Pablo Torres, alumno de la Escuela de Tauromaquia de Valencia, actuó el pasado día seis en la plaza de toros de Sanlúcar de Barrameda. Una de las plazas más toreras del rincón de Cádiz, una joya que invita a la inspiración, y mucho más cuando se trata de chavales que pisan su arena por primera vez. Algo de eso debió sentir este alumno aventajado de la escuela valenciana, porque tuvo una actuación preñada de detalles que sólo pueden aflorar cuando se aúna técnica, aunque todavía incipiente, concepto y sentimiento.
Muchas veces se ha debatido sobre si el toreo nace o se hace, mi opinión personal es que nace. El arte se lleva dentro y aflora si además hay vocación, y en el caso de este chico de Puzol, después de ver cómo se presenta delante del novillo, con el donaire que resuelve tanto situaciones creativas como comprometidas, la conclusión es que está tocado por la gracia que atesoran aquellos que sienten el toreo como una forma de expresar emociones improvisadas salidas del alma.
Esta actuación me da pie para dejar constancia de la gran labor que se está desarrollando en esta escuela. Porque para que salgan chavales como este Pablo Torres, o como el más aventajado de los alumnos actuales, el chavalín de Mislata, Israel Guirao, que tiene igualmente sobre sí la mirada de profesionales de alto copete, antes ha tenido que haber mucho esfuerzo y también implicación política, que en este caso la ha habido desde su creación allá en los albores de los años ochenta.
Por tanto, para poder seguir presumiendo en aquellas plazas que visitan nuestro futuribles, como ha ocurrido en esta ocasión pero también en muchas otras, hay que poner en valor, primero el apoyo institucional que viene dando la Diputación, sin obviar, es capital, la labor de los profesionales a los que se le ha venido confiando la preparación de los alumnos. Dos aspectos, el institucional y el profesional, en los que no deben escatimarse esfuerzos si queremos seguir presumiendo de escuela.

