Que se paren y piensen. O mejor pongan el toreo en manos de quien tenga el oficio de pensar y organizar. O déjenlo como está. El caso es que de la noche a la mañana se ha pasado de la pasividad más tontuna a una superproducción mareante y anárquica que no hace ser optimista. Nadie sabe ni adivina cómo se puede salir de ese totum revolutum. Todos organizan visitas, todos tienen opinión, respetables pero no siempre convenientes o acertadas, y casi ninguno coincide. Un lío, especie de tráfico urbano en el corazón de Beijing. Mejor diría en las encrucijadas de México que es tierra más torera. Es evidente que viendo el grado de organización de los pro taurinos la estrategia de los anti es dejar que nos matemos en el tumulto. Unos al Congreso, otros al Senado, unos a Cultura, otros que me quede como estoy, unos pensando en su ombligo dorado, otros en posición colectiva, otros absortos a ver por dónde le vienen… La defensa se pone difícil, espero que no tanto la salvación, al menos es lo que quiero pensar teniendo en cuenta como siempre dije que el toreo se salvó por su propia fuerza, por el tirón que ejercieron los toreros toreando, lo cual no quiere decir que no deban acudir al rescate -con organización, claro- también en los ruedos políticos, palabra por cierto prohibida en esta lidia cuando el fango en el que nos han/nos hemos metido y del que nos queremos librar es estrictamente político y las soluciones anidan precisamente en la teta de la política que nadie quiere soltar.
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