Está bien que se defienda la Tauromaquia frente a sus enemigos jurados y también que se divulgue de cara a quienes desconocen su historia e ignoran su importancia cultural, artística y racial. Pero es más urgente que el toreo se rearme desde su propia entraña, propiciando su integridad y garantizando la renovación en sus filas. De la perentoriedad de ambas cuestiones ha sido buena prueba la miniferia de Valdemorillo, en la que, pese a que el ganado lidiado en esta edición ha bajado ostensiblemente de nivel en cuanto a presentación, bravura y trapío, se ha detectado con claridad cómo el público vibra ante las novedades, tanto de novilleros como de matadores, cuando éstos se entregan tiñendo de interés y alegría los tendidos. Los novilleros Escudero y Jiménez han sido dos aldabonazos de ilusión y promesa de futuro en la población serrana madrileña. Así como Víctor Barrio y Escribano han irrumpido en ese “ensayo general con todo” que, con sus más y sus menos, supone un desperezarse de la afición cuando comienza el mes más corto del año.
Lea AQUÍ el artículo completo en su Revista APLAUSOS Nº 1951
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