Mientras el paso del tiempo le siga siendo ingrato, habrá una deuda con Paquirri. Me pregunto, treinta años después de su muerte, qué debería haber hecho aún más un torero para ser recordado fuera del mundo pantojista. Nada. La ingratitud es inmune al desaliento, la osadía es proporcional al desconocimiento y la horterada nacional devora toneladas de ingratitud y raciones ingentes de desconocimiento. Mala ecuación para su recuerdo, pésima suma para que le paguemos su deuda. Porque Francisco Rivera “Paquirri” fue una de las figuras clave del toreo. Sobre todo del toreo entendido como afición, ambición, pasión.
Lea AQUÍ el artículo completo en su Revista APLAUSOS Nº 1928
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