Lo volvió a hacer. Paco Ureña, como ya sucediera en las Fallas pasadas, llegó al corazón de los valencianos con su toreo al natural de verdad desnuda. Esa tauromaquia desgarradora que le nace de lo más profundo, donde cada natural parece un lamento, un grito desgarrador. Alguien dijo alguna vez que el torero necesita haber sufrido para transmitir esa tauromaquia tan profunda, y Paco, que es un sufridor nato, llevaba en cada muletazo la reivindicación de su carrera, tan ninguneada injustamente.
El de Lorca dejó los mejores muletazos de la tarde, de cara expresión, de una pureza máxima o lo que es lo mismo, de una entrega absoluta, de ofrecer su vida sin mentiras. Se enfrontiló en todo momento, cruzado, en el terreno donde los corazones de los mortales bombean sin cesar y allí fue embastando el toreo al natural de mano baja, de trazo largo, donde fue crucial la colocación para ligar sin solución de continuidad los muletazos, buscando siempre el pitón contrario, adelantando la pierna que no escondiéndola, que en eso marca diferencias con muchos. Atacar para provocar la embestida.
No se fue a hombros por los aceros, pero suya fue la tarde. Una vez más Valencia se rindió a su toreo sincero y vibró como una conmoción con su mano izquierda. Y como no hay toreo sin toro, el de Montalvo fue para recordar. ¡Qué profundidad!
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Paco Ureña y Valencia, naturalmente
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