Cuando acabas de ver una corrida en la que sin faenas artísticas estás pendiente sin quitar la vista del ruedo, es que hay toreros y toros bravos. No quiero que se me malinterprete. No me refiero a toros que no tienen un pase sino a aquellos que pesan, ofrecen problemas, agresividad y emoción. En la Real Maestranza, Rafa Serna y el quinto de la tarde, de Fuente Ymbro, ofrecieron un punto álgido de emoción difícil de repetirse. Una faena de una entrega sin alharacas, a muerte, pasándose la embestida por la faja y aun con alguna desigualdad en el trasteo, nadie pestañeó. Una oreja de las que hay que enmarcar. La corrida de Ricardo Gallardo no tenía nada de hechuras sevillanas, antes al contrario, toros de Madrid o Pamplona.
Estamos acostumbrados a la nobleza y a la suavidad, es cierto que la buscamos y deseamos, sobre todo, porque son las condiciones necesarias para el brillo del toreo que hoy manda, el del arte, pero ésta contraposición de toros encastados que mantienen el interés y las pupilas del público clavadas en lo que sucede en el ruedo, corazón en vilo y torero que se la juega en cada lance, también son necesarias.
La tarde de Fuente Ymbro fue una de esas en las que no te ha pesado el duro cemento del tendido, y que a pesar de muchas dificultades que, de una otra manera, manifestaron los de Gallardo, permitió ver también el poso maduro de Álvaro Lorenzo y la bisoñez y nervios de Molina, debutante por mor de su relación con la empresa (lo apodera un Garzón), unos toros pues que asentaron la bravura de dos: Serna y Escogeperros.
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Rafael Serna y Escogeperros, dos bravos
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