Nada recuerda más el paisaje humano que una estación. De las de viajar. Ya no sacan las novias ni las madres el pañuelo para despedir a ese brazo de leva militar que asoma con dos tallas más que el recluta, por la ventana del tren. Hoy ruboriza y hasta extraña esa despedida afectiva en una estación. Se viaja demasiado. O el viaje no tiene esa excepcionalidad de entonces. Vamos acá y allá sin ir hacia ninguna parte, creo. Pero las estaciones tienen ese paisaje humano de la despedida retratado en su memoria de estación. Se iban, nos vamos. Nos despedimos, Padilla.
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