Llegado abril, Sevilla sucede a la marcera Valencia y enarbola, como manda la tradición, la bandera de la capitalidad taurina del mundo. Y como en Valencia, la polémica en torno a la presentación de los toros es caballo de batalla día sí y tarde también. Cuestión especialmente chocante en este caso porque supone apartarse de un modelo y de un concepto muy acuñado, y también muy acreditado, al que siempre se le conoció como el toro de Sevilla. En las tardes chungas decíamos “aquí lo que hace falta es el toro de Sevilla, nada más”, lo decíamos a boca llena, en Sevilla, en Valencia y en tantos y tantos sitios, lo repetíamos repletos de esperanza y quedábamos a la espera, convencidos, de haber dado con la piedra filosofal. Suponía ejemplares armónicos, bonitos y sin estridencias, en realidad la flor de cada camada. Pues a pesar de conocerse y de estar tan experimentada la idea, este año aparecen en la mismísima Sevilla toros grandones, feos y destartalados con excesiva frecuencia, sucedió el mismísimo Domingo de Resurrección, con todo lo que ello tiene de traición a los sentimientos de la efeméride, y ha seguido apareciendo los días sucesivos hasta la mismísima desesperación de clientes y toreros y principalmente de ganaderos, que ven como se desbarrancan sus expectativas. Lo escribí en Las Provincias y lo mantengo.
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¿Qué ha sido del toro de Sevilla?
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