Ya sé que no es de buena praxis periodística, ni entra en las normas habituales de una mediana educación, aplicarle calificativos a nadie en un artículo. Lo sé, pero el cuerpo es débil y a veces le pide a uno cosas que no debería pedirle. Y mi body serrano, fané y descangallao, como corresponde a la carrocería de un ochentón al que lo único que le funciona a estas alturas con cierta normalidad es el cerebro, me está pidiendo a gritos llamarle a un pseudopolítico que le tiene declarada la guerra al Arte de Cúchares algo así como soplagaitas, gilipollas, tonto del pijo o botarate. ¿Qué vamos a hacer, si la carne es débil?...
Sé que no debo, pero ya que no puedo decírselo a la cara me relajaría un tanto decírselo aquí. No diré su nombre mientras un jurídico de solvencia no me diga con claridad qué pena me podría alcanzar si el fulano se querellara por mi atrevimiento a definirlo con su auténtico nombre. Y es que lo merece y su comportamiento lo está pidiendo a gritos. Es una ignominia meterse un día sí y otro también con la Fiesta de los Toros mientras toda España anda embozada como si los españoles fuéramos atracadores profesionales en rabiosa actividad, y miles de padres, madres y hermanos lloran la muerte de sus seres queridos sin haberse podido despedir de ellos, ni siquiera apretarles una mano para transmitirles el calor de su amor, que el bicho en cuestión siga empeñado en asestarle puñaladas al espectáculo taurino. Es propio de una mente enferma, de un gilipollas, un mastuerzo, un soplagaitas, un botarate o un tonto del pijo. O un pobre diablo cuyo registro mental para la política es más corto que las mangas de un chaleco.
Pero no se lo diré por escrito mientras no esté seguro de que jurídicamente no lo insulto, solo lo defino...
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Que alguien me informe
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