Ojalá que su enorme valor no se escape por el boquete de las cornadas. Son ya tantas como demasiadas, para un torero cuyos cimientos, valor y temple, no son comunes en la gente nueva. Escribo de Jiménez Fortes, ese malagueño con aire de despistado pero con un corazón de acero, hijo de toreros, padre y madre, con unas condiciones importantes y que hay que evitar que se lo lleve por delante ese abono que tiene, demasiado reincidente, de visitar las enfermerías. Es verdad que él mismo dice que es torpe de piernas. Y no es ágil para escaparse de esos momentos dramáticos pero algo hay que hacer para que no sea siempre presa de los pitones de los toros. Y la de Madrid, ojalá no, ya roza partes muy delicadas del cuerpo humano. Esas que aunque pasen los años te recuerdan cada despertar que por ahí pasó la violencia de un enorme pitón astifino en un Domingo de Ramos, y espinas, en Madrid.
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Ramos, espinas, soledad y sueños
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