerraba la feria no había otro tema de conversación que el desértico aspecto que presentaban los tendidos, los propios de una fiesta a puerta cerrada y poco más. El futbol nos había goleado, las vuvuzelas imponían su estridencia sonora desde la calle a los clarines de la plaza, un dolor que por esta vez hay que aceptar. Todo lo cual hacía pensar si no hubiese sido mejor aplazar la novillada, que tenía rango y lujo, a día más propicio, pero eso es torear a toro pasado. El palco presidencial por su parte mantuvo el pulso errático de días anteriores, faltaría más. Sigue sin enterarse de lo que pasa en el ruedo, sin capacidad de valoración ni mucho menos de interpretación. En una tarde en que todo premio era poca recompensa para los actuantes y para los asistentes, el hombre hizo huelga de entendimiento y pañuelos caídos, quién sabe si como venganza personal porque las faenas ninguneadas fueron de premio.
Serrano se mostró fácil y por encima del novillo que abrió plaza, que fue especialmente noble y poco emotivo. Lo despachó de un estoconazo y hubo una petición suficiente para darle una oreja, pero para entonces ya había comenzado la demostración de fuerza del usía. Inentendible. Suerte/postura de atrincheramiento la suya que repetiría subido el grado de estulticia en el segundo con Julio Norte, que despachó a ese novillo de un espadazo hasta las péndolas del que salió el toro rodado y él colgado de un pitón, pero el hombre estaría distraído y no lo vería porque otras posibilidades supondrían hablar de una ignorancia supina o de una mala fe, dejémoslo en distraído pues, porque pañuelos había los suficientes. No se trataba de un regalo, la faena tuvo estructura y mando, corrió la mano con solvencia y temple, abrochó las series con magníficos pases de pecho, en realidad nada que conmoviese al palco. En los dos novillos siguientes de Serrano y Norte no pasó gran cosa en lo artístico, aunque sí hubo sobresaltos como la lesión en una mano del primero.
Superada la timidez inicial, tardes de tanto compromiso siempre pesan en los más noveles, Polope creció y fue a más en ese perfil elegante que comentamos en el arranque de la crónica. Tras el quite de su turno al quinto se fue arriba, arrinconó la timidez y solo la espada le privó de un triunfo mayor en el que cerraba la feria.
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