Adolfo Suárez, que sí conocía de verdad a Padilla, cuando la mayoría sólo nos guiábamos por el aspecto exterior, va a tener razón en lo que me decía la noche del domingo de la "resurrección de Juan": "Aunque suene fuerte es verdad aquello de que no hay mal que por bien no venga. Y por lo que pudo ser una tragedia la gente ha descubierto a un personaje que sólo unos cuantos sabíamos que era extraordinario. Por tanto algo hay que agradecerle al percance de Zaragoza".
Adolfo sabe lo que dice y en Olivenza vivimos uno de los momentos más brutalmente históricos, cuando una ciudad y una plaza recibían al héroe como hacía años no sucedía. El temblor de la emoción, de la admiración, de la rendición a la gesta, al heroísmo, a la bravura, al ejemplo, a la raza, a la torería sin cuentos, a la verdad desnuda, al vencedor. Olivenza era la antigua Roma.
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