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¿Que no son tristes las despedidas?

“Dile al que te lo ha dicho que se despida”. Eso dice el dicho. Que le pregunten a El Cid, que esta tarde en Zaragoza ha tragado un nudo detrás de otro que le atenazaban la garganta. Y es que han sido veinte intensos años, algunos de ellos de una gran dureza, los que dejaba hoy atrás en su última corrida en España. En realidad Manuel Jesús comenzó a tragar saliva con cierta facilidad cuando se hicieron cargo de su apoderamiento Manolo Tornay y Ellauri. Fueron años en los que la carrera del torero de Salteras se abrió a otros horizontes más amplios y prometedores. Fácil, fácil no lo tuvo nunca el espigado torero, sobre todo porque tenía su peor enemigo en casa, que era una espada que no acababa de obedecerle y la ha quitado triunfos importantes y en ocasiones decisivos. ¡Ay si El Cid hubiera matado la mayoría de los toros de su vida como el que ha desorejado hoy en la plaza de Pignatelli…!

La salida en hombros ha sido una verdadera fiesta de familia. Compañeros vestidos de luces y otros de paisano y amigos en mayor o menor grado se alternaban para llevar el torero a cuestas, y así ha dejado atrás, entre palmas y ovaciones, una carrera que seguramente repetiría una y mil veces pero que no ha sido excesivamente fácil ni generosa con él… más bien un tanto cicatera. Demasiadas veces se le ha negado el pan y la sal, pero si un merito tiene el Cid es que ha sabido superar siempre todas las dificultades. Ignoro si se va rico o no, supongo que sí, pero en todo caso nadie le ha regalado nada. Algunos lo negaron muchas veces, pero él supo superar todas las dificultades a base de entrega.

Esta tarde se notaba que El Cid cae bien a muchos compañeros de profesión, y es que en lo poco que lo he tratado siempre he creído notar en él un carácter sencillo y una evidente bonhomía. Se notaba la alegría por su éxito en todos los hombres vestidos de luces que había hoy en el ruedo de la plaza de Zaragoza. Solo me ha sobrado una cosa: demasiados besos. Que no sé, será un rareza mía pero desde que de muy jovencito oí hablar del “beso de Judas”, no me he dejado besar más que por la familia más cercana y algún amigo de pata negra…

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¿Que no son tristes las despedidas?

Paco Mora

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