En este país, al que todavía muchos no nos avergonzamos de llamar España, nos engañan en todo. Pero no desde ayer sino desde que Viriato andaba por el monte pegándoles pedradas a las ovejas y a los romanos. Caín no podía ser israelita. El hombre capaz de matar por envidia a su hermano con una quijada de asno, seguro que era carpetovetónico. El cainismo es algo tan connatural a los hijos de Iberia que el que lo inventó no podía ser de otro sitio. Por mucho que se empeñe la Historia Sagrada. En eso, como en tantas otras cosas, nos la han metido doblada. Sólo ciñéndonos al mundo de los toros, que es lo que aquí interesa, existen infinidad de datos que nos otorgan con todo merecimiento la medalla de oro del cainismo sin apenas lugar a la duda.
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