La Revolera

Odian lo que no conocen

Paco Mora
jueves 23 de julio de 2020
Durante mi infancia y mi primera juventud, la música clásica me parecía simplemente “el menos desagradable de los ruidos” como dijo Napoleón. Pero ya más cerca de los treinta que de los veinte años, y viviendo en Barcelona, donde gracias al Palau de la Música, al Liceo y a otros templos más modestos de la […]

Durante mi infancia y mi primera juventud, la música clásica me parecía simplemente “el menos desagradable de los ruidos” como dijo Napoleón. Pero ya más cerca de los treinta que de los veinte años, y viviendo en Barcelona, donde gracias al Palau de la Música, al Liceo y a otros templos más modestos de la música culta, y sobre todo a un amigo que era un megalómano empedernido, comencé a asistir a algunos conciertos por puro compromiso y acabé siendo un enamorado de Liszt, Mozart, Chopin, Rimski-Kórsakov, Falla, Albéniz y hasta del demasiado académico para mi gusto Beethoven. De no ser por la apuntada circunstancia, habría pasado por la vida empecinado en mi error y sin disfrutar de una de las satisfacciones más enriquecedoras del espíritu del ser humano.

A veces pienso que a esos hombres y mujeres que abominan del toreo, vituperándolo y despreciándolo de manera inmisericorde, quizá les ha faltado un amigo como el que me condujo a mí por primera vez al Palau, que les llevara a una plaza de toros dispuesto a hacer de cicerone de lo que sucede en el ruedo. Alguien capaz de explicarles en profundidad el sentido del ritual taurino en todos y cada uno de sus aspectos, y sobre todo de contagiarles ese virus que reside en el alma de todo aficionado, y que cuando llegan las cinco de la tarde, si tiene cerca una plaza de toros con tres nombres de toreros de valía contrastada, anunciados con una ganadería de acreditada bravura, le obliga a asistir al espectáculo.

Tengo para mí que los políticos como Pablo Iglesias y el ministro Uribes, amén de la ministra de Trabajo, podrían ser perfectamente recuperables como aficionados con el tratamiento indicado en las dosis adecuadas para cada uno, según su personalidad. El ministro de Cultura y la del “curro” necesitarían un procedimiento distinto para que se interesaran por la Fiesta de los Toros. Uribes tendría que darse un atracón de ver vídeos de corridas protagonizadas por El Cordobés, el Benítez digo, y, cuando ya estuviera preparado, darle un paseo por el historial filmado de José Tomas y seguro que quedaría enganchado para siempre. Pero la señora ministra necesita otro tratamiento y habría que ofrecerle visionar todos los vídeos de faenas importantes de Morante de la Puebla y seguro que quedaría rendida a los pies de la tauromaquia... Y si no fuera así es que no tendría remedio.

En cuanto al vicepresidente de la frondosa coleta, es evidente que su innegable inteligencia y valentía política requiere proceso distinto a sus colegas de Gobierno. Ese es un hombre que encaja perfectamente entre aquellos que piensan: “de lo que veo, la mitad creo”, y claro para creer tiene que, además de ver, tocar. Si no, no hay manera. En su mundo interior lo etéreo no tiene demasiada importancia. Para él dos y dos son cuatro y no valen coplas. Por eso se me antoja que en el fondo no sería muy difícil despertar en su espíritu el interés por la Fiesta, por la vía más directa posible. Me atrevería a invitarle a presenciar una serie de tentaderos en una ganadería de reconocido prestigio, y en el momento adecuado animarle a ponerse delante de una becerra con una muleta en la mano. Y si logra pegarle tres o cuatro pases ya tenemos aficionado. ¡Seguro! Al fin y al cabo es el coletudo mayor del Reino y a eso no hay quien le gane.

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